Capítulo 2
Ventanas que duelen
E ra una experta. Conocía la rutina de todos sus compañeros de planta y había conseguido encontrar el momento perfecto para prepararse su café sin tener que socializar en exceso con ninguno de ellos.
No siempre se sentía asocial, tan solo cuando una nueva noche de insomnio la mantenía en vilo hasta las tres de la mañana; entonces la falta de sueño la volvía más arisca de lo habitual, haciendo imposible que soportara las conversaciones banales o las anécdotas divertidas.
Esos días prefería aislarse, buscaba el silencio y rehuía la compañía.
Miró el reloj del ordenador. Era la hora exacta. Esbozó una sonrisa de satisfacción que no llegó a sus ojos. Era su momento.
Se levantó de su escritorio tras guardar el informe que estaba haciendo y salió de su despacho con gesto airado, ceño fruncido y mirada al frente; era una fachada que la mantenía alejada de los demás, pero, antes de que pudiera entrar en la sala de descanso, el resoplido de la inspectora Gómez atrajo su atención.
Sus miradas se cruzaron y Claudia se alzó, siguiéndola hacia la zona de descanso. Observó cómo Amara realizaba su ritual, esperando el momento oportuno para comentarle lo que la preocupaba.
—Dime que tienes media hora de tu tiempo para mí.
—¿Qué pasa?
—Ha venido la madre de Lucía Garrido, la chica del puente —aclaró cuando Amara no respondió—. Está convencida de que su hija jamás cometería un intento autolítico contra ella misma por voluntad propia.
—¿Acaso no la escuchaste? Cuando llegamos hasta el escenario repetía una y otra vez que la dejaran hacerlo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué te preocupa? —cuestionó Amara mientras echaba un sobre de azúcar en su taza de café—. Pensé que era un caso claro. No hay nada que investigar.
Concluyó, colocó la taza en la posición correcta y milimetrada y, un segundo después, accionó el botón de la máquina.
Durante diez segundos, el sonido de la cafetera fue lo único que se escuchó en aquella sala.
Era como un pequeño reactor: incómodo, pero eficaz.
Preparaba el mejor café que ambas habían probado nunca en una máquina de ese tipo.
—En realidad hay un hilo que considerar —prosiguió Claudia en cuanto pudo hablar— y te puedo asegurar que me ha convencido; si no, no estaría aquí.
—Quizás es el sentimiento de culpa de la madre haciendo su aparición, tiene que estar destrozada por saber lo que quería hacer su hija.
—Es más complicado que eso. Cree que el novio la ha incitado a hacerlo, me ha traído su móvil para que lo revise, un montón de emails y un diario que escribe la muchacha. Quiere encontrar un culpable.
La adolescente rebelde que aún habitaba en ella se revolvió ante aquella información.
Lo que estaba haciendo esa madre era poner en riesgo la confianza de su hija si esta llegaba a descubrir que había revisado sus cosas.
Sin embargo, la mujer en la que se había convertido sabía que, a veces, la vida era demasiado cruel para que una joven tuviera que enfrentarse a ella sin el chaleco salvavidas de una madre entregada.
—Me reitero, creía que habías cerrado el caso —señaló con un punto de ironía mientras se tragaba el desasosiego que le producía acordarse de su madre y de lo mucho que aún la necesitaba.
—Estaba a punto de hacerlo, pero algo en esa mujer me ha hecho valorar otras posibilidades. Sus dudas parecen fundadas y me preguntaba si quieres ayudarme a comprobar lo que hay. Debo hacerlo rápido, pues no creo que el comisario esté muy de acuerdo con mi punto de vista.
Amara reflexionó durante unos segundos mientras daba un largo sorbo a su café. La verdad era que no tenía demasiado que hacer aquella mañana y la idea de ir en contra de la estricta visión de su superior resultaba lo bastante atractiva como para plantearse aceptar.
—¿Has hablado con la muchacha?
—No, está ingresada y no me parecía necesario.
—Hasta ahora.
—Exacto. Si hay un indicio claro, interrogaré al novio y te aseguro que le quitaré las ganas de volver a hacer algo así.
La contundencia en el gesto de Claudia terminó de convencerla. Si ella creía que había algo más, estaba segura de que así sería. No perdía nada por dedicar unos minutos a aquello.
—Veamos qué esconde en su diario.
—Gracias.
Claudia salió de la sala de descanso y volvió unos minutos después con un cuaderno negro de pasta dura en la mano. Se lo entregó y entre las dos quedó el acuerdo tácito de tratar de hallar la verdad, si es que existía.
Amara se preparó un segundo café, replicando el ritual anterior, y regresó a su propia mesa.
La primera página de aquella ventana al corazón de esa joven la impactó.
La frase «Eres mi mundo» se repetía en un excelso poema sin rima.
Solo tres palabras escritas una y otra vez que sorprendieron a Amara por la sencillez y lo que escondían: la idealización del primer amor, las emociones a flor de piel, la dicha de ser correspondida.
Era sencillo, claro y contundente.
Siguió leyendo como quien se asoma a un pasado que pudo ser suyo, reconociéndolo, pero con la certeza de que estaba a punto de ver el declive de ese amor tan puro e inocente.
Las sucesivas páginas eran un mar de elogios, de vivencias, de días de dicha, hasta que el primer menosprecio emborronó la tinta con las lágrimas derramadas.
Lucía reconoció la bandera roja, escribió sobre ella y cómo la hizo sentir.
Se planteó dejarlo, pero pesó más el anhelo de no seguir la pauta de sus padres.
Ellos no querían a Izan, no les gustaba, creían que era una mala influencia para ella y su oposición fortaleció una relación que tenía visos de acabar pronto.
La joven se aferró a él con el deseo de que funcionara, de que el orgullo no saliera herido y lograr reafirmarse en la madurez que consideraba tener.
Y, mientras su atención se dirigía hacia aquella lucha entre niñez y juventud, Izan fue minando su autoestima paso a paso, quizás sin ser muy consciente de lo que hacía, pero sí muy eficaz.
Hace días que engaño a todo el mundo. Mamá se empeña en sacarme de la habitación con cualquier excusa, yo me niego. Al menos aquí no tengo que fingir que estoy bien.
Puedo relajar la cara, dejar de sonreír, permitirme que su rechazo duela. Se cansó de esperarme, de luchar contra mis padres, de quererme.
Hoy lo he visto con Lidia de la mano. Me ha mirado como hacía antes, ha sonreído y me ha guiñado un ojo. Por un segundo, yo he vuelto a ser su mundo, pero no ha durado nada y ya no sé cómo sentirme.
No quiero seguir sin él. No puedo, no sé, no…
Izan me ha hablado. Me ha acorralado a la salida del baño, tiene una idea, es rara, no creo que funcione. Me da miedo.
Lo voy a hacer, esta tarde. El río ha crecido. Solo tengo que saltar, soy buena nadadora, será solo un susto. Un aviso para mis padres, entenderán que estamos hechos el uno para el otro.
No me he atrevido. Me ha llamado cobarde, se ha besado con Lidia delante de mí. Me siento mal.
Quiero morir, ya no puedo seguir viéndolo con ella.
Él dice que es mi culpa, porque mis padres no le quieren, pero me busca en el colegio, me aborda cuando voy al baño, me acaricia y me dice que hay una forma, a lo Romeo y Julieta.
Una tragedia, un golpe de efecto que a mis padres les convenza de nuestro amor, pero ¿por qué sigue con Lidia?
, ¿por qué la besa delante de mí? No puedo seguir viendo eso, voy a enloquecer.
Una lágrima golpeó el diario de Lucía justo cuando terminaba de leer aquella frase cargada de dolor y resentimiento.
Amara estaba conmovida y enrabietada a la misma vez, ¿acaso esa muchacha no era consciente de lo que Izan le estaba haciendo?
Era una marioneta en sus manos, una sombra de lo que, sin duda, fue una joven brillante, a juzgar por su manera de expresarse.
Aquello era un desastre. La cría había perdido a sus amigas, la relación con sus padres era nefasta y su autoestima brillaba por su ausencia, lo que la estaba llevando a un pozo del que difícilmente iba a salir.
Amara cerró el diario con cuidado. La última entrada estaba fechada el día del intento de suicidio. Estaban frente a un caso complejo; él sí la había ido empujando hacia lo que denominaba un «susto» y era un peligro del que difícilmente podría salir.
—¿Cómo te ayudamos? —murmuró al aire la inspectora, mientras su cabeza elaboraba escenarios, cada cual más horrible.
La única certeza que tenía era que alguien debía intervenir cuanto antes, frenando esa relación enfermiza, pues, de no hacerlo, Lucía acabaría engrosando las listas de suicidios del país. Sería un número más, una historia conocida, dolorosa y, tras un tiempo, olvidable, salvo para sus padres.
Un golpe en la puerta la hizo alzar la cabeza. No sabía en qué momento se había ido encorvando hacia el escritorio, pero el movimiento brusco produjo un crac en su cuello que la sorprendió y la hizo parecer aturdida.
—Adelante.
Claudia abrió la puerta. En su rostro había un rictus de preocupación que no la sorprendió, pues era compartido.
—¿Vienes? Ya he pedido permiso y se lo he dicho a Ricardo.
—No tengo escapatoria.
—Estoy segura de que has leído lo suficiente para querer intervenir.
Amara no tuvo que contestar, su gesto era inconfundible.
—Quiero hacer una visita a Lucía —prosiguió Claudia—. Acabo de hablar con su psiquiatra: no reacciona, no habla, parece ida y no es por un exceso de medicación. Están preocupados también, lleva dos días ingresada y nadie ha llegado hasta ella.
Amara se alzó con determinación, reconociendo la alerta al instante.
Si Lucía continuaba así, en unos días la estarían amenazando con una larga estancia en algún centro para reconducirla.
No le deseaba aquello ni a su peor enemigo.
Debía avanzar cuanto antes y estaba dispuesta a convertirse en su impulsora.
Cogió el diario y salió de detrás del escritorio mientras una idea se forjaba en su cabeza.
—Bien, vayamos, pero… se me está ocurriendo algo, debemos abordarla desde otro ángulo.
—¿Qué estás valorando?
—Te lo cuento por el camino —agarró su chaqueta de cuero negro de la percha en la que estaba colgada, en la pared, justo al lado de la puerta, y la colocó sobre su brazo.
—Bien.
Salieron del despacho con paso firme, pero, antes de marchar, pasó por intendencia. Agarró un cuaderno tamaño medio folio con la tapa azul cielo y salió de allí.
—Creo que puede funcionar.
Claudia asintió y Amara se ahorró una explicación que no estaba dispuesta a dar en ese momento; antes necesitaba terminar de hilvanarla en su cabeza. Claudia siempre encontraba el silencio oportuno cuando ella lo necesitaba. No podían fallar.
Salieron de la comisaría rumbo al coche que usaba Claudia en sus intervenciones: un Audi negro sin serigrafía.
—A veces me pregunto por qué dejaste la unidad de Atención a la Familia y Mujer. Me gustaba tenerte de compañera —abrieron las puertas y entraron en el vehículo—. Siempre hemos hecho buen equipo.
—Lo sé, pero mi objetivo siempre fue la policía judicial —respondió Amara con una sonrisa de disculpa mientras Claudia arrancaba y enfilaba el camino hacia la salida del parking .
«Si tú supieras, amiga. Para poder meter entre rejas al asesino de mi madre».