Cruel Debt (Debts and Devotions LAS nº 1) CAPÍTULO VEINTITRÉS
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CAPÍTULO VEINTITRÉS

BETSY

Nunca había estado en el apartamento de Darren.

Es extraño conocer a alguien como yo lo conozco a él —el peso de su cuerpo sobre el mío, el sonido que hace cuando se viene, la sensación de sus manos alrededor de mi garganta— y jamás haber visto dónde duerme. Dónde come. Dónde existe cuando no está conmigo.

Ahora estoy de pie en su sala, y es exactamente como debería haber imaginado.

Austera. Limpia. Los muebles son funcionales: un sofá, una mesa de centro, un librero con libros de verdad. No hay fotografías. Ni arte en las paredes. Ni plantas, cojines decorativos o ninguno de esos pequeños detalles que hacen sentir que alguien vive en un lugar.

Este es el apartamento de un hombre que nunca esperó quedarse en ningún sitio. Que nunca esperó tener una razón para hacer de un lugar su hogar.

Me pregunto si eso es diferente ahora.

Me pregunto si yo soy diferente ahora.

Me tiemblan las manos. Bajo la mirada hacia ellas: estas manos que sostuvieron las suyas mientras salíamos de aquella bodega, que entrelazaron los dedos con los suyos, ensangrentados, como si nada, como si tocar la muerte fuera tan solo otra de las cosas que hago ahora.

Esta noche lo vi matar a cuatro hombres.

Y dije que estaba bien.

Sigo esperando que el horror me golpee. La repulsión. La voz estridente de la conciencia que debería decirme que crucé una línea que jamás podré desandar, que me convertí en algo que jamás podré dejar de ser.

Pero, en cambio, solo siento una calma que se asienta. Como si una parte de mí que estuvo fuera de lugar toda mi vida por fin hubiera encajado. Como si llevara años andando con una articulación dislocada y alguien acabara de colocarla de nuevo en su sitio.

Ya no duele.

Eso es lo que me asusta.

Oigo correr la ducha en el baño. Darren, lavándose la sangre. La sangre de Alexei. La sangre de los guardias. La evidencia de lo que es, arremolinándose por el desagüe como si nunca hubiera sucedido.

Pero sucedió. Y yo estuve allí. Y no aparté la mirada.

Pienso en el rostro de Alexei al final. En el momento en que sus ojos encontraron los míos por encima del hombro de Darren. El reconocimiento. La comprensión de que la mujer a la que había ultrajado lo estaba viendo morir y no intentaba detenerlo.

Quería que me viera.

Yo quería eso.

¿Qué clase de persona quiere algo así?

La misma clase de persona que sintió la satisfacción acumulándose en su pecho mientras veía a su amante estrangular a otro ser humano hasta arrancarle la vida.

La misma clase de persona que contempló cuatro cadáveres y sintió alivio.

La misma clase de persona que dijo bien como si fuera una bendición, como si estuviera concediendo la absolución por un asesinato.

Ya no sé quién soy.

O quizá por fin lo estoy descubriendo.

*****

La ducha sigue abierta.

Me quedo un largo momento frente a la puerta del baño, escuchando el agua. El vapor se escapa por debajo de la puerta y envuelve mis pies descalzos con su humedad tibia.

Debería permitirle tener este momento a solas, dejarlo lavar la violencia, guardarla en un compartimento, como seguramente hizo cien veces antes.

Pero no puedo.

Necesito tocarlo. Necesito demostrarme que esto es real: que él es real, que yo soy real, que sobrevivimos a esta noche y que ambos seguimos aquí.

Abro la puerta sin llamar.

El baño es pequeño. Utilitario. Azulejos blancos, accesorios blancos, una sola toalla colgada de un gancho.

La ducha es una caja de vidrio en una esquina y, a través del vapor, puedo verlo: Darren, de pie bajo el chorro, con la cabeza inclinada mientras el agua resbala por los músculos de su espalda.

El agua a sus pies es rosada.

Se vuelve al oírme entrar. No hay sorpresa en su rostro. No intenta cubrirse. Solo están esos ojos grises, observándome como siempre: como si yo fuera un acertijo que todavía intenta resolver, como si quisiera memorizarme por si desaparezco.

—Betsy.

Mi nombre en sus labios. Áspero. Destrozado. Como si hubiera estado repitiéndoselo durante todo el tiempo que lleva aquí, una plegaria o una penitencia; no sé cuál de las dos.

No respondo.

Me saco la camiseta por la cabeza. Me desabrocho el sostén. Me bajo los jeans y la ropa interior por las caderas y salgo de ellos. Él observa cada movimiento; sus ojos recorren mi cuerpo como si me viera por primera vez.

Quizá sea así.

Quizá los dos seamos diferentes ahora.

Abro la puerta de la ducha y entro.

El agua está caliente. Casi demasiado. Golpea mi piel como una bofetada y la recibo con gusto: el escozor, el calor, algo que sentir que no sea este extraño entumecimiento flotante que me envuelve desde que salimos de la bodega.

—Betsy... —empieza.

—No hables.

Le quito el jabón de la mano. Una barra común, nada sofisticado. No huele a nada: limpio y anónimo, el jabón de un hombre que nunca esperó que hubiera alguien más aquí.

Lo froto entre las palmas hasta hacer espuma.

Luego le tomo la mano.

La derecha. La que aplastó la tráquea de un hombre. La que rompió huesos, quebró cuellos y apretó hasta que Alexei Kozlov dejó de respirar.

La lavo.

Metódicamente. A fondo. Entre cada dedo, por toda la palma, sobre los nudillos que ya empiezan a amoratarse. El agua corre rosada y luego transparente. Aun así, sigo lavando.

Él está inmóvil. Apenas respira. Me observa con algo parecido al asombro, algo parecido al miedo.

—¿Por qué haces esto? —Su voz es un áspero susurro.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

Paso a la otra mano. La misma atención esmerada. La misma limpieza minuciosa. Tiene sangre bajo las uñas; la retiro con paciencia y precisión hasta que no queda nada más que piel limpia.

—No te doy asco.

No es una pregunta, pero respondo de todos modos.

—No.

—Debería dártelo.

—Probablemente.

Subo por sus brazos. El jabón se desliza sobre sus antebrazos, sus bíceps, los músculos que sostuvieron a un hombre en el aire mientras lo estrangulaba. Los lavo como si lo bautizara. Como si perdonara pecados que no tengo autoridad para perdonar.

—Entonces, ¿por qué? —Me agarra la muñeca. Me detiene. Me obliga a mirarlo—. ¿Por qué haces esto?

El agua cae sobre los dos. Caliente. Implacable. Se lleva la noche, la sangre, la distancia entre lo que éramos y aquello en lo que nos convertimos.

—Porque esta noche te vi matar a un hombre. —Le sostengo la mirada—. Y sentí algo que nunca había sentido.

—¿Qué?

—Seguridad. —La palabra sale como una confesión—.

Poder. Como si, por primera vez en mi vida, alguien viera que algo me amenazaba y no me dijera que me calmara, que no era para tanto, que simplemente lo dejara pasar y siguiera adelante.

—La voz se me quiebra—. Viste a alguien que me hizo daño y lo destruiste.

Y sé que eso está muy jodido. Sé que debería estar horrorizada. Pero lo único que siento es...

No puedo terminar.

Él lo hace por mí.

—Que te vieron.

—Sí. —Ahora llegan las lágrimas, mezclándose con el agua de la ducha, indistinguibles—. Siento que me vieron. Por primera vez en toda mi vida, alguien me miró y decidió que valía la pena matar por mí. Que valía la pena arriesgarlo todo por mí. Que valía...

La voz se me rompe por completo.

Él me atrae contra su pecho. El agua golpea sobre nosotros, caliente y purificadora, y lloro contra su piel mientras me abraza.

Lloro por Alexei, lloro por mi padre y lloro por la mujer que era antes, la que pensaba que podía salir adelante en la vida siendo buena, cuidadosa y obedeciendo todas las reglas.

Esa mujer está muerta ahora.

No guardo luto por ella.

—Esta noche me asusté a mí misma —susurro contra su pecho—.

Cuando Alexei me miró. Cuando me vio observando y supo que no iba a detenerte.

Sentí... —Me aparto y alzo la vista hacia él—.

Me sentí feliz. Quería que tuviera miedo.

Quería que supiera que la mujer a la que había humillado estaba allí, viéndolo morir, y que le importaba una mierda.

—Betsy...

—¿En qué me convierte eso? —La pregunta me sale desgarrada—. ¿Qué clase de persona se siente así? ¿Qué clase de persona ve morir a un hombre y siente satisfacción?

Me toma el rostro entre las manos. Sus manos limpias, sin sangre, aún letales.

—Te convierte en alguien a quien lastimaron y que quería que la persona que le hizo daño pagara. Eso no es maldad, Betsy. Es solo... sinceridad.

—No se siente como sinceridad. Se siente oscuro. Siento como si esta noche hubiera despertado algo dentro de mí que no sabía que estaba ahí.

—Quizá algo despertó. —Su pulgar recorre mi pómulo—. Quizá eso no sea malo.

—¿Cómo puede no ser malo? Quería ver morir a un hombre. Vi morir a un hombre. Y no me sentí culpable. Me sentí...

—Poderosa.

—Sí.

—Como si por fin tuvieras el control de algo.

—Sí.

—Como si ya no fueras una víctima.

La palabra me golpea con fuerza. Víctima. Eso es lo que fui, ¿verdad? Toda mi vida. Víctima de la adicción de mi padre. Víctima de la muerte de mi madre. Víctima de la vergüenza de Michael, de las manos de Alexei y de un mundo que no dejaba de decirme que fuera más pequeña, más callada, menos.

Estoy harta de ser una puta víctima.

—No quiero volver atrás —susurro—. A ser quien era antes. La mujer que habría llamado a la policía. Que habría creído en el sistema. Que habría confiado en que la justicia encontraría el camino de alguna manera.

—No tienes que hacerlo.

—Pero ¿en qué me convierte eso? Si ya no puedo ser esa persona, si jamás puedo volver a ser esa persona, ¿quién soy?

Se inclina. Apoya la frente contra la mía. El agua corre a nuestro alrededor, sobre nosotros, entre nosotros.

—Eres mía —dice en voz baja—. Y yo soy tuyo. Y quizá eso sea lo único que importa. Tal vez no tengamos que ser buenos, Betsy. Tal vez solo tengamos que pertenecernos.

Cierro los ojos.

Algo se desata en mi pecho. Una última resistencia, un último aferramiento a la mujer que creía que debía ser.

La dejo ir.

—Date la vuelta —digo.

Lo hace.