CAPÍTULO TRES
DARREN
Crescent Corner Café resplandece como una herida en la oscuridad.
Estoy estacionado frente al café de Betsy, con su fotografía sobre el regazo, comparando la imagen del Departamento de Vehículos Motorizados con la mujer detrás del mostrador.
La fotografía no le hace justicia.
Lleva un vestido esmeralda que se ciñe a cada una de sus curvas: senos abundantes que tensan la tela, vientre suave, caderas anchas que se mecen al caminar.
Lleva el cabello castaño rojizo recogido en un moño desordenado, con mechones sueltos alrededor del rostro.
Se ríe de algo que dijo un cliente, con la cabeza echada hacia atrás y la garganta expuesta.
Desde aquí alcanzo a ver el pulso en su cuello. Imagino que apoyo el pulgar sobre él. Que siento los latidos de su corazón bajo mi piel.
Llevo aquí sentado cuarenta y tres minutos.
Debería irme. Esto es vigilancia, no obsesión. Preparación profesional, no esa cosa oscura que se enrosca en mi pecho.
Pero ya estoy abriendo la puerta del auto. Ya estoy cruzando la calle.
La campanilla tintinea cuando entro.
Café, canela y vainilla. Luz cálida. Paredes de ladrillo a la vista cubiertas de obras de artistas locales. Es un lugar acogedor, de esos donde la gente se siente segura. Donde baja la guardia.
Ella construyó todo esto. Con sus propias manos, probablemente. Eligió cada detalle con cuidado.
Y mañana voy a arrebatárselo.
Varios clientes levantan la mirada cuando entro y enseguida la apartan. La mayoría de la gente tiene ese instinto: percibe a un depredador y evita el contacto visual. Inteligente.
Pero ella alza la vista de la máquina de espresso y sonríe.
—¡Hola! Bienvenido a Crescent Corner. Siéntate donde quieras.
Su voz es cálida. Abierta. Sincera.
No tiene idea de lo que soy. No sabe que pasé la última hora memorizando su rostro. No sabe que estoy aquí porque no pude dejar de pensar en su fotografía, en sus ojos desafiantes, en su cuerpo suave.
No tiene idea de que me enviaron para arruinarle la vida.
Me sonríe como si yo fuera un cliente más.
Me acomodo en un reservado del rincón desde donde puedo observarla trabajar.
Se desplaza por el café con natural seguridad, las caderas meciéndose, los senos moviéndose bajo aquella tela verde.
Le toca el hombro a un cliente habitual.
Se ríe de algo que dice el anciano sentado ante el mostrador.
Limpia una mesa, inclinándose lo suficiente para que yo alcance a ver la sombra de su escote.
Diecisiete pecas en el brazo izquierdo. Las cuento mientras prepara el latte de alguien.
Entonces se dirige hacia mi mesa, con la libreta en la mano, y se me cierra la garganta.
De cerca, es devastadora.
Medirá un metro sesenta y tres, quizá un metro sesenta y cinco con esos tacones bajos.
Unas curvas que hacen que me duelan las manos.
Las pecas descienden por su garganta y desaparecen bajo el escote del vestido; quiero seguirlas con la lengua.
Esos ojos verdes tienen anillos ámbar alrededor de las pupilas, que atrapan las cálidas luces del café.
Huele a vainilla, a café y a algo más. Algo más cálido. Algo que es solo suyo.
Inhalo su aroma y lo grabo en mi memoria.
—¿Qué le sirvo?
—Café. Negro.
—Enseguida.— Garabatea algo en su libreta; noto que su letra es pulcra, precisa.— ¿Eres nuevo en el vecindario? No te había visto antes.
—Solo estoy de paso.
Una mentira. Después de mañana, me verá todas las semanas. Me aseguraré de eso.
—Bueno, de todos modos, bienvenido.— Le aparecen hoyuelos cuando sonríe.— Te advierto que nuestro café es peligrosamente bueno. Podrías convertirte en cliente habitual.
—Podría ser.
No tiene idea de cuánta verdad hay en eso. De cómo ya lo estoy planeando: los cobros semanales, los pretextos para llegar temprano o quedarme hasta tarde, el lento proceso de abrirme paso en su vida hasta que ya no pueda recordar cómo era cuando yo no estaba.
Mañana por la tarde va a odiarme.
Pero aun así va a verme. Todas las semanas. Quiera o no.
Algo oscuro se despliega en mi pecho ante esa idea. Algo posesivo, paciente y perverso.
Trae mi café y lo deja sobre la mesa con otra sonrisa. Nuestros dedos se rozan cuando tomo la taza.
Su piel es suave. Cálida.
Quiero agarrarla de la muñeca. Acercarla de un tirón. Ver si esos ojos verdes siguen desafiantes cuando se dé cuenta de lo que soy.
En cambio, me limito a asentir.— Gracias.
Se aleja y la observo irse, registrando la forma en que se mueve su trasero bajo el vestido. La suavidad de sus muslos. La curva de sus pantorrillas.
Mañana voy a destruirle la vida. Y estoy sentado aquí, excitándome de solo pensarlo.
Probablemente haya algo muy mal en mí.
Eso dejó de importarme hace mucho tiempo.