Cuando menos lo merezca Capítulo 4
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Capítulo 4

Un enero desolador

L a niebla era densa en aquel punto de la ciudad, sobre el río Pisuerga.

Las luces de las farolas titilaban, anunciando que estaban a punto de apagarse.

El silencio estático parecía irreal; no había coches ni transeúntes, como si la vida se hubiese detenido en aquel lugar por alguna razón que desconocía.

«¿Dónde está todo el mundo?», se preguntó, mirando alrededor casi compulsivamente y encontrando un vacío que no comprendía.

Hasta que algo atrajo su atención. A lo lejos, a unos cuantos metros de ella, la figura menuda de Lucía se inclinaba sobre la balaustrada de hierro del puente, dispuesta a tirarse. Durante un segundo, la observó balancearse sobre su estómago, hasta que la alerta se activó en su cerebro.

Echó a correr hacia ella para impedírselo, gritando su nombre y luchando contra la pesadez de sus piernas, que no la dejaban avanzar tan rápido como quería.

Al alcanzarla, la agarró por el brazo para enfrentarla.

Al girarla sobre sí misma, una mirada que reconocía bien le heló la sangre.

No era Lucía, sino su madre quien la observaba con ojos inexpresivos, congelada en el tiempo, con la misma ropa negra con la que la habían enterrado.

Movió la boca mientras Amara negaba con la cabeza y el frío recorría su espalda.

«Aún no lo has hecho, aún no lo has hecho, aún no lo has hecho…».

Se despertó sobrecogida, con las lágrimas rodando por sus mejillas y el corazón acelerado por otro sueño macabro que su enferma mente había creado para atormentarla.

Miró al techo, recitando listas de cosas para no pensar ni en el sueño, ni en su madre, ni en el malnacido que se la arrebató.

La echaba de menos y, cuanto más pensaba en ella, más crecía el deseo de venganza en su interior.

Quería acabar con él, necesitaba hacerlo, pero, a pesar de todos los medios con los que contaba, no lograba hallarlo.

Como si se lo hubiese tragado la tierra en un Valladolid que no tenía secretos para ella, salvo la dirección de aquel miserable…

Volvió a despertarse sobresaltada y agotada por el estridente sonido del teléfono. Lo cogió de la mesilla de noche con los ojos entrecerrados por la luz que se colaba por la ventana y respondió sin mirar quién era.

—¿Dónde andas? Tenemos un caso y hace veinte minutos que tenías que estar por aquí.

—¡Mierda! Voy para allá, cúbreme media hora, di algo, que tenía médico o yo qué sé… El comisario se conformará.

—Déjalo de mi mano y… siento que hayas tenido otra pesadilla.

Amara resopló, un tanto molesta ante su certera apreciación. Para su desgracia, él la conocía demasiado bien.

—Gracias, te veo en un rato.

Se levantó de la cama de un salto mientras la última frase de Rodrigo se repetía en su cabeza.

Él siempre trataba de cuidarla, incluso de ella misma.

Así había sido desde que se conocieron en la academia de policía.

Fueron inseparables, incluso intentaron estar juntos y, durante un tiempo, funcionó.

—A veces te echo de menos —murmuró para sí misma, con la nostalgia recorriéndole la piel.

A su manera lo seguía amando, pero sabía que ella no podía estar con nadie. Lo había dejado para no herirlo y él había sido capaz de encontrar a una mujer que lo quería por encima de todo. Hacían buena pareja y, aunque la envidia a veces corroía su alma, se alegraba por ellos.

Salió de la habitación prácticamente brincando y corrió hacia el baño para asearse con una ducha rápida. En diez minutos estaba lista y salía de casa rumbo a la comisaría en su moto.

Serpenteó entre el tráfico creciente de aquella mañana de martes.

Un día cualquiera de un enero que sufría la resaca de unas fiestas que ella había ignorado, como cada año.

Recibió la consabida y predecible llamada de su padre, la invitación de sus abuelos, la reprimenda de alguno de sus tíos maternos y el afectuoso entendimiento de Carla, su mejor amiga.

Ella era la única capaz de entender sus motivos, por los que las Navidades eran olvidables y prescindibles para Amara, y también la única merecedora de uno de sus escasos abrazos cuando la soledad le pedía un poco de calor humano.

Porque incluso un alma libre y asocial como ella necesitaba, a veces, saber que la querían.

Aparcó la moto en el espacio que siempre utilizaba, justo al lado de la puerta de la comisaría. Guardó el casco debajo del asiento y caminó rumbo a su despacho.

Al abrir la puerta acristalada, algo la golpeó con virulencia en el hombro. No era algo. Era alguien. Y no una persona cualquiera.

—¿Julio? —dijo en un susurro apenas audible, demasiado asombrada para hablar más alto.

—¡Unos ineptos! Pones la denuncia y se acabó, a esperar, y mientras tanto tus datos corriendo por las Delicias como si no pasara nada. Es totalmente deleznable.

Amara se quedó mirándolo, sujetando la puerta de cristal mientras escuchaba sus quejas a voz en grito.

No se había disculpado con ella, ni siquiera se había molestado en echarle un vistazo o esbozar una sonrisa de arrepentimiento.

Caminaba por el mundo como si le perteneciera.

Miraba por encima del hombro y se creía un ser superior.

—Inspectora.

La voz de uno de los policías que trabajaban en el edificio la hizo volver en sí. Era uno de los agentes encargados de recoger las denuncias.

—¿Quién ha atendido a ese hombre? —preguntó mientras sus ojos seguían el caminar rabioso de Julio. Ya no podía distinguir sus palabras, pero, por sus gestos, estaba fuera de sí.

Quienquiera que fuese su interlocutor tenía el cielo ganado.

—Creo que lo vi con Margarita. Yo salía a la pausa del café.

—Gracias.

La visión de su peor pesadilla se alejó y, obligando a su cuerpo a moverse, soltó la puerta y buscó el puesto de Marga.

Tenía mala cara, algo poco habitual en ella.

Era una mujer de edad avanzada y de trato afable que, tres años atrás, había dejado de patrullar para terminar su carrera profesional en un puesto de oficina.

Un destino más tranquilo y con menos riesgo.

Desde entonces rebosaba vitalidad y optimismo allí donde estaba.

Se acercó a ella y, cuando esta alzó la cabeza, le sonrió.

—¿Estás bien? He visto salir a ese…

—Menudo energúmeno —estalló la mujer sin ningún tipo de miramiento—. Entró exigiendo atención inmediata, como si el mundo se detuviera a su paso. Me trató con condescendencia, mirándome por encima del hombro, y se fue todo ofendido porque no dejaba mi puesto para encontrar su maldita cartera.

—Menudo tipejo.

—No puedo entender que una persona así sea profesor. Tiene que tener amargados a sus alumnos.

—¿Es profesor?

—Sí, de Formación Profesional en el IES Arca Real. Me sonaba su cara y resulta que me lo cruzo todos los días cuando vuelvo a casa.

El nerviosismo empezaba a hacer mella en Amara. Profesor y tan cerca que era cuestión de tiempo que acabaran encontrándose.

—¿Puedo leer la denuncia?

Marga se la entregó y la inspectora clavó la vista en la dirección de Julio. Estaba ahí, misterio resuelto. No se había esfumado, sino que durante meses había estado oculto. Pero ¿por qué?

—Es curioso, pero, cuando he querido comprobar su DNI, me surgía un fallo informático. Tengo que comentarlo para que lo revisen.

—¿Un error?

—Sí, como si alguien hubiera bloqueado el acceso a sus datos personales.

Le faltaba el aire. Apoyó la pierna contra el escritorio de Marga mientras esta seguía hablando, sin que Amara procesara nada de lo que decía. Solo podía recorrer aquellas líneas una y otra vez. Estaban en el mismo barrio, tan cerca que…

—No es posible —murmuró cuando su mente comenzó a sospechar.

—Estás muy pálida.

—No he dormido nada bien hoy y tengo el estómago revuelto.

—Quizás deberías tomarte el día libre.

—Lo pensaré, aunque ahora tengo algo que aclarar. Si te traen la cartera, avísame. Me encantará lanzársela a la cara por ti.

—Pues me harías un favor, porque no quiero volver a ver a ese hombre.

Se despidió de Marga con un gesto seco y le devolvió la denuncia.

En cuanto se giró para irse, sacó el móvil y anotó la dirección de Julio, aunque estaba segura de que ya se la había aprendido de memoria después de releerla tantas veces en aquel último minuto y medio de su vida.

Recorrió el pasillo que llevaba a su despacho como una autómata, sin ver, con la inercia de quien conoce cada rincón del lugar. Su mente, sin embargo, seguía anclada en una idea incómoda, en una duda constante que necesitaba resolver cuanto antes.

Cuando alzó la mano para girar el picaporte de la puerta de su despacho, salió de su ensimismamiento. Agitó la cabeza y tomó las riendas de su cuerpo, dirigiéndose hacia el único que podía aclarar sus dudas.

—Rodrigo.

Entró en su despacho sin llamar y recibió una mirada irritada que, en otro tiempo, la habría herido; sin embargo, no le produjo nada.

—Ya era hora —resopló él, soltando toda la frustración que llevaba conteniendo mientras se levantaba de la silla—. Tenemos que irnos y…

Se detuvo al ver que ella no mostraba la menor intención de moverse.

Bajó la mirada hacia sus manos. Ahí estaba la clave: se las retorcía con tanta fuerza que empezaban a enrojecer.

Solo se ponía así por una cosa, aquello que más preocupaba a la inspectora.

Una vez más, el expediente de su madre pesaba sobre la cabeza de Amara.

Parte de él estaba agotada de aquel asunto. Aunque la entendía y la apoyaba desde hacía años, la obsesión de ella se había ido convirtiendo en una losa para él, más aún desde que tuvo acceso al expediente.

Sus miradas se enredaron y hablaron por ellos, atrapados en un vals de incomodidad del que ninguno sabía cómo salir.

—No tenemos tiempo que perder —insistió Rodrigo con un tono pausado, incapaz de ocultar la frustración que sentía.

—¿Cómo has podido traicionarme así?

En cuanto esa pregunta se instaló entre los dos, las dudas de Amara se disiparon mientras la vergüenza teñía de rojo las mejillas de él.

—No es lo que piensas.

—Entonces, ¿qué debo considerar? —Cuestionó ella con un evidente deje de dolor—. ¿Que mi mejor amigo y compañero de patrulla ocultó la dirección de ese malnacido para impedir que llegara hasta él? Sí, justo eso, porque es lo que has hecho.

Rodrigo se irguió con lentitud. Le sacaba unos centímetros, pero, aunque había compuesto su mejor expresión de serenidad y firmeza, ella sabía que estaba incómodo por la forma en que apretaba la boca, como si quisiera contener una retahíla de comentarios que le harían daño.

—No esperaba esto de ti.

—No puedes seguir así, Amara —dijo él con toda la calma que había logrado reunir—. Este odio te está consumiendo.

—Ese ser mató a mi madre.

—Lo sé.

—No me creyeron, no consideraron siquiera mi declaración, no revisaron las cámaras que había cerca de casa y, en cuanto a su coartada, sé que es mentira. Fueron negligentes en todo. Unos ineptos.

—Hemos hablado de esto. El único sospechoso tenía una coartada creíble.

—¡E inventada! Lo sabes igual que yo.

El grito de ella retumbó en las paredes del despacho. Estaba desatada y él no sabía qué decir para que recuperara el control de sus emociones.

—Sí, mantengo mis sospechas y te creo, pero no tenemos nada más. No hay ningún hilo del que tirar. Sabes bien que un caso no se sostiene sobre una sospecha. Se necesitan pruebas contundentes e irrefutables y, por desgracia, no las hay.

La inspectora inspiró hondo, tratando de serenarse sin demasiado éxito. En el fondo de su alma sabía que él tenía razón. La lógica que manejaba en cualquier otro caso le gritaba que lo escuchara, pero no podía. No quería. Era su madre. Y él la había traicionado.

—¿Por qué me lo ocultaste?

—Amara, no puedes presentarte en su casa y atacarlo, ni interrogarlo. No puedes investigar este caso. No eres objetiva.

Aquella verdad se clavó en su alma, pero la descartó al instante, incapaz de ser racional en ese momento.

—¿Y quién me lo va a impedir? ¿Tú?

Rodrigo volvió a refrenar su lengua, que pugnaba por soltar cualquier barbaridad que sabía que ella no podría procesar. Respiró profundamente mientras ganaba unos segundos para elaborar la respuesta que ella estaba dispuesta a escuchar.

—Tan solo estoy tratando de protegerte. Entiendo tu dolor, lo comparto, pero un movimiento en falso y todo lo que has construido se desmoronará. Eres la mejor inspectora de esta unidad, respetada, condecorada. No permitas que él gane de nuevo.

La mirada ensombrecida de Amara lo sorprendió. Jamás había visto tanto odio, reconocible y dirigido hacia él. No, su discurso no había surtido el efecto deseado.

—Amara —la llamó, tratando de traer de vuelta a la mujer juiciosa que era.

—No necesito que me salves de nada.

—Soy tu amigo, lo hago por tu bien.

—Mantente alejado de mi camino.

El corazón de ella dio un latido errático cuando se giró para marcharse.

Sabía lo que eso significaba, así que fue hacia el despacho de su superior para informarle y, diez minutos después, estaba rumbo a su casa, aferrando con fuerza el manillar de la moto, conduciendo con excesiva brusquedad mientras trataba de regular su respiración sin mucho éxito.

Estaba hiperventilando, al borde de ese acantilado de dolor que conocía tan bien.

Aceleró, rezando para no atropellar a nadie en esa huida de sí misma y de la traición de una de las pocas personas en las que se permitía confiar.

No supo cómo lo hizo, pero consiguió llegar a casa ilesa.

Traspasó el umbral de la puerta y se derrumbó de rodillas sobre el suelo laminado mientras la ansiedad se apoderaba de ella sin piedad y una frase se repetía incesantemente en su cabeza: «Ha llegado el momento».