CAPÍTULO TRECE
BETSY
El Uber me deja frente a una bodega en el distrito industrial. No hay letreros. Ni luces. Solo una puerta de metal en una pared de ladrillos y un hombre fumando un cigarrillo afuera.
Estoy a punto de decirle al conductor que siga de largo. A punto de dejar que me lleve a casa, donde puedo acurrucarme en la cama y fingir que nunca tomé esta decisión.
El hombre junto a la puerta se endereza cuando me ve. Es grande; no tanto como Darren, pero sí fornido, con la cabeza rapada y un tatuaje que le trepa por un costado del cuello.
—¿Tú eres la nueva?
—Betsy. Me mandó Donnie.
Me examina de arriba abajo. Llevo lo que Donnie me indicó: jeans, una camiseta sin mangas y unos tenis con los que puedo moverme. Nada especial. El verdadero atuendo me espera adentro.
—Entra por la puerta, sigue por el pasillo y ve al primer cuarto a la izquierda. —Señala la entrada con la barbilla—. Las chicas ya se están preparando. No llegues tarde.
Asiento y paso junto a él antes de que pueda cambiar de opinión.
Por dentro, la bodega está más oscura de lo que esperaba. Es industrial. Tuberías expuestas en el techo, pisos de concreto, olor a humo de cigarrillo y grasa vieja. Sigo por el pasillo hasta encontrar una puerta con la palabra STAFF escrita en letras descoloridas.
La empujo para abrirla.
El cuarto es pequeño: hay casilleros a lo largo de una pared, un espejo grande en otra y un par de sillas plegables con la pintura descascarada.
Las luces fluorescentes zumban en el techo y bañan todo con un enfermizo resplandor amarillento.
Huele a laca para el cabello, a cigarrillos y, debajo de eso, a algo más dulce: perfume, quizá, o desesperación.
Ya hay dos mujeres adentro, ambas a medio vestir con atuendos que me revuelven el estómago.
Una es rubia y lleva un corsé tan apretado que sus senos parecen querer escapar: la piel pálida se desborda sobre el satén negro y la tela apenas contiene sus pezones.
Debe tener unos veinticinco años, con una mirada dura y una boca aún más dura, y estudia su reflejo como si se preparara para una batalla.
La otra es una morena que se está poniendo unas medias de red; tiene el trasero apenas cubierto por un retazo de satén negro que de ninguna manera puede considerarse un short.
Cada vez que se mueve, la tela se le sube y revela la curva donde el muslo se une con la cadera.
No parece notarlo. O tal vez ya no le importa.
Ambas levantan la vista cuando entro.
—¿La nueva? —La rubia arquea una ceja y su mirada recorre mi cuerpo con una evaluación clínica. Me toma la medida. Decide si soy competencia o carne de cañón—. ¿De Donnie?
—Sí.
—Tus cosas están en el casillero siete. —Vuelve la mirada al espejo y se acomoda los senos con manos expertas: los levanta, los mueve, los dispone como si fueran mercancía en una vitrina—. Será mejor que te apresures. El juego empieza en quince minutos.
Quince minutos. Quince minutos hasta que salga ahí y deje que unos desconocidos me miren. Me toquen. Paguen por el privilegio.
Encuentro el casillero siete. El metal está frío bajo mis dedos, abollado en algunos lugares, rayado con iniciales y obscenidades. Me pregunto cuántas mujeres estuvieron aquí antes que yo, contemplando este mismo casillero y tomando la misma decisión.
Me pregunto cuántas se arrepintieron.
Abro la puerta.
Adentro hay una funda para ropa. Negra. Barata. El cierre se atora cuando tiro de él y se traba a la mitad como una advertencia: da la vuelta, todavía estás a tiempo, no tienes que hacer esto.
Tiro con fuerza y termino de bajarlo.
Abro la funda despacio, como si lo que hay adentro pudiera morderme.
Bien podría hacerlo.
Un corsé. De satén negro, con varillas y estructura, y un escote de corazón que empujará mis senos hacia arriba y hacia fuera como una ofrenda.
La clase de prenda que se ve en una tienda de lencería, no en una mesera de cócteles.
La clase de prenda diseñada para hacer que los hombres miren.
Para despertar su deseo. Para hacer que estiren la mano y tomen lo que quieren.
Lo saco de la funda. El satén es fresco y resbaladizo entre mis manos, más ligero de lo que esperaba. Casi delicado. Como si pudiera deshacerse si lo aprieto demasiado.
Un short. Si es que se le puede llamar así.
Se parece más a ropa interior: satén negro de corte alto que apenas me cubrirá el trasero, que se subirá cada vez que me incline, que no dejará nada a la imaginación.
Lo levanto. Se ve aún más pequeño entre mis manos que en el gancho.
Ni siquiera sé si pasará de mis caderas.
Tal vez de eso se trata.
Medias de red. De las que tienen una costura atrás, de las que guían la mirada hacia arriba, arriba y arriba, hasta el punto donde se juntan los muslos.
Un liguero con diminutos broches metálicos que relucen bajo las luces fluorescentes.
Tacones tan altos que tendré suerte si no me rompo un tobillo: de charol negro, de diez centímetros por lo menos, con una correa alrededor del tobillo como un grillete.
Miro fijamente el atuendo. El atuendo me devuelve la mirada.
Así se ven mil quinientos dólares.
Este es el precio por el que me estoy vendiendo.
—¿Es tu primera vez?
Me vuelvo. La morena me observa, con una pierna apoyada en una silla plegable mientras engancha la media al liguero. Su rostro es más dulce que el de la rubia; quizá es más joven o simplemente está menos desgastada. En sus ojos hay algo casi parecido a la compasión.
—¿Es tan obvio?
—Tienes esa mirada. —Encaja el broche en su sitio y pasa a la otra pierna—. Como si intentaras convencerte de hacerlo.
—¿Es tan difícil?
—¿La primera vez? —Se encoge de hombros—. Sí. Es raro. Degradante. Te sentirás como un pedazo de carne. —Hace una pausa—. Pero luego cuentas el dinero al final de la noche y se vuelve más fácil. Todo se vuelve más fácil cuando no tienes que preocuparte por la renta. Por cierto, soy Sienna.
Pienso en el saldo de $1.32 de mi cuenta bancaria. En las manos de Darren sobre mi rostro. En los quinientos dólares que necesito para el lunes.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?
—Ocho meses. —Sienna termina de ponerse las medias, se levanta y se vuelve para mirarse el trasero en el espejo—. Empecé cuando perdí el trabajo. Me dije que solo sería hasta que encontrara otra cosa. —Suelta una risa seca—. Todavía me sigo diciendo lo mismo.
Ocho meses. Dos años de pagos para Darren. Noventa y cuatro semanas de cobros.
¿Así estaré dentro de ocho meses? ¿De pie en un vestidor, acomodándome las tetas y diciéndole a alguna chica nueva que se vuelve más fácil?
—¿Quieres un consejo? —Ahora Sienna me mira, me mira de verdad—.
No dejes que vean que tienes miedo. Estos tipos pueden oler el miedo.
Les dan ganas de presionarte. De poner a prueba tus límites.
—Se pone los tacones con una leve mueca—.
Actúa como si el lugar te perteneciera y te tratarán como si así fuera.
Actúa como una víctima y te tratarán como tal.
—Entendido. —Mi voz suena más firme de lo que me siento—. ¿Algo más?
—Sí. —Agarra una bandeja de la pila junto a la puerta—.
No te enamores de ninguno. No dejes que te hagan sentir especial.
Dirán toda clase de mierdas para que bajes la guardia: que eres diferente, que no eres como las otras chicas, que nunca se habían sentido así.
—Pone los ojos en blanco—. Todo es pura mierda.
Para ellos eres un cuerpo. Un lugar cálido donde poner las manos.
Cuanto antes lo aceptes, más fácil será todo esto.
Un cuerpo. Una cosa. Un lugar cálido para sus manos.
Vuelvo a pensar en Darren. En la forma en que me mira, como si fuera algo que quiere devorar. ¿Eso es todo lo que soy para él? ¿Un cuerpo? ¿Un conjunto de curvas y partes suaves?
¿O es algo más? ¿Algo peor?
No tengo tiempo para descifrarlo. La rubia ya se dirige hacia la puerta, con la bandeja equilibrada en una mano y las caderas balanceándose con soltura experta.
—Cinco minutos —dice por encima del hombro—. Vístete o vete.
Miro el atuendo que tengo en las manos. El corsé que exhibirá mis senos. El short que le mostrará mi trasero al mundo. Los tacones que harán que camine como si cada paso fuera una invitación.
Pienso en darme la vuelta. En irme. En encontrar otra salida.
Pero no hay otra salida. Solo existe esta.
El corsé parece pesar mil kilos.
Empiezo a desvestirme y pienso una vez más en Darren. En cómo me miró cuando dijo quizá la próxima vez. En lo que podría significar esa próxima vez. En la hora que le habría debido si no lo hubiera besado y en lo que podría haber hecho con esa hora.
Esto es mejor. Esta es mi decisión. Mi cuerpo, mis condiciones, mi dinero.
Al menos eso es lo que me digo mientras empiezo a desvestirme.
*****
El corsé está más apretado de lo que esperaba.
Me ciñe la cintura y me empuja los senos hacia arriba hasta que amenazan con desbordarse por el escote de corazón. Tengo que respirar superficialmente. Moverme con cuidado. Ser consciente de cada centímetro de mi cuerpo como nunca antes lo había sido.
El short es peor.
Se sube en cuanto me lo pongo, se me clava en el pliegue de los muslos y deja por completo al descubierto la curva inferior de mi trasero. Cuando me incline, no quedará nada a la imaginación. Cuando camine, la tela se moverá, se amontonará y revelará todo lo que intento ocultar.
Las medias de red hacen que mis piernas parezcan más largas. Los tacones añaden diez centímetros a mi estatura. El liguero se me clava en las caderas y las tiras enmarcan mis muslos como una invitación.
Me vuelvo hacia el espejo.
Y no me reconozco.
La mujer que me devuelve la mirada es… sexual.
Cosificada. Una fantasía envuelta en satén negro y encaje, hecha toda de curvas, escote y piel desnuda.
Mis senos parecen enormes: se desbordan del corsé como si rogaran que los tocaran.
Mi cintura parece imposiblemente estrecha.
Mi trasero, la pequeña parte que está cubierta, se ve redondo, apetecible y obsceno.
Parezco una estrella porno. Una estríper. Una cosa diseñada para que la miren, la toquen, la usen.
Parezco exactamente aquello por lo que estos hombres están pagando.
Mi madre estaría horrorizada. Lloraría si me viera así: su hija, su Abejita, vestida como una puta para un salón lleno de criminales.
Mi padre lo entendería.
Esa es la peor parte. Una parte profunda y enferma de mí sabe que mi padre me miraría con este atuendo y asentiría al reconocerme. Porque él entendía la desesperación. Entendía lo que era hacer cualquier cosa con tal de sobrevivir, aunque te costara pedazos de tu alma.
Era un apostador. Lo perdió todo apostando a probabilidades ínfimas y sueños imposibles.
Y ahora estoy a punto de entrar en un salón lleno de apostadores y apostar mi cuerpo con la esperanza de que alguno no tome más de lo que estoy dispuesta a dar.
De tal palo, tal astilla.
Cierro los ojos. Respiro. Exhalo despacio.
Esto es supervivencia, me digo. Una noche. Unas cuantas horas. Y luego nunca más.
Abro los ojos. Me acomodo las tetas para que queden bien dentro del corsé. Bajo el short todo lo posible, que no es mucho.
La rubia encuentra mi mirada en el espejo. —Te ves bien. A las chicas con curvas les va bien aquí; a estos tipos les gusta tener algo que agarrar.
No sé si se supone que eso es un cumplido. De todos modos, le doy las gracias.
—Es hora de irnos. —Sienna está junto a la puerta, con una bandeja en la mano—. ¿Vienes?
Me miro una última vez. Contemplo a la mujer del espejo, que parece hecha de sexo, desesperación y malas decisiones.
Luego levanto mi bandeja y la sigo hasta salir por la puerta.
El pasillo se extiende frente a mí. Al final, escucho las risas de los hombres. El tintineo de vasos. El roce de las cartas y el chasquido de las fichas.
Pongo un pie delante del otro.
No me permito pensar en lo que sucederá después.
Empujo la puerta y entro.