Cruel Debt (Debts and Devotions LAS nº 1) CAPÍTULO DOCE
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CAPÍTULO DOCE

BETSY

La puerta se cierra detrás de él y yo no me muevo.

Me quedo ahí, con la espalda apoyada contra el mostrador, el pecho agitado, los labios palpitantes, y no me muevo. No puedo moverme. Apenas puedo respirar.

Todavía puedo saborearlo. Café y cobre y algo más oscuro por debajo: humo, quizá, o violencia. La sangre de mi labio ya se está secando y tira de la piel cuando intento tragar. No sé si es mía o de él. No sé si importa.

Me tiemblan las manos. Me tiembla todo el cuerpo: unos estremecimientos profundos y ondulantes que nacen en algún punto de mi centro y se extienden hacia afuera hasta hacerme castañetear los dientes.

Siento como si me hubieran electrocutado.

Como si alguien hubiera reconfigurado mi sistema nervioso y ahora nada funcionara como debería.

Le devolví el beso.

Esa es la parte que no puedo superar. Me dio a elegir —una elección jodida, imposible, pero una elección al fin— y yo agarré la parte delantera de su camisa, lo jalé hacia abajo y lo besé como si me estuviera ahogando y él fuera aire.

Lo mordí hasta saborear la sangre.

Y cuando se apartó, quise traerlo de vuelta.

¿Qué demonios me pasa?

Me deslizo por el mostrador hasta quedar sentada en el suelo. Las baldosas están frías a través de mis jeans. Me anclan. Apoyo las palmas contra ellas e intento recordar cómo respira una persona normal.

Adentro. Afuera. Adentro. Afuera.

El café está en silencio a mi alrededor. Solo se oye el zumbido de la vitrina refrigerada y, a lo lejos, el tráfico de la calle. Sonidos normales. Sonidos seguros. Los sonidos de mi vida antes de que Darren Marinko cruzara mi puerta y lo arruinara todo.

No sé cuánto tiempo permanezco sentada ahí. El suficiente para que mi respiración se calme. El suficiente para que deje de temblar. El suficiente para que el calor entre mis piernas se desvanezca y se convierta en algo más apagado: todavía está ahí, todavía duele, pero ahora es soportable.

Al final, me obligo a levantarme.

Reviso mi cuenta bancaria en el teléfono.

$1.32. Es todo lo que tengo en el mundo.

Le di $477: cada dólar que había logrado reunir, cada propina que había ahorrado, cada centavo que obtuve al empeñar el reloj de Michael.

Y, a cambio, pude conservar mi máquina de espresso y evitar deberle una hora para hacer lo que se le diera la puta gana.

Qué afortunada.

Siete días hasta que necesite otros quinientos. Siete días para sacar dinero de la nada.

Las cuentas no dan. Aunque no coma nada más que ramen, aunque vaya caminando a todas partes, aunque recorte todos los gastos posibles, todavía me faltará dinero. El café no genera lo suficiente. No con los pagos de la deuda desangrándome.

Voy a ahogarme. Lentamente, semana tras semana, beso tras beso, hasta que no quede nada de mí salvo deudas, desesperación y el recuerdo de lo que se sintió tener sus manos sobre mi cuerpo.

A menos que encuentre otra salida.

*****

Un golpe en el vidrio me hace saltar.

El rostro de Maria aparece en la ventana; su aliento empaña el vidrio mientras mira hacia dentro. Está vestida para salir de noche: jeans ajustados, blusa escotada, la chaqueta de cuero que reserva para sus citas; pero la expresión de su rostro no tiene nada de coqueta. Está preocupada.

Lo olvidé. Se suponía que esta noche se encontraría con un tipo. Debe haber pasado por aquí camino al bar.

Abro la puerta. —Hola. Pensé que tenías una cita.

—La tengo. Voy tarde. —Pasa a mi lado y entra en el café, recorriendo el lugar con la mirada como si buscara pruebas—. Vi las luces encendidas. Supuse que él ya habría venido y se habría ido, pero entonces te vi por la ventana y parecías... —Se interrumpe. Me mira fijamente a la cara—. ¿Qué pasó?

—Nada. Estoy bien.

—Mentira. —Cruza el café en tres zancadas, me agarra la cara y la inclina hacia la luz—. Tienes el labio partido. Betsy, ¿te hizo daño?

—No. Es decir... —Me aparto de sus manos—. No es lo que piensas.

—¿Entonces qué es? Porque parece que alguien te golpeó.

—No me golpeó. —Las palabras salen más bruscas de lo que pretendía—. Me besó.

Maria me mira fijamente. Observo cómo por su rostro pasan la confusión, la incredulidad y algo que se parece de un modo espantoso a la comprensión.

—Te besó —repite.

—Sí.

—¿Y estás sangrando porque...?

Porque lo mordí. Porque el beso no fue tierno ni dulce ni se pareció en nada a los besos que recibí antes. Porque fue violento y voraz, y yo quería devorarlo tanto como él quería devorarme a mí.

—La cosa se puso intensa —digo.

—Intensa. —Maria se ríe, pero sin una pizca de humor—. El matón de la mafia que te está extorsionando te besó y la cosa se puso intensa. ¿Esa es la versión que vas a dar?

—Es complicado.

—No, no lo es. —Me agarra de los brazos y me obliga a mirarla—.

Betsy, escúchame. Esto no es una novela romántica.

No es una fantasía de enemigos que se vuelven amantes donde el tipo peligroso resulta tener un corazón de oro.

Ese hombre te está extorsionando. Te está acosando.

Y ahora ¿qué? ¿Se te impone por la fuerza?

—No me obligó.

Las palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotras. Observo cómo cambia el rostro de Maria mientras las asimila, mientras se da cuenta de lo que en verdad estoy diciendo.

—Le devolviste el beso —dice.

No respondo. No hace falta.

—Dios mío, Betsy. —Me suelta, da un paso atrás y se pasa las manos por el cabello—. ¿Qué estás haciendo? ¿En qué estás pensando?

—No estoy pensando. Ese es el problema. —Me dejo caer sobre uno de los bancos del café—. Cuando él está cerca, no puedo pensar. Solo... reacciono. Y lo odio. Me odio por eso. Pero no puedo hacer que se detenga.

Maria guarda silencio durante un largo momento. Cuando vuelve a hablar, su voz es más suave. Cautelosa.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé. Tengo menos de dos dólares. Necesito quinientos para el próximo lunes. Y aunque consiga reunirlos de algún modo, tendré que volver a hacer lo mismo la semana siguiente. Y la siguiente. Durante dos años.

—Dos años viéndolo cada semana.

—Sí.

—Dos años besándote. Tocándote. Y cualquier otra cosa que decida tomar.

Cierro los ojos. —Sí.

—Betsy. —La mano de Maria encuentra la mía—. Tienes que salir de esto. Págalo rápido, págalo despacio, no me importa; pero tienes que encontrar la manera de ponerle fin. Antes de que te destruya.

Tiene razón. Sé que tiene razón. Pero ¿cómo? El café no produce lo suficiente. Ya no tengo nada que vender. No tengo a nadie que pueda ayudarme.

Excepto...

Un recuerdo emerge. Meses atrás, cuando la única deuda que me preocupaba era la línea de crédito del café.

Donnie. Uno de mis clientes más o menos habituales.

Café negro, sin azúcar, siempre paga en efectivo.

Debe tener unos cuarenta años, el cabello peinado hacia atrás y una cadena de oro que asoma por el cuello de la camisa.

La clase de tipo que llama «cariño» a todas las mujeres menores de cincuenta y cree que es encantador.

Aquel día estaba apoyado contra el mostrador, observándome limpiar las mesas. Podía sentir sus ojos sobre mi trasero cada vez que me inclinaba; ni siquiera intentaba disimularlo.

—¿Alguna vez pensaste en ganar dinero de verdad? —preguntó.

No levanté la vista. —Gano dinero de verdad.

—No, me refiero a dinero de verdad. Del que te cambia la vida. —Bebió un sorbo de café—. Conozco a unos tipos que organizan partidas privadas de póquer. Apuestas altas. Clientela rica. Siempre buscan meseras.

—Ya tengo trabajo.

—Esto paga mejor. —Dejó la taza y se inclinó más cerca—. Mil doscientos por noche. A veces más, si los pozos son grandes.

Eso hizo que levantara la vista. —¿Mil doscientos dólares? ¿Por servir bebidas?

—Por servir bebidas. —Sus ojos bajaron a mi pecho y luego volvieron a subir. Despacio. Deliberadamente—. Y por verte bonita mientras lo haces. A estos tipos les gusta tener algo agradable que mirar mientras juegan. Así se olvidan de que están perdiendo.

—¿Dónde está la trampa?

—No hay trampa. —Se encogió de hombros—. Te pones lo que te den. Sonríes. Dejas que miren. —Hizo una pausa—. Tal vez haya un poco de manoseo. Nada extremo: una mano en el trasero, cosas así. Pero cuanto más amable seas, mejores serán las propinas.

Se me revolvió el estómago. —No soy esa clase de mujer.

—No dije que lo fueras. —Sacó una tarjeta de presentación y la deslizó sobre el mostrador—.

Pero si alguna vez cambias de opinión, llámame.

¿Con un cuerpo como el tuyo? —Sus ojos volvieron a recorrer mis curvas y se detuvieron en mis caderas—.

Harías una fortuna. Estos tipos se vuelven locos por una mujer con algo de dónde agarrarse.

Dejé la tarjeta sobre el mostrador. No la toqué.

—Gracias, pero no.

Se encogió de hombros y dejó diez dólares por su café de tres. —La oferta sigue en pie, cariño. Todos terminamos haciendo cosas que juramos que nunca haríamos. Así es la vida.

Se marchó. Tiré la tarjeta a la basura.

Pero aquella noche, a la hora de cerrar, saqué la tarjeta del basurero y la guardé en la parte trasera de mi cartera.

Una parte de mí —la que creció viendo a mi padre apostar hasta perder todo lo que teníamos— sabía que quizá algún día la necesitaría.

Solo que no pensé que ese día llegaría tan pronto.

—¿Betsy? —Maria me está mirando—. ¿Qué pasa?

—Nada. —Retiro la mano—. Tengo que hacer una llamada.

—¿A quién?

—Solo... a alguien que quizá pueda ayudar.

Tomo mi bolso de detrás del mostrador. Rebusco en él: recibos, bálsamo labial, un bolígrafo que pierde tinta.

Mi cartera está en el fondo, maltratada y gastada.

La abro. Paso mi licencia de conducir. Paso mi tarjeta de débito con su patético saldo de $1.

32. Paso la foto de mi madre, con la sonrisa congelada en el tiempo.

Me detengo en su rostro. Tenía treinta y dos años en esta foto.

Estaba frente a nuestro viejo departamento, con aquel vestido amarillo que tanto le gustaba, entrecerrando los ojos por el sol.

Murió tres años después. Trabajó hasta morir intentando mantenernos a flote después de que mi padre desapareciera por primera vez.

Estaría muy decepcionada de mí.

No por la deuda: eso lo entendería. Sabía lo que era heredar el desastre de otra persona; heredar el desastre de mi padre, para ser precisos.

Sino por el beso. Por la forma en que se lo devolví. Por el calor húmedo entre mis muslos cuando me tocó, por seguir pensando en sus manos incluso ahora.

Y por lo que estoy a punto de hacer.

Lo siento, mamá, pienso. Siento no ser más fuerte.

Paso de largo su foto.

Ahí está. Metida en la ranura trasera, doblada en una esquina, con la tinta un poco descolorida.

DONNIE MARCHETTI. Un número de teléfono. Nada más.

La saco. La miro fijamente.

—¿Qué es eso? —Maria se inclina sobre mi hombro—. ¿Quién es Donnie Marchetti?

—Alguien que quizá pueda ayudar.

—¿Ayudar cómo?

No respondo. Ya estoy sacando el teléfono y marcando el número con dedos temblorosos.

Esto es una estupidez. Es peligroso. Es exactamente la clase de cosa de la que debería huir, no acercarme.

Pero ¿cuál es la alternativa? ¿Dejar que Darren siga besándome? ¿Que siga tocándome? ¿Que siga llevándose pedazos de mí cada semana hasta que no quede nada?

Presiono el botón de llamada.

Suena dos veces. Entonces: —¿Sí?

—¿Donnie? Soy Betsy. La del café.

Una pausa. —Vaya, vaya. La chica del café. No pensé que sabría de ti.

—Ese trabajo que mencionaste. Las partidas de póquer. —Trago saliva con dificultad—. ¿Sigue disponible?

—Puede ser —dice Donnie—. El viernes por la noche. ¿Te interesa?

—¿Qué tendría que hacer? Exactamente.

—Lo mismo que te dije. Bebidas. Sonrisas.

Dejarlos mirar. —Hace una pausa. Lo oigo encender un cigarrillo y dar una calada larga—.

Pero voy a ser franco contigo: en esta partida en particular, los tipos son muy manoseadores.

De la vieja escuela. Les gusta sentar a una chica en su regazo y meterle mano mientras deciden si se retiran. ¿Te parece bien?

Se me cierra la garganta. —¿Qué tanto manosean?

—Por lo general, nada debajo de la cintura, a menos que tú quieras. Pero las tetas están permitidas. El trasero también. Te pones lo que te demos, no apartas de un golpe la mano de nadie y sales de ahí con mil quinientos como mínimo. Tal vez dos mil si la noche se alarga.

Mil quinientos. Dos mil. Eso me da un mes para respirar. Significa no quedarme corta. No deberle a Darren un beso ni una hora ni cualquier otra cosa que decida tomar.

—¿Qué me dan para ponerme?

—Corsé. Shorts. Todo el atuendo. —Da otra calada a su cigarrillo—. Tienes el cuerpo para eso, cariño. Créeme, a estos tipos les vas a encantar. ¿Una chica con curvas como tú? Te lanzarán dinero toda la noche.

Cierro los ojos. Pienso en las manos de Darren sobre mi cara. Su pulgar sobre mi labio. La forma en que dijo quizá la próxima vez, como si fuera una promesa.

—Acepto.

—Buena chica. —Puedo oír la sonrisa en su voz—. Te enviaré la dirección por mensaje. Llega a las ocho. Ponte algo fácil de quitar; te cambiarás cuando llegues.

Cuelga.

Bajo el teléfono despacio. Maria me mira como si me hubiera salido una segunda cabeza.

—¿Qué mierda acabas de hacer?

—Encontré una forma de ganar dinero.

—¿Sirviendo bebidas en una partida de póquer sospechosa? Betsy, ¿te estás escuchando? —Me agarra del brazo—. No conoces a esa gente. No sabes qué clase de hombres estarán ahí. Podrían lastimarte, o algo peor.

—También podrían lastimarme si me quedo aquí. —Me aparto de ella—. Al menos así me pagan.

—Esto es una locura. Estás huyendo de un criminal para caer directo en los brazos de quién sabe cuántos más.

—No estoy huyendo de nada. —La miro a los ojos—. Estoy intentando sobrevivir. Y si eso significa dejar que unos imbéciles ricos me miren las tetas mientras les sirvo bebidas, entonces eso haré.

—Betsy...

—No. —Mi voz sale más dura de lo que pretendo—. Sé que intentas ayudar. Pero no puedes ayudarme con esto. Nadie puede. Tengo que hacerlo yo sola.

Maria me mira fijamente durante un largo momento. Puedo ver el miedo en sus ojos. La frustración. La impotencia de ver a tu mejor amiga caminar hacia un precipicio sin poder detenerla.

—Está bien —dice al fin—. Pero estaré aquí cuando todo se vaya a la mierda. Y te diré que te lo advertí.

—Cuento con eso.

Se marcha sin abrazarme para despedirse. Así sé lo grave que es esto.

Me quedo sola en mi café vacío y miro el teléfono. El mensaje de Donnie llega unos minutos después: una dirección en la zona industrial. Viernes. 8 p. m.

Tres días.

Dentro de tres días, entraré en una habitación llena de desconocidos y dejaré que me miren. Que me toquen. Que paguen por el privilegio de tratarme como una cosa.

Mi padre estaría orgulloso.

La idea me revuelve el estómago. Pero no lo suficiente para volver a llamar a Donnie y cancelar.

No lo suficiente para detenerme.