Capítulo 3
La jaula
L a planta undécima del Hospital Clínico era la gran desconocida, al menos para el grueso de la población, que nunca había tenido que rozar sus paredes ni traspasar las puertas grises que se abrían con un código y quedaban selladas a la espalda de quien ingresaba en ella o la visitaba, con un poderoso sonido que no anunciaba nada bueno.
«Entrar es tan fácil; salir, una odisea propia del mismísimo Ulises».
Como si ese clic hubiese activado un recuerdo antaño sepultado por cientos de gasas y tiritas mohosas, Amara se estremeció y contuvo el aliento durante un segundo.
Ya no era esa niña, aquel no era su sitio, pero esos ecos del pasado retumbaron con fuerza en el instante en el que Claudia se adelantó para hablar con el médico y recibir la autorización para entrar a ver a la muchacha.
Se dejó arrastrar a ese lugar perdido en su memoria, a otro momento, a su yo joven y asustado.
Antes de que pudiera colapsar o controlar el vaivén de emociones que la perturbaban, Claudia le hizo una señal desde su posición, apenas unos pasos por delante de ella, junto al punto de control de la planta: un largo mostrador blanco donde se sentaban las enfermeras cuando el trabajo se lo permitía o cuando debían rellenar informes.
Ignorando la mirada inquisitiva de una de esas mujeres, recompuso su máscara y se adelantó con gesto serio.
Las guiaron por el amplio pasillo hasta el final del nivel. El silencio contrastaba con el deambular pausado y errático de los pacientes con los que se cruzaban, haciendo que todo se cubriera de un manto lúgubre, lleno del dolor que esas personas sostenían.
Estaban perdidas, consumidas por su enfermedad, empastilladas para que la situación no se saliera de control, pero, sobre todo, estaban solas, sujetas a un estricto horario de visitas, viendo los días pasar uno detrás de otro, sin una certeza clara de cuándo podrían salir de allí. Era descorazonador.
—No sé si conseguirán algo, se niega a hablar. Parece muda.
Algo en la manera de decir aquello incomodó a Amara. El tono había sido neutral, pero creyó ver una chispa de diversión en los ojos negros de aquella mujer de mediana edad y busto prominente, y se enervó.
«¿Acaso se burla del sufrimiento de su paciente?». No podría decirlo con exactitud, así que se obligó a mantenerse callada. Incluso consideró si había interpretado su expresión facial de forma correcta. Sin duda, no estaba en sus mejores días.
Claudia se adelantó y golpeó la madera lacada de blanco dos veces, esperando una respuesta que no llegó. Abrió la puerta y procedió a entrar, seguida de Amara.
La habitación era larga, contaba con tres camas de hospital, pero solo una, la que estaba situada más cerca de la ventana enrejada y sellada, estaba ocupada.
Lucía no se giró al oírlas entrar, ni siquiera se movió.
Tenía la mirada perdida en la lluvia que golpeaba los cristales con excesiva intensidad.
Parecía mimetizarse con la cama en la que estaba recostada, absorbida en sus pensamientos erráticos, dispuesta a no dejar que nadie traspasara aquel límite imaginario que había erigido entre la realidad y ella misma.
—Soy la inspectora Claudia Gómez —anunció, colocándose frente a la ventana para que ella no pudiera eludirla por más tiempo— y ella es la inspectora Amara González.
La joven alzó la mirada hacia ella, incómoda ante aquella intromisión tan abrupta. Se acomodó en la cama, como si así pudiera eliminar la incomodidad que estaba sintiendo.
—¿En qué puedo ayudarla?
La voz ralentizada, la cadencia sin apenas sonoridad y la mirada herida las golpearon sin que nadie las hubiese preparado para ello. ¿Cómo podía alguien tan joven estar al borde de un abismo tan inmenso?
—Queremos saber por qué querías acabar con tu vida —prosiguió Claudia, directa e inquisitiva.
A Lucía no le sorprendió aquella pregunta. La había escuchado varias veces en los últimos dos días y se había negado a contestarla con una oposición pasiva que solo había conseguido que aumentaran la medicación.
No quería decir nada, no deseaba explicarse ni oír los reproches de esos adultos que fingían interés por ella. Estaban a años luz de entenderla.
Resopló sonoramente y se cruzó de brazos.
—¿Desde cuándo la policía investiga esto? —cuestionó. Por un segundo, un brillo de rebeldía asomó a sus pupilas.
—También golpeaste a una mujer cuando trató de ayudarte. Estamos intentando dilucidar si debemos emprender acciones legales contra ti.
Se revolvió de nuevo y agachó la mirada hacia la sábana blanca que cubría sus piernas, tratando de encontrar la manera de espantar a esa mujer incómoda que no dejaba de mirarla ni un segundo. La estaba evaluando, lo sabía, y era incómodo e inapropiado.
«¿Dónde estás, mamá, para defenderme?».
—Me disculparé con ella.
—¿Crees que eso lo arregla todo?
—¿Qué más puedo hacer? ¿Flagelarme frente a ella? ¿Arrodillarme a sus pies? ¡¿Qué hago?! No estaba pensando, no quería hacerle daño, solo saltar y dejar de… Mierda —dijo en un susurro acompañado de un sollozo quedo.
Por un instante, el silencio se apoderó de la habitación. Las dos inspectoras se miraron. Ambas sabían que habían roto la barrera de contención de aquella joven, pero Amara temía que una intervención inadecuada la llevara a retraerse de nuevo.
—No tienes que hacer nada de eso —afirmó, atrayendo su atención—. Tan solo cuéntanos qué te pasa.
La mirada herida y angustiada de la joven la atravesó. El silencio se prolongó más de lo necesario y su mente le recordó a ella misma, en una cama como aquella, tratando de que la escucharan sin encontrar a nadie en quien confiar del todo.
—Nunca lo entenderían.
—No, no puedo comprenderlo —dijo Claudia, recogiendo las riendas—. Quizás no debería decirte esto, pero me parece un acto muy cobarde por tu parte. Imagino que ni siquiera te has planteado el daño que podías causar a tu madre.
—Sí…
—Lo dudo.
Aquellas palabras, que iban más allá de cualquier consideración, la hicieron estremecerse. Hasta ese momento la habían tratado con delicadeza, con cuidado, incluso con mimo, pero esa mujer férrea y dura que la miraba con cierto asco se estaba permitiendo el lujo de juzgarla sin piedad.
—No hay nada que investigar, inspectora —afirmó, revolviéndose ante el ataque que estaba recibiendo, recogiendo el carácter que había abandonado tras las puertas metálicas de la planta—. Traté de acabar con mi vida, nadie me obligó, lo decidí yo.
—No te creo.
El órdago quedó flotando entre ellas, incomodando a la joven hasta que explotó.
—Izan no tiene nada que ver en esto —se justificó con excesiva rapidez y sacando a relucir el nombre que las dos inspectoras estaban esperando—. Él me ama, quiere que estemos juntos.
—He leído los mensajes que te manda.
La joven contuvo el aliento. Sabía bien a qué se refería. Entre esas líneas estaba la insistencia de Izan para que lo hiciera, pero no era tan horrible como parecía.
—¿Cómo se atreve a tocar mi teléfono? Es de uso privado, no tiene derecho a hacerlo.
—Tu madre me lo dejó, también lo ha leído y está aterrada.
—Mierda, ahora pensarán que él es culpable —farfulló al borde de las lágrimas.
—Lo es. Te está haciendo daño, va a acabar contigo de una manera que no puedes dimensionar porque no eres más que una cría.
—Tengo dieciséis años.
—Ni siquiera los aparentas, pero solo con lo que he leído en esos mensajes, yo también te separaría de ese chico. No te hace bien.
—Me quiere —se defendió con menos vehemencia de la que debería, pero ella también albergaba dudas que se afanaba por enterrar bajo cientos de excusas.
—¿Acostándose con otras?
La losa de aquella pregunta estuvo a punto de aplastarla. Se estremeció porque algo en su subconsciente llevaba tiempo advirtiéndola del peligro por el que estaba navegando.
Izan aparentaba que la quería, pero, cuando discutían y se enfadaban, volaba a los brazos de otras, se acostaba con ellas y luego tenía la desfachatez de contárselo como si se tratara de una anécdota graciosa que ella debía compartir y aceptar.
Cuando se le escapaba algún reproche o le decía que no le parecían correctas sus actitudes, Izan desviaba la culpa hacia ella por diferentes motivos: porque sus padres no lo aceptaban, porque ella tenía que estudiar, porque no podía salir hasta tarde un sábado, porque estaba castigada por saltarse las normas que él la invitaba a infringir. Y había empezado a creérselo.
«¿Por qué me hace él este daño tan inmenso?».
—La única culpable soy yo —sentenció en un tono serio que no admitía discusión—. Quiere estar conmigo, pero mis padres no lo aprueban. Es un buen chico, pero no lo ha tenido fácil.
—Es un pieza de dieciocho años que te ha alejado de todo tu entorno, que ni siquiera ha acabado la educación obligatoria y que solo quiere salir de fiesta. Si fueras mi hija, también te prohibiría estar con él, pero, de ahí a hacerle caso y querer suicidarte… ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho?
Ella negó con la cabeza y apretó los labios mientras en su garganta se acumulaban las palabras que la liberarían.
No podía, no quería decirlo. ¿Cómo iba a reconocer que él la había incitado?
Primero para darles un susto a sus padres; después, asegurándole que era la única solución, que eran como Romeo y Julieta, que, tras su muerte, él también acabaría con su vida y se reunirían en el más allá.
Si lo pensaba, sonaba ridículo. Casi era un cuento de hadas con final macabro, pero, cuando se lo decía envuelta entre sus brazos, parecía algo alcanzable y necesario.
—Lo has intentado antes, ¿verdad? —intervino Amara, leyendo entre líneas lo que ella no se animaba a contar.
No tenía dudas de que así había sido y la mirada angustiada de ella se lo corroboró.
—¿Cómo?
—Con paracetamol. En mi casa es lo único que hay.
—¡Dios bendito! —exclamó Claudia, que no alcanzaba a entender aquel nivel de autodestrucción en el que se movía una joven que tenía toda una vida por delante.
—¿Cuándo fue eso y por qué lo hiciste?
—Estaba rota —confesó en un sollozo ahogado—. Fue la primera vez que supe que me había engañado, en octubre. No me lo dijo él, me enteré por la chica, es una de mis compañeras de clase. Ella creía que ya no salíamos juntos, pero no, solo estábamos enfadados.
El llanto de ella se intensificó. Si había algo más que estaba dispuesta a contarles, se quedó sepultado bajo las lágrimas y los hipidos.
—Esto tiene que parar, Lucía. No te hace bien.
—No puedo, lo quiero, es mi mundo.
Claudia se mordió la lengua para no soltar toda una serie de improperios contra aquel joven. Cuando vio que ella retomaba el control, secándose las lágrimas con un pañuelo y sonándose la nariz después, le pidió que la mirase.
—Solo hay una cosa que puedo hacer por ti. Voy a interrogar a Izan, le voy a dar un buen susto y tú… Tú deberías apartarte de él porque quizás la próxima vez no haya nadie que te salve.
—No lo haga, me odiará —rogó Lucía con desesperación.
—Él ya te odia. Alguien que te trata así, que te engaña con otras delante de ti, que te incita a cometer un crimen contra ti misma, no puede amarte y no merece ni una de tus lágrimas.
La inspectora Gómez no esperó respuesta. Salió de la habitación con la cabeza alta, envuelta en una rabia que la estaba consumiendo.
—Habla con ella, no dejes que lo haga, te lo suplico. Él no ha hecho nada, es bueno conmigo, me quiere y yo…
—Lucía, ya —le pidió Amara en el mismo tono neutro que había usado desde que entró allí—.
Entiendo que te cueste comprender lo que todos te dicen, pero, si algo he aprendido en este tiempo, es que nadie se muere por amor.
Eso queda bien en los libros, en las películas, pero, en la vida real, las relaciones se acaban, los caminos se separan y llegan otras personas a tu vida.
—Solo lo tengo a él.
—Lo dudo. Estoy segura de que, a su manera, tus amigas siguen ahí, esperando que vuelvas.
—Sí me han llamado alguna vez.
—Muchas.
Lucía entendió, tras una pausa, por qué ella lo afirmaba con tanta rotundidad, pero necesitaba confirmar sus sospechas.
—¿Ha leído mi diario?
—Sí, y solo quiero contarte que yo también estuve a punto de perderme en el dolor, con catorce años, pero mi mejor amiga no me soltó la mano. Cuando salgas de aquí, llámalas, seguro que alguna responde.
—He sido una amiga horrible en este último año, a Izan no le caen bien.
—Pero a ti sí, y tú eres la importante en sus vidas, no él. Te he traído algo, quiero que empieces un nuevo diario.
—El anterior aún tenía espacio.
—Lo sé, pero también recuerdos muy dolorosos en los que no deberías regodearte. Empieza de nuevo, te lo mereces. No te caigas por nadie, ni siquiera él valoraría ese sacrificio como corresponde.
Amara la dejó ahí, pensativa, tratando de procesar todo lo que había pasado.
Se reunió con Claudia fuera de la habitación y abandonaron la planta con un solo pensamiento: que su dureza a la hora de abordarla la hiciera reflexionar y comenzar a vivir de nuevo.
No estaban seguras de si lo habían conseguido, aunque esperaban no llegar a saberlo con el tiempo.