Cuando menos lo merezca
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Capítulo 1
Dieciséis años después
E l aviso de central llegó media hora antes de que acabara su turno, tan inesperado en una tarde que había transcurrido con una tranquilidad excesiva que tardó unos segundos en reaccionar.
Por suerte, no estaba patrullando sola, ni siquiera conducía ella, así que se limitó a observar el tráfico denso de aquella tarde lluviosa de diciembre mientras avanzaban.
Las luces de Navidad ya estaban encendidas en las calles. El ambiente festivo parecía infundirlo todo de felicidad y armonía. Los días sin colegio se acercaban y ese sentimiento de pertenencia que inundaba los corazones de la gente parecía desconocido para ella.
Hogar. Hacía mucho tiempo que esa palabra había dejado de significar un refugio para convertirse en cuatro paredes y un sinfín de recuerdos, cada uno más doloroso que el anterior.
Tras la muerte de su madre, el mundo sereno y estable que conocía desapareció y, aunque su padre hizo todo lo posible por integrarla en su nueva vida, ella siempre se sintió una extraña viviendo en una casa ajena.
«Insuficiente». Esa era la palabra que había aparecido en su mente con demasiada frecuencia en el último año, desde que habían tenido acceso al expediente.
—Es solo una niña.
La voz de Rodrigo la trajo al presente. Estaban parados en un semáforo, al principio del Paseo Zorrilla, junto al Campo Grande. Apenas había gente en la calle; eran las ocho de la tarde de un lunes de diciembre.
—¿Quién? —cuestionó, intuyendo que se había perdido demasiado en su propia mente.
—La chica que ha intentado suicidarse tirándose al Pisuerga, tiene catorce años o eso han dicho por la radio.
«¿Otro intento autolítico?». Llevaban un mes bastante intenso con ese tema; ya habían recibido tres avisos, todos ellos sobre alguno de los puentes que conectaban las dos partes de una ciudad dividida por el paso del río, como si el Pisuerga tuviera algún tipo de magnetismo difícil de ignorar para las personas desesperadas.
—¿Por qué haría eso? —cuestionó, tratando de obviar el escalofrío que siempre sentía cuando oía ese número.
Era como un mal recordatorio de lo sucedido y, aunque había intentado no hacerlo, no lograba conseguir separarlo de su propia historia de vida. Inevitablemente, lo asociaba con su propia desgracia.
—¿Nos acercamos? —preguntó Rodrigo, ajeno a los oscuros pensamientos de ella.
Estaban cerca del Puente Mayor, el lugar de los hechos, pero ¿acaso no había sido un intento frustrado? No era su campo, pero Amara asintió casi imperceptiblemente y su compañero no necesitó más. Llevaba años obsesionada con aquel tema: el suicidio. ¿Por qué alguien decidiría quitarse la vida?
«Ni que no lo supieras», bramó su subconsciente.
Suspiró, cansada de su mente traicionera. Bajó la mirada hacia sus muñecas y las marcas de heridas pasadas le recordaron que había estado al borde del abismo, pero que seguía allí; que lo había superado y que ahora era una persona funcional, con un trabajo que marcaba la diferencia.
Estaba orgullosa de ella, de todo lo que había conseguido hasta llegar a sus treinta años.
—Tiene que estar en shock —murmuró más para sí misma que para él.
—Es de locos, ¿qué demonios está pasando?
La pregunta de Rodrigo la sacudió, como si la hubiera golpeado en el pecho, pero se mantuvo en silencio, esperando su reflexión en voz alta, que no tardó en llegar.
—Yo con esa edad solo podía pensar en mis partidos de baloncesto y en no suspender matemáticas, ¿y tú?
Aquella inocente pregunta ensombreció el rostro de Amara. Ella, con catorce años, estaba tratando de respirar, de sobrevivir a la muerte de su madre, de seguir adelante a pesar del dolor y el vacío que sentía dentro. No era un buen ejemplo de adolescente «normal».
En ocasiones también estuvo a punto de cometer una locura; en los meses de crecida, miraba al río Pisuerga con sus rápidas corrientes, sus cambiantes pozas y pensaba que era la solución.
Quizás lo habría hecho si su padre no la hubiera llevado a Renedo, donde vivían sus abuelos, alejándola de todo lo que conocía, adelantándose a su propia necesidad.
—¡Mierda! No quería…
—Tranquilo.
—A veces olvido lo que te pasó.
—No soy de cristal, compañero, no voy a romperme. Ya sabes que está superado.
Ambos sabían que era mentira, una sostenida en el tiempo más de la cuenta, que se asomaba en los ojos verdes de ella cada vez que se perdía en el recuerdo de aquella noche.
Rodrigo aparcó sobre la acera, al lado del Puente Mayor.
El caos era intenso, el tráfico transcurría ralentizado por un solo carril dirigido por un agente de policía, la ambulancia acababa de llegar y los sanitarios estaban saliendo de ella ataviados con esa mirada oscura e inexpresiva que trataba de salvaguardarlos de los horrores que veían a diario.
Un chillido desgarrador los sorprendió cuando bajaron del vehículo; se miraron sorprendidos ante aquel sonido capaz de eclipsar al resto. No entendían lo que decía, pero el tono era más que suficiente para saber que quien lo estaba emitiendo estaba en plena crisis de ansiedad.
Recorrieron el camino hacia donde estaban los agentes y el personal de la UVI móvil.
Una muchacha de aspecto aniñado era sujetada por una agente con gesto sereno mientras gritaba con desesperación que tenía que hacerlo.
Lo repetía con rabia, con lágrimas en los ojos, mientras se retorcía para que la soltaran y el médico se acercaba a ella para valorar su estado mental.
Esa desesperación le resultó conocida a Amara, demasiado para su propio bien.
Rodrigo, que estaba a su lado, le rozó el brazo, indicándole que le siguiera. Junto a una mujer de unos cincuenta años, bajita y atlética, estaba la inspectora Claudia Gómez.
Había sido su compañera durante un tiempo y no tardaron en aprender a trabajar juntas. Ambas eran implacables y, con su metro setenta y cinco de estatura, solían intimidar a quienes tenían delante.
La inspectora Gómez los vio acercarse sin mostrar ni un ápice de sorpresa; sabía que Amara sentía fascinación por ese tipo de casos.
—Buenas tardes. ¿Qué ha pasado? —cuestionó Rodrigo mirando a su compañera.
—Lucía Garrido, mujer, dieciséis años, ha tratado de tirarse al río.
La señora aquí presente la detuvo, parecía algo sencillo, pero después le dio un golpe y trató de saltar de nuevo.
Por suerte, un par de jóvenes intervinieron a tiempo y la estuvieron sujetando hasta que nos personamos en el lugar.
El médico de la ambulancia se acercó con paso firme y gesto cansado. Llevaba varias horas de guardia y no estaba siendo una de las fáciles.
—La vamos a trasladar al hospital —soltó mirando a Claudia e ignorando al concurrido grupo—, debe verla el psiquiatra. No razona ni es capaz de mantenerse serena en ningún momento.
—Bien, enseguida me uno a vosotros y organizo el dispositivo.
—Perfecto, hemos conseguido que acceda a desbloquear su móvil, avisaremos a la familia para que acuda al hospital.
—Gracias.
El médico se retiró y la atención de la inspectora volvió hacia aquella mujer que esperaba con paciencia a que la dejaran marchar. Entendía la gravedad de los hechos y solo esperaba que aquello fuera el punto de partida para que esa muchacha se recuperara.
—¿Quiere presentar cargos contra ella?
—No, es solo una niña y está colapsada —respondió la mujer, de aspecto cansado, envuelta en un abrigo de paño negro—. No sé por qué me fijé en ella; estaba quieta, mirando al río, llorando. Esa joven no está nada bien. No podría añadir otra inquietud más a sus padres.
—Ha recibido un buen golpe en el pómulo, podría revisarla el médico.
—No será necesario, un poco de hielo y listo.
La mujer se despidió antes de que siguieran insistiéndole; no iba a cambiar de opinión y tenía ganas de llegar a casa y entrar en calor. La temperatura había bajado tanto que estaba empezando a tiritar.
Amara observó cómo la muchacha era colocada en una camilla; de la verborrea intensa había pasado a un mutismo extraño junto a una mirada inexpresiva que no parecía fijarse en nada. Se había rendido.
Lucía sintió cómo ajustaban las correas alrededor de su cuerpo, inmovilizándola contra su voluntad.
En su cabeza se repetían las palabras de él.
Una y otra vez, como si fueran una melodía descompensada y sostenida en el tiempo.
Había estado cerca de conseguirlo, tanto que se sentía asqueada y adormecida.
¿Qué le había pinchado la enfermera cuando la colocaban en la camilla?
Fuera lo que fuese, había acallado su dolor y lo agradecía; una parte de ella necesitaba sentir un poco de alivio.