CAPÍTULO NUEVE #4
Granos de café para el negocio, papel higiénico para mi departamento y vino, porque anoche me acabé el whisky y no estoy lista para afrontar otra noche completamente sobria.
Algunas personas tienen mecanismos saludables para sobrellevar sus problemas.
Yo tengo alcohol, novelas de romance oscuro y un pozo profundo de emociones reprimidas.
La bodega de Manny queda a tres cuadras del café. Voy allí desde que abrí: él me hace un descuento en los granos a cambio de café gratis cuando pasa por el local. Es uno de esos acuerdos entre vecinos que me hacen sentir que pertenezco a este lugar, que he construido algo real.
La caminata hasta allá es brutal. Examino cada auto estacionado en busca de sedanes negros. Cada hombre alto hace que el corazón me dé un vuelco. Cada sombra podría ser él. Para cuando empujo la puerta, estoy sudando a pesar del frío.
—¡Betsy! —Manny levanta la vista de la revista que lee detrás de la caja—. Ahí está. Empezaba a pensar que te habías olvidado de mí.
Compongo el rostro hasta formar algo parecido a una sonrisa. Hombros hacia atrás. Voz ligera. Es una actuación que llevo haciendo toda la vida: la chica alegre, la de risa fácil, la mujer que tiene su vida bajo control. Soy muy, muy buena en esto.
—¿Olvidarme de mi proveedor favorito de granos de café demasiado caros? Jamás. —Tomo una canasta y me apoyo contra el mostrador, dejando que mi lenguaje corporal diga relajada, normal, nada que ver aquí—. ¿Qué estás leyendo?
Le da la vuelta a la revista. Algo sobre autos, lleno de fotos brillantes de motores y especificaciones que no entiendo. —Mustang del sesenta y siete. El Shelby GT500. ¿Sabes por cuánto vendieron a Eleanor en una subasta el año pasado?
—No sé quién es Eleanor, Manny.
—El auto de Sesenta segundos. ¿Nicolas Cage? —Sacude la cabeza con pesar—. Me estás matando, Betsy. Me estás matando.
—Yo soy más del tipo de chica que «camina a todas partes porque no puede pagar un auto».
Espero que, si bromeo, Manny no note mis nervios.
Por dentro, el corazón todavía me galopa.
Siento el sudor de la caminata enfriándoseme en la espalda y cómo las manos quieren temblarme si se lo permito.
Pero no se lo permito. Mantengo relajada la mano que sostiene la canasta, la postura despreocupada y la voz con el tono burlón justo.
—Qué tragedia. ¿Sabes qué necesitas? Un hombre rico que te mantenga y tenga una colección de autos clásicos.
—Lo añadiré a mi tablero de visualización. —Me aparto del mostrador y me dirijo a los pasillos—. ¿Te queda algo de ese café de Costa Rica?
—En la pared del fondo, en el estante de arriba. Llegó apenas ayer. Te guardé una bolsa.
—Eres un santo, Manny.
—Díselo a mi exesposa.
Me obligo a reír. Suena casi auténtico, lo bastante como para que Manny no note la diferencia. Lo bastante como para casi creérmelo yo misma.
Me interno en la tienda, manteniendo la máscara firmemente en su sitio. Papel higiénico. Jabón para platos. Una caja de pasta porque siempre se me olvida comer algo que cuente como comida de verdad. Cosas normales. Solo soy una mujer comprando víveres. No pasa nada. Todo está bien.
Estoy estirando la mano hacia una bolsa de granos de café cuando lo siento.
Ese hormigueo en la nuca. Esa percepción, como electricidad estática, como una tormenta que se aproxima.
Sé que está ahí antes de darme vuelta.
Mi cuerpo lo sabe primero, y esa es la parte que más odio.
Cómo se me tensa la piel, cómo se me corta el aliento, cómo el calor florece en lo profundo de mi vientre antes siquiera de que mi cerebro registre la amenaza.
Como si mi cuerpo lo hubiera estado esperando.
Como si alguna parte primitiva de mí hubiera estado examinando cada habitación, cada calle, cada sombra, con la esperanza de encontrarlo allí.
Puedo olerlo: sándalo y algo más oscuro debajo. Humo, tal vez. O violencia. Puedo sentir su calor, su tamaño, ocupando espacio a medio metro detrás de mí como un agujero negro que deforma todo a su alrededor.
Me doy vuelta.
Darren.
Está justo ahí. Lo bastante cerca para tocarlo. Lo bastante cerca para que pueda extender la mano y apoyar la palma contra su pecho, sentir los latidos de su corazón, descubrir si esta química demencial lo afecta tanto como a mí.
No lo haré. Pero podría.
Viste de negro —por supuesto—, una camisa que se tensa sobre unos hombros tan anchos que bloquean las luces fluorescentes.
Una barba incipiente le ensombrece la mandíbula, lleva el cabello oscuro peinado hacia atrás y esa cicatriz le atraviesa la ceja como una señal de advertencia a la que debí prestar atención la primera vez que lo vi.
Parece el pecado en persona. Una mala decisión envuelta en casi dos metros de músculos. Como cada héroe de romance oscuro que alguna vez me hizo mojarme, salido de las páginas y metido en la bodega de mi barrio para arruinarme la vida.
Esos ojos grises se clavan en mi rostro.
Descienden hasta mi boca. Bajan aún más, haciendo inventario, y siento el peso de su mirada como una caricia física: sobre mi garganta, mis senos, la curva de mis caderas.
Ni siquiera intenta disimularlo. Me mira como si tuviera todo el derecho. Como si ya le perteneciera.
—Betsy. —Solo mi nombre. Bajo e íntimo, como si fuéramos amantes encontrándose a escondidas en lugar de depredador y presa en el pasillo tres.
El corazón me golpea contra las costillas. Aprieto los muslos. Los pezones se me endurecen contra mi voluntad, y le ruego a Dios que no lo note, aunque una parte enfermiza de mí desea que sí.
—¿Me estás siguiendo?
No responde. Solo me mira con esos ojos que me despojan de todo hasta dejarme expuesta y temblorosa.
—Te hice una pregunta.
—Lo sé.
Su voz me provoca algo. Algo químico. Retumba en mi pecho y se instala entre mis piernas, y lo odio por eso.
Odio que mi cuerpo no entienda que es peligroso.
Odio haber pasado toda la semana mirando por encima del hombro y que, ahora que está aquí, ahora que el monstruo por fin ha salido de las sombras, una parte de mí sienta que puede exhalar. Como si pensara: por fin.
—¿Vas a responder?
Una comisura de sus labios se contrae. No llega a ser una sonrisa. Es algo peor. Algo que dice que sabe exactamente lo que me está haciendo. —¿Tú qué crees?
Creo que quiero borrarle esa casi sonrisa de una bofetada.
Creo que quiero empujarlo contra el estante de productos enlatados y exigirle que me diga por qué no me deja en paz.
Creo que quiero agarrarlo del cuello de la camisa y besarlo hasta que ninguno de los dos pueda respirar, y después quiero darle un rodillazo en los testículos y salir corriendo.
No hago ninguna de esas cosas.
Doy un paso hacia él.
Es estúpido. Es suicida. Pero estoy tan cansada de tener miedo, y la ira es más fácil que el temor, y si tengo que sentir algo al mirarlo, prefiero que sea furia.
Ahora estoy tan cerca que debo inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Tan cerca que siento el calor que irradia su cuerpo, distingo cada hebra plateada en sus iris grises y lo huelo con cada respiración: ese aroma oscuro y masculino que lleva toda la semana persiguiéndome.
—Aléjate de una puta vez de mí.
Sus ojos se oscurecen. Algo cambia en su expresión: sorpresa, quizá, porque no estoy huyendo. O hambre. Probablemente hambre.
—¿O qué?
Buena pregunta. ¿Qué voy a hacer? Soy una mujer de metro sesenta y ocho amenazando a un monstruo de casi dos metros en medio de una bodega.
No tengo armas, ni un plan, ni nada con qué presionarlo.
Solo tengo mi furia y el deseo irracional de hacerle sentir siquiera una fracción de lo que él me hace sentir.
—O haré que te arrepientas.
No se ríe. No me descarta. En cambio, se inclina hacia mí, apenas, lo justo para eliminar un par de centímetros más del espacio que nos separa, y baja la voz hasta convertirla en algo grave y áspero.
—Lo espero con ansias.
Las palabras caen como un fósforo sobre gasolina.
El calor estalla en mi interior: furia y deseo tan enredados que no sé dónde termina uno y empieza el otro.
El pulso me late con fuerza en la garganta, en los oídos, entre las piernas.
Estoy mojada. De verdad estoy mojada, de pie en una bodega mientras me amenaza un hombre que me extorsiona, y mi cuerpo reacciona como si esto fuera un juego previo.
¿Qué demonios me pasa?
Durante un largo instante, ninguno de los dos se mueve.
Nos quedamos ahí, a pocos centímetros, con el aire entre nosotros cargado de algo que me niego a nombrar.
Su mirada desciende hasta mi boca y se queda allí, y observo cómo tensa la mandíbula, cómo flexiona las manos a los costados como si se contuviera para no tocarme.
Hazlo, susurra algo en el fondo de mi mente. Tócame. Dame una razón para odiarte que no esté enredada con mis ganas de tenerte.
No lo hace.
En cambio, pasa junto a mí —tan cerca que su brazo roza el mío, tan cerca que siento su calor a través de la camisa como una marca al rojo vivo— y camina hacia la puerta.
No mira atrás.
La campanilla sobre la puerta suena cuando se marcha y, de repente, vuelvo a respirar. De repente, el mundo regresa de golpe: el zumbido de los refrigeradores, el parpadeo de las luces fluorescentes, el sonido distante de Manny pasando las páginas junto a la caja.
Me quedo allí paralizada, con el cuerpo entero vibrando como un diapasón al que acaban de golpear.
Debería sentirme aliviada. Se fue. La amenaza ha pasado.
Pero no es eso lo que siento.
Me siento estafada.
Siento que estaba al borde de algo —un precipicio, una confesión, un error catastrófico— y que él se marchó antes de que pudiera saltar.
Y también lo odio por eso. Lo odio por empezar algo que no piensa terminar, por llevarme al límite y dejarme consumida por el deseo, por hacerme querer cosas que nunca, jamás, debería querer.
Lo odio.
Lo deseo.
Ya no puedo distinguir una cosa de la otra.