Cuando menos lo merezca Capítulo 5
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Capítulo 5

Un nuevo comienzo

H acía años que había perdido la motivación para enseñar. Curso tras curso, los alumnos eran peores, las faltas de respeto estaban a la orden del día y, aunque intentaba mantenerse actualizado, sentía que, a medida que se hacía mayor, los entendía peor.

¿Mayor? Solo tenía cuarenta y cinco años.

Bajo su punto de vista, estaba en su mejor momento.

Se mantenía en forma yendo al gimnasio con regularidad, conservaba su melena castaña con la fuerza de los veinte, sin apenas canas, y sentía que podía conquistar a cualquier mujer que se le presentara.

Aunque, en los últimos meses, parecía que no escogía bien a sus posibles parejas.

Recibía más rechazos de los que estaba habituado y comenzaba a percibir miradas incómodas en algunos ambientes, como en la discoteca que solía frecuentar junto a su cuadrilla.

Quizás apuntaba demasiado alto, pero consideraba que, si podía elegir una de veintipocos, que conservara su lozanía y juventud, no quería conformarse con una de cuarenta recién divorciada y con hijos a su cargo.

No se veía siendo padrastro de un mocoso malcriado solo para poder tirarse a su madre los días que no estuviera cansada. Necesitaba a alguien que pudiera seguirle el ritmo.

«No puede ser tan difícil», pensó mientras daba por terminada la clase en la que les había puesto un examen sorpresa solo por joder.

Esa clase era terrorífica, la peor que había tenido en años, y una parte de él disfrutaba devolviéndoles la bofetada en forma de trabajos extra o controles.

Uno a uno, pasaron por su mesa para dejar el folio, algunos con cara de circunstancias y otros con la mirada resignada de quien recibe un castigo que no le corresponde.

Pagaban justos por pecadores; sin embargo, no tenía ganas de hacer distinciones con aquellos alumnos.

Estaban en Formación Profesional, se suponía que querían estudiar y convertirse en personas útiles para la sociedad, no en enclenques llorosos incapaces de asumir las consecuencias de sus actos.

Sabían desde principios de curso que él no toleraba las faltas de respeto en su clase y, aun así, cada semana lidiaba con ellos por no mantenerse en silencio.

—Esto no es justo.

Julio alzó la mirada hacia la portavoz de la clase, una chica de veinte años, melena cobriza y mirada desdeñosa.

La sindicalista, como la llamaba en su cabeza obviando su nombre.

Lo atraía con esos ojos penetrantes y ese deseo de justicia que la llevaba a erigirse como salvadora, un papel que acabaría por consumirla.

Si tan solo pudiera llevársela una vez a la cama, le enseñaría a respetar la jerarquía. Verla agachar la cabeza sería todo un deleite para él.

Debía reconocer que tenía que hacer un esfuerzo para ignorar lo que ella le provocaba, sobre todo cuando se enfrentaba a él.

—Ayer pasasteis toda la hora hablando y ya os dije que eso traía consecuencias.

—Ya hemos acabado la evaluación. Ahora toca preparar las prácticas, no somos unos críos de instituto —dijo alzando la voz, molesta con la actitud que mantenía aquel profesor, que no los trataba como adultos.

—Os comportáis como críos y estáis en un instituto —respondió él con soberbia.

Julio se alzó con ese metro noventa que solía usar para intimidar a sus alumnos. Se sentía tan cómodo en ese rol de poder que le daba ser el profesor, que abusaba de él cuando quería, disfrutando cuando lograba que se amedrentasen frente a sus ojos, pero con la sindicalista no ocurría así.

Ella lo miró, desafiante, con los brazos en jarras, enarbolando la bandera de su verdad.

—Me voy a quejar a dirección, este examen no debería contar para nota.

—Haz lo que quieras, pero solo espero que hayas aprobado o tal vez tengas que ir a recuperación.

La muchacha rezumaba indignación por cada poro de su piel. Ignorando lo que su enfrentamiento había provocado en él, salió de la clase con la cabeza en alto y la sensación de injusticia recorriéndola por completo.

Julio examinó sus curvas, deteniéndose en el contorneado culo que llevaba dentro de unas mallas negras que no dejaban nada a la imaginación. Sin duda, un atuendo inapropiado para un centro educativo.

Cogió la botella de agua que tenía sobre la mesa de contrachapado verde y dio un sorbo mientras trataba de enfriar las sensaciones que aún bullían en su interior.

«Te libras por lo que te libras», pensó, dejando que su cabeza se regodeara en recuerdos no vividos mientras volvía a sentarse.

Estaba ahí, perdido en su universo paralelo en el que la sindicalista cedía a sus deseos más oscuros, cuando el conserje apareció en la puerta de la clase, interrumpiendo su ensoñación. Si no fuera porque Juan le caía bien, le habría soltado un comentario sarcástico o alguna bordería.

—Julio, hay una muchacha que pregunta por ti.

—No es hora de tutoría —contestó, asqueado por la interrupción.

—No es una de tus alumnas, si mi cabeza no funciona mal. Está en la entrada, no se ha atrevido a pasar hasta aquí.

Aquella respuesta activó su curiosidad. Se levantó, salió de su guarida y recorrió el pasillo hasta la amplia entrada del instituto.

Justo en el medio la vio y ralentizó el paso, evaluando con descaro aquella figura esbelta, de muslos contorneados dentro de un pantalón vaquero blanco y busto protuberante.

Aún no la había mirado a la cara, pero ya sabía que era su tipo: tenía las curvas necesarias para hacerle perder la razón.

—Hola.

Aquel saludo, acompañado de una sonrisa tímida, lo sacudió tan fuerte que tuvo que exhalar un par de veces para serenarse. Era una belleza.

—¿Eres mi alumna? De ser así, no pasas mucho por aquí —dijo tratando de sonar chistoso.

—No, hace tiempo que dejé el instituto.

—Entonces, ¿en qué tengo el placer de ayudarte?

—He encontrado algo que te pertenece.

Abrió el bolso blanco y sacó la cartera del profesor, que la recibió entre sorprendido y halagado.

—¿Dónde estaba?

—Trabajo en un supermercado y la encontramos anoche mientras recogíamos.

Julio la abrió; estaban su documentación y las diferentes tarjetas de los bancos, aunque las había anulado todas para evitar disgustos, pero no los cien euros que solía llevar para emergencias. No le sorprendía en absoluto, pero sí que ella hubiese dado con él.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

La sonrisa de ella se ensanchó. Pudo ver una chispa de orgullo y se quedó prendado de aquellos ojos marrones que parecían regocijarse en su triunfo.

—Iba hacia la comisaría a entregarla, pero tienes un papel con el nombre del instituto ahí, donde la foto de los niños.

—Son mis sobrinos —se apresuró a aclarar, para evitar que ella pensara que tenía familia.

No supo si le creía. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal, pero ella no se retiró. Continuó mirándolo con admiración, como si hubiera sufrido un flechazo al encontrarse con él y el ego de Julio nubló su raciocinio.

—Son muy guapos, incluso podrían ser tus hijos. Os parecéis bastante.

—Sacaron nuestros mejores genes. Al niño no lo veo demasiado, mi hermana vive fuera de Valladolid.

—Estoy segura de ello.

Aquel momento estaba bañado de un sutil coqueteo por parte de ella, que no le pasó desapercibido a Julio. Tenía claro que no le era indiferente a aquella joven de rostro aniñado, enmarcado por una preciosa media melena rizada.

Sintió cómo le sudaban las manos, anticipándose a algo que no podía hacer en aquel entorno, algo para lo que no tenía consentimiento por el momento. Algo que podía llegar a convertirse en un glorioso encuentro entre las sábanas.

—Perdón, debes pensar que soy una desvergonzada por presentarme en tu trabajo de esta manera. No quería interrumpirte, pero sí tener la certeza de dártela en persona. No me fío mucho del trabajo policial.

A pesar de sus palabras, sus mejillas no estaban enrojecidas, pero Julio no se percató de aquello, enredado en esa mirada baja y en lo que ella le provocaba.

—Ya somos dos. Hace dos semanas que puse la denuncia, ya la daba por perdida.

—Pues ya la tienes.

La sonrisa de ella se ensanchó, halagándolo.

—Me has salvado la vida —dijo él, exagerando la situación—. Eres bastante perspicaz, deberías dedicarte a investigar casos.

—No creo. Si veo sangre me desmayo. Soy bastante aprensiva.

—¿Cómo podría agradecértelo?

—¿Un café?

—Tengo clase ahora.

—Qué lástima —dijo haciendo un gesto de pena—. Quizás nos volvamos a encontrar más adelante, confiemos en que el destino nos vuelva a reunir. Me marcho o llegarás tarde a clase y debes dar buen ejemplo a tus alumnos.

Julio no podía creer que ella estuviese a punto de marcharse y su cerebro no acabara de reaccionar para impedírselo. Sin duda, aquella muchacha le gustaba, mucho más de lo que estaría dispuesto a admitir, y no quería que se fuese. Deseaba llevarla a su cama y disfrutar de su espectacular cuerpo.

—Espera —dijo cuando vio que ella se giraba hacia la salida—. Ni siquiera sé tu nombre —continuó cuando volvió a sentir sobre él esa mirada que lo perturbaba.

—Me llamo Sara.

—Encantado de conocerte.

Antes de pensarlo siquiera, se lanzó a darle dos besos, colocando la mano en su cadera. Invadiendo así el espacio personal de la joven sin ningún miramiento, obviando un gesto casi imperceptible de incomodidad.

La piel de su mejilla era sedosa, con tacto natural, sin apenas maquillaje. Aspiró el perfume afrutado que desprendía y notó cómo ella se estremecía ante el roce de su mano.

«No te me vas a escapar».

—Creo que nos merecemos ese café —susurró a un centímetro de su boca.

—¿Va a hacer pellas, profesor?

—¿Por un rato más en tu compañía? Sin dudarlo, merece la pena.

Dos segundos después apareció en el rostro de ella una sonrisa satisfecha que golpeó el ego de Julio, haciendo que se sintiera elegido.

Saboreando cómo le hacía sentir esa preciosa joven, le pidió que lo esperara unos segundos.

Fue hacia la sala de profesores con rapidez, temiendo que ella cambiara de opinión y se marchara.

Aprovechando que había varios alumnos de prácticas, le cedió su clase a uno de ellos, el más avispado, le dio un par de indicaciones y se marchó sin ni siquiera comunicárselo a la jefa de estudios.

Estaba eufórico, saboreando lo que aún no había alcanzado. Mientras caminaba por el pasillo vio a la sindicalista y, para sorpresa y desagrado de la joven, le lanzó un beso que solo ella vio.

Después regresó junto a Sara con esa calma serena que anuncia una victoria esperada y la guio fuera del instituto para iniciar algo que prometía ser memorable.