CAPÍTULO NUEVE #3
Está oscuro —la farola de esta esquina lleva semanas parpadeando y lo cubre todo de sombras entrecortadas—, pero sé que es él.
Lo sé en los huesos, en la sangre, en la forma en que mi cuerpo arde y se hiela al mismo tiempo.
Esa silueta. Esos hombros. Esa quietud depredadora, como la de un lobo que ha visto un conejo y decide si perseguirlo o simplemente esperar a que se acerque.
Nuestras miradas se encuentran a través de la calle desierta.
No saluda ni habla ni se mueve. Solo me mira con esos ojos grises que puedo sentir incluso a través de la oscuridad, incluso desde seis metros de distancia. El peso de su mirada es físico: una presión sobre mi piel, una mano alrededor de mi garganta.
Debería correr. Debería gritar. Debería sacar el teléfono, llamar al 911 y denunciar que un hombre me acosa afuera de mi negocio.
Pero no me muevo.
Me quedo ahí, paralizada, con el corazón latiendo tan fuerte que lo oigo retumbar en mis oídos.
Mis muslos se aprietan sin mi permiso y el calor se acumula en mi vientre, bajo y profundo; ya familiar, humillante, indebido.
Odio que mi cuerpo haga esto. Odio que él pueda hacerme sentir cosas que no quiero sentir con solo estar cerca de mí.
Inclina la cabeza. Apenas. Casi imperceptiblemente. Como si supiera exactamente qué estoy sintiendo. Como si pudiera leer la guerra que se libra dentro de mí: el miedo, la furia y ese deseo enfermizo y vergonzoso.
No sé cuánto tiempo permanecemos así. Segundos. Minutos. Una eternidad comprimida en una sola respiración contenida.
Entonces se aparta del auto.
El corazón me da un vuelco. Va a cruzar la calle. Va a venir hasta aquí y no sé qué haré, no sé si correré o gritaré o me mantendré firme o...
No tengo que decidirlo porque no cruza.
Sostiene mi mirada durante otro momento imposiblemente largo, y juro que lo veo sonreír: apenas un vestigio, un estremecimiento en la comisura de los labios. Luego se da vuelta, sube al auto y se aleja de la acera.
Observo las luces traseras desaparecer al doblar la esquina.
La calle vuelve a estar vacía. Silenciosa. Como si él jamás hubiera estado ahí.
Permanezco mucho tiempo en la acera, tratando de recordar cómo se respira.
*****
El camino a casa nunca se sintió tan largo.
Seis cuadras. Lo recorrí mil veces: de día, de noche, bajo la lluvia y la nieve y en medio de la densa humedad del verano. Nunca tuve miedo.
Esta noche estoy aterrada.
Camino rápido, casi corriendo, con las llaves apretadas entre los dedos como un arma.
Maria me enseñó esto hace años: cómo cerrar el puño dejando que las llaves sobresalgan, cómo apuntar a los ojos, cómo gritar y correr y jamás, jamás dejar que te tiren al suelo.
En ese momento me pareció paranoico. Ahora se lo agradezco.
Cada sombra me sobresalta. Cada auto que pasa me hace girar, con el corazón en la garganta, esperando ver aquel sedán negro detenerse junto a mí. Esperando que la ventanilla baje, que esos ojos grises me encuentren, que esa voz áspera pronuncie mi nombre.
Pero no hay nada. Nadie. Solo yo, la calle desierta y el sonido de mi propia respiración entrecortada.
Llego a mi edificio y subo los escalones de dos en dos, buscando torpemente la llave y maldiciendo entre dientes cuando no logro hacer girar la cerradura.
Por fin la puerta se abre de golpe y entro, cerrándola de un portazo detrás de mí, echando el cerrojo y deslizando la cadena con manos temblorosas.
A salvo.
Estoy a salvo.
Me apoyo contra la puerta y me deslizo hasta el piso, mientras las piernas ceden debajo de mí. Mi apartamento está oscuro, pero no busco el interruptor. No quiero moverme. No quiero hacer nada salvo quedarme sentada aquí e intentar convencer a mi cuerpo de que el peligro ya pasó.
Excepto que no es así. ¿Verdad? El peligro no pasó en absoluto. Sabe dónde vivo. Sabe dónde trabajo. Conoce mis horarios, mi ruta, mi vida. Me esperaba afuera del café, lo que significa que ha estado observándome, lo que significa...
Necesito un trago.
El whisky está en la cocina. Debería levantarme, caminar los tres metros hasta la alacena y servirme un vaso como una persona civilizada.
En vez de eso, gateo.
Cruzo a gatas el gastado piso de madera de mi diminuto apartamento, paso junto al sofá de segunda mano que retapicé yo misma, junto a la planta que de algún modo logré mantener viva durante tres años, hasta llegar a la alacena donde guardo la botella.
La agarro sin molestarme en buscar un vaso, desenrosco la tapa y bebo directamente del pico.
El ardor es inmediato y brutal, justo lo que necesito. Algo real en lo cual concentrarme. Algo que no sea la sensación fantasma de sus ojos sobre mi piel.
Tomo otro trago. Y luego otro. El calor se extiende por mi pecho, aflojando algo que está tenso desde el lunes por la mañana.
Me estaba observando.
Ahí, de pie en la oscuridad, al otro lado de la calle, observándome. Sin acercarse. Sin amenazarme. Solo ahí. Un recordatorio de que puede encontrarme cuando quiera. De que ya no hay ningún lugar seguro.
Las manos no dejan de temblarme. Las cierro alrededor de la botella, miro el techo e intento ponerles nombre a mis emociones.
Miedo. Obviamente. Es un cobrador de deudas de la mafia y me acosa afuera de mi lugar de trabajo. El miedo es la respuesta apropiada.
Ira. También obvio. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a aparecer así, sin invitación, sin que nadie lo quiera aquí, a meterse en mi vida como si tuviera algún derecho a formar parte de ella?
Pero hay algo más. Algo que no quiero nombrar. Algo que se enrosca en mi vientre junto al miedo y la ira, algo que palpita entre mis muslos cuando recuerdo la forma en que me miró.
Quería que cruzara la calle.
El pensamiento sale a la superficie antes de que pueda detenerlo y, una vez ahí, no puedo hacerlo desaparecer.
Quería que cruzara la calle. Quería que salvara la distancia entre nosotros, que se plantara frente a mí, que... ¿qué?
¿Me tocara? ¿Me amenazara?
¿Las dos cosas?
Cuando se alejó en el auto, sentí algo que no era alivio. Algo que se parecía de una forma horrible y vergonzosa a la decepción.
Tomo otro trago. Esta vez uno más grande.
Estoy tan jodida.
No de la forma en que, al parecer, quiero estarlo; eso es lo peor.
No de la forma que mi cuerpo traidor no deja de exigir.
Solo jodida en general. Jodida en lo económico, jodida en lo emocional, jodida de todas las formas imaginables por un hombre al que debería odiar con cada fibra de mi ser.
Sí lo odio.
Lo odio y lo deseo, y no sé qué es peor.
Me siento en el piso de mi apartamento oscuro, bebiendo whisky directamente de la botella, e intento no pensar en ojos grises, manos llenas de cicatrices y en la forma en que pronunció mi nombre como si le perteneciera.
No funciona.
Nada funciona.
Faltan cinco días para el lunes.
No sé cómo voy a sobrevivir a la espera.
CAPÍTULO DIEZ
BETSY
Jueves.
Me digo que lo de anoche no ocurrió.
Estrés, decido. Falta de sueño. Paranoia por demasiado whisky y muy poca comida. Estaba cansada y asustada, y mi cerebro conjuró un monstruo a partir de sombras y farolas. En realidad, él no estaba ahí. Solo era mi imaginación rellenando detalles donde no los había.
Casi me lo creo. Entonces, durante la hora pico de la mañana, un hombre alto de cabello oscuro entra en el café y casi dejo caer una cafetera llena.
No es él. Claro que no es él: este tipo es más bajo, menos corpulento, y lleva una camiseta polo y pantalones caqui, como un papá de los suburbios camino a una partida de golf.
Pide un café de tueste medio con una voz que no se parece en nada al retumbo áspero de Darren, paga sin mirarme dos veces y se va.
Completamente ajeno a que aprieto el mostrador con tanta fuerza que los nudillos se me han puesto blancos.
Paso el resto del día sobresaltándome por cualquier sombra.
Cada vez que alguien cruza la puerta, el corazón se me sube a la garganta.
Cada vez que oigo la voz de un hombre, me doy vuelta esperando encontrar ojos grises y nudillos llenos de cicatrices.
Me quemo con el vaporizador. Le doy mal el cambio a alguien.
Olvido el nombre de la señora Gunderson durante diez segundos espantosos cuando entra por su latte de media mañana.
Maria me acorrala durante la calma de la tarde.
—Bueno, ¿qué demonios te pasa? —Maria me acorrala junto a la vitrina de pasteles durante la calma de la tarde—. Llevas toda la semana más tensa que una cuerda. Saltaste cuando se encendió el vaporizador de leche. El vaporizador de leche, Betsy.
—Estoy lidiando con muchas cosas en este momento. Ya lo sabes.
—Sé lo de la deuda. Sé lo del cobrador. Pero esto... —Hace un gesto hacia mí, hacia el desastre ambulante en el que, al parecer, me he convertido—. Esto es otra cosa. No solo estás estresada, estás asustada. No dejas de mirar la puerta como si esperaras que alguien entrara por ella.
Es demasiado perceptiva. Ese siempre ha sido el problema con Maria.
—Es lo mismo —digo—. Todo está relacionado.
—¿Ah, sí? —Estudia mi rostro—. Porque pareces una mujer que guarda un secreto, no una mujer endeudada.
Sus palabras dan demasiado cerca del blanco. Me obligo a no estremecerme.
—Lo tengo bajo control. De verdad. Solo necesito superar esta semana.
Maria me mira fijamente y observo la batalla que se libra detrás de sus ojos. Presionar o dejarlo pasar. Quiere sacudirme hasta arrancarme la verdad; lo veo en la tensión de sus hombros.
—Está bien —dice al fin—. Pero vas a venir a mi casa el sábado por la noche. Comida tailandesa y vino, y vamos a hablar de lo que sea que esté pasando. No es negociable.
—Maria...
—No. Es. Negociable. —Me apunta a la cara con un dedo—. Te ataré a una silla si hace falta.
A pesar de todo, casi sonrío. —Qué pervertido.
—No intentes desviar el tema con humor. El sábado. A las ocho. No faltes.
Se marcha antes de que pueda discutir.
*****
Después de cerrar, necesito provisiones.