CAPÍTULO CUATRO
BETSY
El desconocido de la mesa del rincón va a ser un problema.
Lo sé desde que cruzó la puerta hace una hora: casi dos metros de peligro embutidos en una camiseta negra, con un rostro que parece una señal de advertencia y unas manos que parecen haber roto cosas.
Personas, probablemente. La cicatriz que le baja desde la sien izquierda hasta la mandíbula no ayuda.
Tampoco esos ojos gris pizarra que siguen cada uno de mis movimientos como si yo fuera algo que está cazando.
Pidió café negro. No lo toca desde hace cuarenta minutos.
Está ahí sentado. Observándome.
Debería tener miedo. Cualquier mujer sensata lo tendría: casi sola de noche en su cafetería con un hombre que parece trabajar de pesadilla ajena en sus ratos libres.
Pero sobreviví a demasiada mierda como para permitir que el miedo controle mi vida.
Las apuestas de mi padre. La muerte de mi madre.
Los acreedores, las órdenes de desalojo y los años de sobrevivir con nada.
Construí este lugar con escombros y fuerza de voluntad.
Ya no me asusto con facilidad.
Además, hay algo más mezclado con la inquietud. Algo que no quiero examinar demasiado de cerca.
Cuando nuestros dedos se rozaron sobre su taza de café, lo sentí como una descarga de electricidad estática.
Cuando sus ojos me siguieron por el salón, se me calentó la piel.
Cuando miró mi cuerpo —lo miró de verdad, no con el vistazo desdeñoso que la mayoría de los hombres le dan a una mujer de mi talla—, algo en lo profundo de mi vientre se tensó.
No debería sentirme atraída por hombres que parecen ganarse la vida matando gente.
Y, sin embargo.
—¿A la misma hora el jueves, Ruth? —pregunto en voz alta mientras mi última clienta habitual recoge sus cosas, con su novela romántica bajo el brazo.
—No me lo perdería por nada, cariño. —Se detiene junto a la puerta, mira al desconocido del rincón y luego vuelve a mirarme. Hay una pregunta en sus ojos.
Le hago una leve señal con la cabeza. Se marcha de mala gana y la campanilla anuncia su salida.
Y ahora solo quedamos nosotros.
La cafetería parece más pequeña con él dentro. Como si su presencia ocupara más espacio que su cuerpo, llenara todos los rincones y presionara las paredes. De pronto soy consciente de cada sonido: la música suave de los altavoces, el zumbido de la vitrina refrigerada, mi propia respiración.
Debería decirle que estoy cerrando. Debería apurarlo para que salga, cerrar con llave, caminar a casa y olvidar cómo me mira.
En cambio, sigo limpiando las mesas. Me acerco un poco más a la suya con cada pasada.
Qué estúpida, Betsy. Qué estúpida.
Estoy a tres mesas de distancia cuando la campanilla vuelve a sonar.
Se me cae el estómago antes siquiera de darme vuelta. Conozco esa colonia: demasiado Acqua di Gio, la fragancia oficial de los hombres que alcanzaron su apogeo en la fraternidad universitaria y nunca lograron superarlo.
Brad.
—Ahí está. —Me sonríe desde la puerta como si fuéramos viejos amigos. Como si no llevara meses viniendo a mi cafetería, haciendo comentarios sobre mi cuerpo e invitándome a salir pese a mis rechazos cada vez más claros—. Mi chica favorita.
—Estamos cerrados, Brad.
—El letrero dice a las nueve. Son... —Mira su reloj con exagerada atención— las ocho cuarenta y siete. Hay tiempo de sobra.
Estuvo bebiendo. Lo noto en su ligero tambaleo, en esa sonrisa demasiado floja, en cómo se apoya contra el marco de la puerta como si necesitara sostenerse.
No está borracho —Brad se preocupa demasiado por su imagen como para hacer el ridículo en público—, pero bebió lo suficiente para que el filtro que ya tenía muy debilitado se disolviera por completo.
Genial.
—¿Qué quieres?
—Solo vine a verte. —Se aparta del marco de la puerta y camina hacia el mostrador. Por instinto, me coloco detrás para interponer esa barrera entre los dos—. Pensé que quizá podría acompañarte a casa. Está oscuro afuera. Es peligroso para una mujer sola.
—Llevo dos años caminando sola a casa.
—Sí, y me preocupo por ti. —Se inclina sobre el mostrador, y yo retrocedo un paso sin querer.
Sus ojos siguen el movimiento mientras algo desagradable titila bajo su sonrisa de buen tipo—.
Una chica de tu tamaño no puede correr precisamente si pasa algo.
No podrías defenderte de un atacante. Eres...
—Señala mi cuerpo con una mano— vulnerable.
Ahí está.
Una chica de tu tamaño.
Lo escuché mil veces, formulado de mil maneras diferentes.
Antes me destrozaba. En la secundaria, en la universidad, al principio de mis veinte, cuando todavía intentaba encogerme hasta convertirme en algo aceptable.
Pasé años odiando mi cuerpo: los muslos gruesos que se rozaban, el vientre blando que no se aplanaba por poco que comiera, los senos demasiado pesados para esos lindos bralettes, los brazos que se sacudían cuando saludaba.
Ya no lo odio.
Mi cuerpo me sostuvo durante la muerte de mi madre. Durante la adicción y el abandono de mi padre. Durante jornadas de dieciséis horas renovando este local con mis propias manos, cargando sacos de harina de más de veinte kilos, restregando pisos hasta que me sangraban las rodillas.
Mi cuerpo es fuerte.
Mi cuerpo es capaz.
Mi cuerpo es mío.
Y no le debo ni un maldito centímetro a Brad Whitmore.
—Creo que deberías irte.
—Vamos, Betsy. —Suspira como si yo fuera la irrazonable—.
Intento ser amable. Soy uno de los pocos hombres de este vecindario que de verdad aprecia una figura más rellena.
La mayoría de los hombres ve a una chica gorda y ni siquiera la mira dos veces.
¿Pero yo? —Extiende la mano por encima del mostrador y yo me aparto bruscamente antes de que sus dedos me toquen el brazo—.
Creo que eres increíblemente sexy. Todas esas curvas.
Ese trasero enorme. Apuesto a que eres fantástica en la cama; las chicas grandes siempre se esfuerzan más, ¿verdad? Tienen que compensar por...
—Lárgate. Ya.
Mi voz sale más fría de lo que esperaba. Plana y dura.
La expresión de Brad cambia. La máscara de buen tipo resbala y deja al descubierto algo más mezquino. —Dios. Te estoy haciendo un cumplido. Deberías agradecérmelo. ¿Sabes cuántos hombres se molestarían siquiera con alguien que luce como tú? La mayoría ve a una mujer de tu tamaño y piensa...
—No me importa lo que piense la mayoría de los hombres.
—Es evidente. —Sus ojos recorren mi cuerpo: el vestido esmeralda que me puse porque me hace sentir poderosa, porque se ciñe a mis curvas en vez de esconderlas, porque me gusta cómo me veo con él—.
Si te importara lo que piensan los hombres, no te vestirías así.
Exhibiendo todo eso... —Señala vagamente mi pecho, mis caderas, todo mi cuerpo— como si estuvieras orgullosa o algo parecido.
Como si de verdad creyeras que estás buenísima.
—Sí lo creo. —Lo miro a los ojos sin pestañear—. Y aun así no te quiero. Vete.
Algo oscuro le cruza el rostro. Esa expresión que adoptan los hombres cuando su ego recibe un golpe que no esperaban. Cuando una mujer a la que clasificaron como «debería estar agradecida» no interpreta el papel de agradecida.
—Bien. —Se aparta del mostrador—. Bien. Solo intentaba ser amable, pero como quieras.
Disfruta de estar sola, Betsy. Disfruta de volver a tu departamento vacío y de tu vibrador, porque ningún hombre de verdad va a soportar tu actitud.
Y cuando por fin comprendas que vas a morir sola porque eres demasiado gorda y demasiado orgullosa para conformarte con lo que puedas conseguir...
Un movimiento en mi visión periférica capta mi atención.
El desconocido está de pie.
Casi había olvidado que estaba ahí. Pero ahora se levanta de la mesa del rincón y, de pronto, la cafetería parece muy pequeña, porque de pie es mucho más grande de lo que parecía sentado. Mide por lo menos un metro noventa y cinco. Tiene hombros que bloquean la luz. Y su rostro...
Su rostro es aterrador.
No está enojado. Es peor que eso. Está total y absolutamente inexpresivo. Como si alguien hubiera metido la mano en su interior y apagado todo lo humano.
Pero sus ojos no están vacíos. Están fijos en Brad con una intensidad que me hiela la sangre.
Brad no se dio cuenta. Sigue despotricando —algo sobre gordas de mierda, delirios y el favor que me estaba haciendo— cuando el desconocido habla.
—Ven conmigo.
Dos palabras. Dichas en voz baja. No es una petición.
Brad se da vuelta bruscamente y abre la boca —probablemente para decir alguna estupidez, porque Brad jamás se encontró con una situación que no pudiera empeorar—, pero se detiene.
Veo el instante en que comprende. Veo cómo asimila el tamaño del desconocido, sus cicatrices, la inmovilidad absoluta de un depredador que no necesita moverse rápido porque sabe que su presa no puede escapar.
El rostro de Brad pierde el color.
—Ya me iba —dice.
—Afuera. —El desconocido señala la puerta con la cabeza—. Ahora.
—Mira, amigo, no quiero problemas...
—Entonces no debiste entrar aquí.
Brad me mira. No sé qué espera: ¿ayuda? ¿Que intervenga? ¿Alguna especie de misericordia femenina para el hombre que acaba de llamarme gorda de mierda?
No digo una palabra.
Traga saliva con dificultad y camina hacia la puerta. El desconocido lo sigue, moviéndose con esa misma quietud depredadora, lo bastante cerca para agarrar a Brad si intenta correr.
Junto a la puerta, el desconocido se detiene. Vuelve la mirada hacia mí.
Esos ojos grises se encuentran con los míos y algo pasa entre nosotros. Algo que no comprendo. Tal vez una advertencia. O una promesa.
Luego se marchan. La puerta se cierra tras ellos. La campanilla suena, alegre y obscena en medio del silencio repentino.
Permanezco detrás del mostrador, con el corazón desbocado, y espero.
*****
Cinco minutos.
Ese es el tiempo que pasan afuera.
Debería llamar a la policía. Debería cerrar con llave y fingir que nunca vi nada. Debería hacer algo que no fuera quedarme aquí, con un trapo en la mano, esforzándome por oír algún sonido proveniente del callejón.