Cruel Debt (Debts and Devotions LAS nº 1) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

DARREN

La oficina de Viktor huele a tabaco turco y a los fantasmas de todas las malas decisiones que se han tomado en esta habitación.

Está detrás de su enorme escritorio de roble, tiene sesenta y tres años y aún conserva la corpulencia del matón que fue. Cabello plateado peinado hacia atrás. Ojos del color de los lagos congelados: de un azul grisáceo tan pálido que nunca parpadean tanto como deberían.

Es lo más parecido a una familia que me queda. Lo cual dice más sobre mi vida de lo que me gustaría analizar.

Me acerco al bar y me restriego la sangre de Marco de debajo de las uñas. Observo cómo se arremolina, rosada, por el desagüe, hasta que el agua vuelve a salir transparente. Evidencia que desaparece por las tuberías de la ciudad.

—Un cobro nuevo. —Viktor desliza una carpeta de manila por el escritorio.— El padre huyó de la ciudad hace seis meses. Lo buscamos, pero no pudimos encontrarlo. Probablemente esté muerto en alguna cuneta, considerando la clase de problemas en los que estaba metido. La hija es lo único que queda.

El procedimiento habitual. Cuando los deudores huyen, vas tras la familia. La sangre paga con sangre.

—¿Cuánto?

—Cuarenta y siete mil.

Ya me estoy volviendo hacia la puerta cuando la voz de Viktor me detiene.

—Mírala primero.

Hay algo en su tono. Viktor no desperdicia palabras. Si me dice que mire, es por algo.

Una advertencia.

O una prueba.

Tomo la carpeta. La abro.

Y algo dentro de mí se congela.

Es una foto del Departamento de Vehículos Motorizados, tomada bajo una luz fluorescente despiadada, diseñada para reducir a todo el mundo a la misma mediocridad gris.

He visto miles de estas. He estudiado rostros que van desde el terror hasta la resignación o la absoluta muerte interior. Al final, todos se confunden.

Ella no.

Mira directamente a la cámara, con el mentón en alto y la mandíbula tensa, como si desafiara al fotógrafo a pedirle que sonriera.

Sus ojos verdes se encuentran con el lente con una rebeldía pura, sin diluir.

Como si hubiera mirado aquella cámara y decidido que era su enemiga.

Como si hubiera decidido sostenerle la mirada hasta que parpadeara primero.

Sin miedo. Sin disculpas. Sin intentar hacerse más pequeña, más dócil ni más aceptable.

Solo: que te jodan.

El cabello castaño rojizo le cae alrededor del rostro en ondas naturales.

Tiene pecas esparcidas por la nariz y las mejillas: pecas de verdad, producto del sol, de una vida vivida.

E incluso bajo la espantosa iluminación del Departamento de Vehículos Motorizados, alcanzo a ver la curva de su clavícula, el volumen de sus senos presionando contra la blusa. Llenos. Pesados. Reales.

La clase de cuerpo que ocupa espacio sin disculparse por ello.

Cuento once pecas visibles en su mejilla izquierda. Memorizo el patrón que forman sin proponérmelo. Mi pulgar roza la fotografía —lisa, ligeramente brillante— e imagino cómo se sentiría su piel. Si esas pecas continúan bajando por su garganta.

Por su pecho.

Más abajo.

—Elizabeth Monroe —la voz de Viktor irrumpe en mis pensamientos—. Le dicen Betsy. Veintiocho años. Tiene un café en Riverside.

Cierro la carpeta. Obligo a mi rostro a adoptar una expresión neutra.

Pero todavía puedo ver su cara. Esos ojos desafiantes. Ese mentón obstinado. Las curvas sobre las que quiero poner las manos.

—El periodo de gracia termina mañana a las nueve —añade Viktor mientras exhala humo—. Cobra la deuda. Las condiciones habituales: si no puede pagarla completa, ofrécele el plan de pagos.

El plan de pagos. Quince por ciento de interés, capitalizado cada mes. Cobros semanales. La vería todas las semanas durante meses. Tal vez años, dependiendo de lo poco que pueda pagar.

La idea no debería acelerarme el pulso.

—Dalo por hecho.

Estoy junto a la puerta cuando Viktor vuelve a hablar.

—Darren.

Me detengo. No me doy la vuelta.

—Limítate a cobrar la deuda. No compliques esto.

Vio algo. En mi rostro, en la forma en que contemplé su foto durante demasiado tiempo. Me conoce mejor que nadie y vio algo que lo inquietó.

—Entendido.

Me voy antes de que pueda decir algo más.

*****

Avanzo seis cuadras antes de estacionarme a un lado.

La carpeta está en el asiento del copiloto. No la he mirado desde que salí de la oficina de Viktor. No lo he necesitado: su rostro ya está grabado a fuego en mi cerebro. Ojos verdes. Mentón en alto. Pecas que quiero contar.

Debería irme a casa. Dormir unas horas. Presentarme mañana a las nueve de la mañana, frío y profesional, y hacer lo mismo que ya hice doscientas cuarenta y siete veces.

Mis manos ya están abriendo la carpeta.

Ella me observa desde el papel barato del Departamento de Vehículos Motorizados, y algo se tensa en mi pecho. Como un gancho. Como una correa.

Nunca había sentido algo así. Esta… necesidad.

De verla. De saber si es real o si la fotografía miente, si esos ojos de verdad son así de desafiantes, si su piel es tan suave como parece.

No lo entiendo.

No me gusta.

De todos modos, enciendo el motor.

Riverside está a veinte minutos. Me digo que solo voy a hacer un reconocimiento. A inspeccionar el lugar. Preparación profesional para el cobro de mañana.

Estoy mintiendo.

Sé que estoy mintiendo.

Pero ya estoy manejando.