CAPÍTULO DIECISÉIS #3
Lo beso otra vez. Y otra. Hasta que nos enredamos entre las sábanas, sus manos están por todas partes y yo jadeo contra su boca.
Hasta que siento cómo se endurece contra mi muslo, hasta que mi cuerpo responde a pesar del dolor, a pesar de todo, porque al parecer nunca tengo suficiente de este hombre que debería aterrarme.
Su teléfono vuelve a vibrar. El nombre de Roman parpadea en la pantalla.
Él gime. Apoya la frente contra la mía.
—Tengo que contestar.
—Lo sé.
Toma el teléfono. Contesta. Su voz se vuelve inexpresiva, profesional; el ejecutor regresa a su lugar como una máscara. —Sí. —Una pausa—. Estoy ocupándome de algo. —Otra pausa, más larga. Se le tensa la mandíbula—. Bien. Veinte minutos.
Cuelga. Me mira.
—Tengo que irme.
—Lo sé.
Lo observo vestirse. Se mueve deprisa: camisa, botones, pantalones, cinturón, zapatos. Cada prenda es otra capa de armadura. Cada movimiento transforma al hombre que me abrazó durante toda la noche en algo más duro. Más frío. Más peligroso.
Para cuando termina de vestirse, la vulnerabilidad ha desaparecido. Está enterrada tan profundamente que quizá la imaginé. Parece lo que es: un asesino con una chaqueta costosa, un hombre que se gana la vida rompiendo huesos, un monstruo con rostro humano.
Pero ahora vi detrás de la máscara. Sé lo que hay debajo.
Regresa junto a la cama. Se inclina. Me besa una última vez, profunda y minuciosamente, cerrando el puño en mi cabello, recorriendo mi lengua con la suya como si intentara llevarse algo. Un pedazo de mí que cargar en cualquier oscuridad hacia la que se dirige.
—Cierra con llave cuando salga —dice contra mi boca—. Hoy no vayas al café.
—Tengo que trabajar...
—Hoy no. —Aprieta más mi cabello. No es doloroso, pero sí firme. Autoritario—. No le abras la puerta a nadie que no conozcas. No vayas sola a ninguna parte.
—Darren, no puedo esconderme sin más...
—Alexei está humillado. —Sus ojos se clavan en los míos y vuelvo a verlo: al monstruo que acecha justo bajo la superficie—. Está furioso. Busca a alguien a quien castigar y, después de lo que ocurrió anoche, ese alguien podrías ser tú.
Siento que se me hunde el estómago. —¿Crees que vendría por mí?
—Creo que es un cabroncito despiadado al que nunca le dijeron que no en toda su vida.
Creo que su tío lo protege y eso lo vuelve peligroso.
Y creo que... —Se interrumpe. Respira hondo.
Cuando vuelve a hablar, su voz es más baja.
Más áspera. Despojada de todo fingimiento—.
Creo que, si te ocurriera algo por mi culpa, incendiaría toda esta ciudad con todos sus habitantes.
Le creo.
Esa es la parte aterradora. Cuando miro sus ojos y veo la fría certeza que hay en ellos, creo cada una de sus palabras. Lo quemaría todo. Por mí.
—Está bien —digo—. Me quedaré adentro. Pero tienes que prometerme algo.
—¿Qué?
—Regresa. —Alzo las manos y sostengo su rostro entre ellas. Siento la aspereza de la barba contra mis palmas, el calor de su piel, la vida que palpita justo debajo de la superficie—. Pase lo que pase allá afuera, con Viktor, con Alexei, con todo esto, regresa conmigo.
—Betsy...
—Prométemelo.
Permanece callado durante un largo momento.
Veo algo moverse detrás de sus ojos: dudas, quizá, o miedo, o la certeza de que las promesas son cosas frágiles en su mundo.
Que los hombres como él no pueden cumplirlas.
Que la vida que eligió está construida sobre juramentos rotos y tumbas poco profundas.
Entonces se inclina. Apoya la frente contra la mía.
—Lo prometo.
Un beso más. Rápido y fuerte, como si no pudiera contenerse. Como si ya lamentara tener que marcharse.
Y luego se va.
Miro la puerta cerrada. Escucho sus pasos alejándose por el pasillo, bajando las escaleras, saliendo a un mundo que quiere destruirnos a ambos.
Tengo los labios hinchados por sus besos. El cuerpo adolorido por la forma en que me hizo suya. Mi corazón está haciendo algo peligroso y estúpido, algo que juré que jamás volvería a permitirle después de Michael, después de mi padre, después de todos los que me decepcionaron.
Tiene esperanza.
Cierro la puerta con llave. Regreso a mi cama. Aprieto contra el pecho la almohada que huele a él y respiro hondo, llenándome los pulmones con su aroma: sudor, sexo y algo más oscuro debajo. Algo que debería asustarme, pero no lo hace. Ya no.
¿En qué demonios me metí?
No lo sé. No sé qué es esto, adónde se dirige ni qué tan mal va a terminar. No sé si Viktor lo descubrirá, si Alexei vendrá por mí, si Darren sobrevivirá a la tormenta que se avecina.
Solo sé que, por primera vez en años —quizá por primera vez en mi vida—, no me limito a sobrevivir. No me limito a resistir. No me limito a esperar el próximo golpe.
Estoy eligiendo.
Lo elegí anoche. Elegí dejar que me tocara. Elegí tomar el control y luego elegí cederlo. Elegí confiarle mi cuerpo a un monstruo y, quizá, algo más.
Y esta mañana vuelvo a elegir. Elijo creer en sus palabras. Elijo tener esperanza. Elijo quedarme en lugar de huir.
Quizá sea lo más estúpido que hice en mi vida.
Pero es mío. Esta decisión es mía.
Y después de toda una vida en la que me arrebataron cosas, eso lo significa todo.
Cierro los ojos. Respiro su aroma. Y espero a que regrese.
Lo prometió.
Por primera vez en mucho tiempo, me permito creer en una promesa.