Cruel Debt (Debts and Devotions LAS nº 1) CAPÍTULO SIETE
14%

CAPÍTULO SIETE

DARREN

Despierto con su cabello todavía enrollado alrededor de mi dedo.

No recuerdo haberlo hecho. No recuerdo haberlo buscado a tientas en la oscuridad, haberlo tomado de mi mesa de noche ni haberlo enrollado alrededor del nudillo como un anillo.

Pero aquí está: un mechón castaño rojizo que atrapa la luz gris de la mañana, brillante como el cobre contra mi piel llena de cicatrices.

Mi madre tenía el cabello de este color.

El pensamiento sale a la superficie antes de que pueda detenerlo.

Hace años que no pienso en ella; me entrené para no hacerlo, de la misma manera en que me entrené para no sentir nada más.

Pero el cabello de Betsy tiene el mismo tono que tenía el de mi madre, antes de que aparecieran las canas, antes de que las jornadas de dieciséis horas frente a la máquina de coser drenaran todo el color de su vida.

Solía cepillarme el cabello cuando era pequeño. Antes de que a mi padre le cortaran la garganta por robarle una parte de las ganancias al antiguo jefe: el tío de Viktor, un carnicero que dirigía a la familia como si fuera un matadero.

Antes de que ella se matara trabajando, intentando pagar las deudas de él. Antes de que yo aprendiera que el amor no es más que otra palabra para referirse a una ventaja: algo que la gente usa para lastimarte.

Tenía diecisiete años cuando la encontré. Seguía frente a su máquina. El corazón le falló en algún momento de la noche. Las otras mujeres de la fábrica no hablaban suficiente inglés como para pedir ayuda.

La enterré con dinero que robé de la oficina de Viktor.

Él se enteró. Debió matarme como su tío había matado a mi padre.

En vez de eso, me golpeó hasta dejarme ensangrentado, me miró con algo parecido al respeto y dijo: —Tu padre robó porque era débil.

Tú robaste porque no tenías alternativa. Es diferente.

Después me ofreció trabajo.

Eso fue hace diecisiete años. Desde entonces, no me permito sentir nada.

Hasta que apareció ella.

Y ese es el problema.

No sé qué hacer con esto. Con este deseo.

Esta necesidad. Es como una extremidad que había olvidado que tenía, despertando con un doloroso hormigueo después de diecisiete años de entumecimiento.

Duele. Es aterrador. Todos mis instintos me gritan que la corte antes de que me mate como mató a mi padre, a mi madre, a todos los que alguna vez cometieron el error de desear algo que no podían tener.

Debería alejarme. Pasarle el trabajo a alguien más. Dejar que viva su vida sin mí.

Pero no puedo.

Eso es lo que me asusta. No ella. No la deuda. No que Viktor descubra que estoy comprometido emocionalmente.

Lo que me asusta es que preferiría destruirla antes que dejarla ir.

Me llevo el mechón de cabello a la nariz e inhalo. El aroma es tenue. Casi ha desaparecido. Pero todavía puedo percibirlo: vainilla, café y algo más cálido debajo. Ella.

Mía.

Dormí quizá dos horas. No dejaba de ver su rostro. Esos ojos verdes mirándome desde abajo, llenos de deseo. Ese cuerpo suave apretado contra el mío. El sonido que hizo cuando la sujeté por la cadera: sorprendida, excitada, hambrienta.

Dentro de tres horas, va a odiarme.

El pensamiento debería molestarme. Y lo hace, en algún lugar profundo que no quiero examinar. Pero no lo suficiente como para detenerme.

Me ducho. Me visto de negro; siempre de negro para los cobros. Desayuno sin saborear la comida. Reviso el teléfono: 7:41 a. m. Falta una hora y diecinueve minutos para que entre en su café y detone la bomba que lleva haciendo tictac desde el momento en que Viktor me entregó su fotografía.

Debería sentir culpa. Vacilación. Algún destello de la conciencia que enterré junto con mi madre.

En cambio, siento expectación.

Oscura y enroscada en lo más bajo de mis entrañas. La misma sensación que tengo antes de un cobro: ese murmullo silencioso de poder, de control, de saber exactamente cómo se desarrollará la siguiente hora. Solo que esta vez es más aguda. Más ardiente. Porque esto no es solo un cobro.

Pienso en este momento desde que salí de su café anoche. Desde que me obligué a alejarme en lugar de besarla. Desde que me senté en mi auto, vi al equipo de limpieza llevarse el cadáver de Brad y pensé en todas las formas en que voy a arruinarle la vida a Elizabeth Monroe.

No porque tenga que hacerlo.

Porque quiero hacerlo.

Esa es la parte enfermiza. La parte que demuestra que soy exactamente el monstruo que está a punto de descubrir. Podría alejarme. Podría decirle a Viktor que no pude cobrar, pasarle el trabajo a alguien más y dejar que ella viva su vida sin mí.

Pero entonces no volvería a verla.

No tendría un motivo para entrar en su café cada semana. No podría contemplar su rostro cuando se dé cuenta de que está atrapada. No podría pasar los próximos meses —años, quizá— convirtiéndola lenta y metódicamente en algo mío.

La deuda es una correa. Y voy a enrollársela alrededor del cuello y no soltarla nunca.

Vuelvo a revisar el teléfono. 8:15.

Cuarenta y cinco minutos.

De todos modos, salgo temprano.

El camino hacia Riverside me lleva por el distrito industrial.

Paso frente a la fábrica donde murió mi madre.

Frente al río donde encontraron el cuerpo de mi padre, hinchado y gris después de tres días en el agua.

Frente al edificio abandonado donde Viktor me encontró durmiendo sobre una pila de cartones, medio muerto de hambre y dispuesto a matar a cualquiera que intentara quitarme lo poco que me quedaba.

De aquí vengo. Del óxido, las ruinas y los huesos de personas que no importaban lo suficiente como para salvarlas.

Betsy también construyó algo de la nada. Salió a fuerza de uñas de los escombros que dejó su padre, de la misma manera que yo salí de los míos.

La diferencia es que yo me convertí en los escombros. Me convertí en aquello que destruye.

Y dentro de cuarenta y cinco minutos voy a demostrarlo.

*****

Estaciono al otro lado de la calle a las 8:43 y la observo a través de la ventana.

Ya está ahí. Ya está trabajando. Se mueve detrás del mostrador con un suéter gris y suave que oculta sus curvas. No como anoche, no como el vestido color esmeralda que me hizo agua la boca. Hoy está cubierta. Protegida.

No le servirá de nada.

Puedo ver el agotamiento en su manera de moverse.

Más despacio que anoche. Con mayor pesadez.

Ella tampoco durmió. Me descubro esperando que se haya quedado despierta pensando en mí: en mis manos sobre ella, en mi aliento contra sus labios, en el beso que casi nos dimos y que lleva doce horas perforándome el cerebro.

¿Se tocó?

El pensamiento me golpea como un puño. Aprieto el volante hasta hacerme daño mientras lo imagino: Betsy en su cama, con una mano entre sus gruesos muslos y los dedos deslizándose por su calor húmedo mientras piensa en mí.

¿Se mordió el labio para no hacer ruido?

¿Dijo mi nombre cuando llegó al orgasmo?

Mierda.

Estoy duro. Sentado en el auto como un maldito acosador, observándola preparar café, y estoy duro de solo pensar que se dio placer.

Esto es un problema.

Yo no tengo problemas. No siento nada. Rompí esa parte de mí hace años: la extirpé como un tumor y no dejé nada más que una eficiencia limpia y fría. Desear te vuelve débil. Desear hace que te maten. Mi padre deseaba cosas. Mi madre deseaba cosas.

Los dos están muertos.

Pero yo la deseo a ella.

La deseo tanto que no puedo pensar con claridad. No puedo dormir. No puedo hacer otra cosa que obsesionarme con la curva de sus caderas, el desafío de sus ojos y la manera en que se inclinó hacia mi contacto aunque sabía —sabía— que yo era peligroso.

No huyó.

Debió huir.

Ahora es demasiado tarde.

8:56.

Observo a un anciano entrar arrastrando los pies en el café. Observo a Betsy sonreírle con calidez y sinceridad, como me sonrió a mí antes de saber lo que era. Él pide algo. Ella se ríe de algo que dice.

Disfrútala, cariño. Esa sonrisa morirá dentro de cuatro minutos.

8:58.

El anciano se va con su café. El local está vacío ahora. Solo está ella, limpiando el mostrador. Esperando que termine la calma de media mañana.

Esperándome a mí.

Solo que todavía no lo sabe.

8:59.

Salgo del auto.

*****

La campanilla suena cuando entro.

Ella levanta la cabeza de golpe. Y durante un segundo perfecto y terrible, lo veo:

Esperanza.

Sus ojos se iluminan. Sus labios se entreabren. Algo cruza fugazmente su rostro, algo que parece casi alivio, como si hubiera estado esperándome, como si hubiera pasado toda la noche pensando en mí y ahora estoy aquí y quizá...

Entonces asimila mi expresión.

Observo cómo muere la esperanza.

Ocurre en cámara lenta. La luz abandona sus ojos. La sonrisa se le congela en el rostro. Todo su cuerpo queda inmóvil, como una presa que se paraliza cuando finalmente ve al depredador.

Lo sabe.

Todavía no conoce los detalles; no sabe lo de la deuda, el plan de pagos ni la trampa que está a punto de cerrarse a su alrededor. Pero sabe que algo anda mal. Puede verlo en mi rostro. En la máscara fría y profesional con la que cubrí al hombre que casi la besó anoche.

—¿Darren? —Su voz suena insegura. Confundida. Quizá aún espera estar equivocada. Que vine a tomar un café. Que lo de anoche significó algo.

Sí significó algo.

Solo que no lo que ella cree.

—Elizabeth Monroe. —Mantengo la voz inexpresiva. Sin emoción. La veo estremecerse al oír su nombre completo; nadie la llama así. Nadie salvo los cobradores de deudas—. Tenemos que hablar de la deuda de su padre.

Las palabras quedan suspendidas en el aire como humo.

Observo cómo la golpean. Veo su rostro palidecer, cómo la sangre abandona sus mejillas como si alguien hubiera quitado un tapón. Sus manos se aferran al mostrador —los nudillos blancos, los tendones marcados— como si necesitara que la sostuviera.

—¿La deuda de mi padre...? —Se interrumpe. Traga saliva con dificultad—. No entiendo... ¿Qué...?

—John Monroe le pidió prestados cuarenta y siete mil dólares a mi empleador a lo largo de tres años. —Lo recito como un guion. Como si no hubiera ensayado este momento desde la primera vez que vi su fotografía—. Desapareció hace seis meses. La deuda sigue pendiente.

—Eso no... —Se le quiebra la voz—. Esa deuda es de él. No mía. No hablo con él desde hace años...

—La sangre hereda las deudas de la sangre.

—Eso no es legal...

—Lo legal no nos preocupa.

Eso sí la golpea. Lo veo en la manera en que se sacude su cuerpo, como si la hubiera abofeteado.

Ahora está atando cabos; prácticamente puedo ver girar los engranajes.

Cobradores de deudas a quienes no les importa la ley.

Un padre que pidió dinero prestado a las personas equivocadas.

Un hombre que se presentó en su café con los nudillos llenos de cicatrices y sangre bajo las uñas.

Sus ojos bajan hacia mis manos. Dejo que mire.

—Usted lo sabía. —Su voz es apenas un susurro—. Anoche. Sabía quién era yo.

No respondo. No es necesario. Ambos conocemos la verdad.

—Usted... —Ahora está temblando. Puedo verlo: leves temblores recorren todo su cuerpo. Rabia, miedo o ambas cosas; no sabría decirlo—. Me tocó. Casi... y durante todo ese tiempo sabía...

—Las condiciones son sencillas. —La interrumpo antes de que pierda el control.

Antes de que pueda decir las palabras en voz alta y volverlas reales—.

Cuarenta y siete mil dólares, más un interés del quince por ciento, capitalizado mensualmente.

Puede pagar el total hoy o establecemos un plan de pagos.

—No tengo cuarenta y siete mil dólares. —Las palabras salen ásperas. Quebradas—. No tengo nada. Todo lo que tengo está en este café...

—Entonces nos quedaremos con el café.

Se le corta la respiración. Por un segundo creo que podría desplomarse; todo su cuerpo se tambalea y tengo que resistir el impulso de extender una mano para sostenerla. De volver a tocarla. De sentir esa suavidad bajo mis manos.

Pero no se desploma.

Se endereza. Afirma las rodillas. Levanta el mentón con el mismo ángulo desafiante de la fotografía de su licencia de conducir, el que hizo que me obsesionara con ella antes de siquiera oír su voz.

—No.

—¿No?

—No se quedará con mi café. —Su voz se ha vuelto fría. Dura. La sobreviviente emerge de entre los escombros—. Hábleme del plan de pagos.

Dios, es magnífica.

Cualquier otro deudor ya estaría llorando. Suplicando. Ofreciéndome cualquier cosa: dinero que no tiene, favores que no puede cumplir, promesas desesperadas que jamás mantendrá. Pero ella no. Está de pie entre las ruinas de su vida, temblando de furia, y aun así sigue luchando.

Es como mi madre. La misma voluntad de hierro. La misma negativa a quebrarse, incluso cuando el mundo la aplasta.

A mi madre no se la pudo salvar. Trabajó, se sacrificó y luchó, y de todos modos murió sola frente a su máquina de coser.

Betsy no morirá. No lo permitiré. La arruinaré, me adueñaré de ella, la quebraré poco a poco, pero jamás dejaré que nada más —nadie aparte de mí— la lastime.

Esa es la diferencia entre el mundo que mató a mi madre y yo.

Destruyo lo que amo. Pero lo mantengo con vida.

—Pagos semanales. —Mantengo firme la voz aunque la sangre me retumba en las venas—. Un mínimo de quinientos dólares. Se acumularán intereses sobre el saldo pendiente. Si no cumple con un pago, empezaremos a embargar bienes.

—Quinientos por semana. —Hace las cuentas. Observo su rostro mientras comprende lo que yo ya sé: le tomará años. Años de pagos semanales. Años de verme todos los lunes, de pie en su café y con la mano extendida.

Años de ser mía.

—El primer pago vence el lunes. —Saco una tarjeta del bolsillo —blanca, sin nada más que un número de teléfono— y la dejo sobre el mostrador, entre nosotros—. Por si necesita comunicarse conmigo antes.

No la toca. Solo la mira como si fuera una serpiente.

—Lárguese.

—Betsy...

—No. —La voz se le quiebra al pronunciar la palabra—. No diga mi nombre. No actúe como... como anoche... —Se detiene. Traga saliva. Se obliga a pronunciar las palabras—. Lárguese de mi café.

Debería irme. Ya hice lo que vine a hacer. Le di la noticia. Preparé la trampa. Ahora es mía, lo sepa o no.

Pero no me voy.

En cambio, doy un paso hacia ella. Observo cómo se pone rígida. Cómo se le corta la respiración.

—La veré el lunes —digo en voz baja. Ahora estoy lo bastante cerca para olerla: vainilla, café y, debajo, miedo—. A las seis de la tarde. Después de que cierre.

—Quiero que se vaya.

—Lo sé.

Sostengo su mirada durante un largo momento. Dejo que lo vea: el deseo, la obsesión, esa cosa oscura que se enrosca dentro de mi pecho. Dejo que vea que esto no son solo negocios. Que nunca fueron solo negocios.

Que voy a tenerla, de una forma u otra.

Entonces me doy vuelta y camino hacia la puerta.

Me detengo con una mano sobre la manija. No miro atrás.

—¿Y Betsy? —Dejo que su nombre se deslice por mi lengua: lento, íntimo, posesivo—. Cierre con llave por las noches. Este vecindario no es seguro.

La campanilla suena cuando me voy.