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DIECIOCHO

La medianoche en Brickell posee una cualidad quirúrgica.

A través del cristal de mi despacho, las luces de los rascacielos parecen electrodos clavados en el torso de una ciudad que se niega a expirar.

Observo el reflejo de mi propio rostro, una silueta desdibujada contra el negro del Atlántico.

La quietud de la oficina resulta opresiva tras la tormenta de cifras y sospechas que ha ocupado las últimas horas.

Sofía se ha retirado a su habitación hace escasos minutos. Su ausencia deja un vacío con forma de reproche en el aire. Todavía percibo el rastro de su perfume, una mezcla de gardenia y papel de auditoría que se ha instalado en mi sistema respiratorio.

«¿Por qué confío en ella para localizar a Neva cuando mi instinto ordena sospechar de todos?».

Tomo el teléfono. La pantalla brilla con una frialdad azulada.

Busco el contacto que nunca marco a menos que el suelo bajo mis pies amenace con transformarse en arenas movedizas.

El prefijo de Hungría aparece en el cristal.

Son las seis de la mañana en Budapest. Ella estará despierta, con el vapor del té de tilo empañando sus gafas y esa sabiduría antigua que solo poseen los que sobrevivieron a la ocupación y al hambre.

El tono de llamada suena tres veces. Un ritmo constante que calma mi pulso acelerado.

—Szervusz, Nikolai.

La voz de mi madre llega cargada de una estática que parece viajar a través del tiempo, no del espacio.

—Hola, mamá. Siento la hora.

—La hora no importa cuando el tono de tu voz indica que el mundo vuelve a ser pequeño para ti.

Me dejo caer en el sillón de cuero. El material cruje bajo mi peso, un sonido orgánico en un entorno de metal y algoritmos. Cierro los ojos. Imagino su cocina pequeña, el olor a pan de centeno y la vista de los puentes sobre el Danubio.

—He firmado un acuerdo. —Mi voz suena extraña incluso para mí. Es una confesión disfrazada de informe empresarial—. Una mujer vive en mi casa. Un contrato de convivencia para salvar la firma.

Se produce un silencio al otro lado de la línea. No es una pausa de incomprensión, sino de análisis. Ella conoce mi historial. Sabe que cerré la puerta de mi vida con llave tras el desastre de Nueva York.

—¿Un contrato, Nikolai? —Hay una pizca de ironía en su pregunta—. ¿Desde cuándo el corazón acepta términos y condiciones?

—No se trata del corazón. Es una estrategia. Ella es inteligente, letal con los balances y conoce el nombre de quien intentó destruirme.

—Esa es una descripción excelente para un oficial de inteligencia, no para alguien con quien compartes el techo. —Ella suspira. Escucho el tintineo de una cuchara contra la porcelana—. ¿Cómo te mira ella cuando crees que no te das cuenta?

La pregunta me descoloca. Abro los ojos y observo el lugar donde Sofía estuvo sentada esta tarde.

«Como si yo fuera un algoritmo que no logra descifrar. O una amenaza que desea conquistar».

—Me mira como si fuera un rival digno. Nada más.

—Mientes. Siempre fuiste un pésimo mentiroso conmigo, kisfiam. Si fuera solo una socia, no me llamarías a estas horas para hablar de ella bajo el pretexto de una crisis.

Me levanto de nuevo. La inquietud me obliga a caminar por la estancia. Me detengo frente al escritorio de Sofía. Hay un cuaderno de notas cerrado. Una pluma de plata descansa sobre la superficie. Siento la tentación de tocarla, de buscar el calor de sus dedos en el metal frío. Retraigo la mano.

—Ella es… diferente. —Admitir esto me cuesta un esfuerzo físico real.

Las palabras se atascan en mi garganta—.

No cede. No se asusta ante mis silencios.

Hoy, en la reunión del board, defendió mi gestión con una ferocidad que me desarmó.

Marcus intentó acorralarla y ella le devolvió el golpe con una elegancia que rozó lo sádico.

—Te asusta que sea tu igual.

—Me asusta que su presencia haga que este búnker parezca vacío cuando ella sale de la habitación.

Mi madre suelta una risa breve, una melodía de sabiduría que atraviesa los kilómetros.

—El amor siempre empieza con ese miedo al vacío, Nikolai. Construiste una fortaleza de cristal para que nadie viera tus heridas de Nueva York. Pero el cristal tiene un problema: permite ver el interior si alguien se acerca lo suficiente.

—No es amor. Es proximidad forzada. El acuerdo tiene fecha de caducidad. En unos meses ella se marchará y yo recuperaré mi control total.

—Los contratos se rompen. Las personas, también. Ten cuidado. No dejes que tu necesidad de tener razón te impida ver lo que tienes delante.

Me apoyo en el marco de la ventana. La conversación con mi madre abre una grieta en mi armadura que no sé cómo sellar. Sofía Andrade ha invadido mi espacio y, lo que resulta más peligroso, ha empezado a colonizar mis pensamientos.

—Tengo que colgar. Mañana tenemos una gala. Otra farsa pública.

—Disfruta de la farsa. A veces, actuar es el único camino para descubrir la verdad. Szeretlek, Nikolai.

—Yo también te quiero, mamá.

Cuelgo. El silencio regresa, pero esta vez trae consigo el peso de las palabras de mi madre. Observo el teléfono. Budapest queda lejos, pero la advertencia parece susurrada aquí mismo, en el centro de Brickell.

«¿Y si el acuerdo es solo la excusa para lo que no me atrevo a nombrar?».

Salgo del despacho. El pasillo está sumido en una penumbra azulada.

Paso por delante de la puerta de Sofía. Me detengo un segundo.

El ritmo de mi corazón se altera, una anomalía que mi sistema de control no logra corregir.

No hay luz bajo su umbral. Ella duerme, ajena a la tormenta que acaba de desatar una llamada a Hungría.

Camino hacia mi dormitorio. Me despojo de la chaqueta de sastrería.

La lanzo sobre la silla. Observo mis manos.

Son las manos de un estratega, de un hombre que calcula cada movimiento con años de antelación.

Sin embargo, ahora mismo, no soy capaz de predecir mi propio pulso mañana por la mañana cuando la vea en la cocina.

La ansiedad de la convivencia actúa como una prensa hidráulica sobre mi voluntad. Cada gesto de Sofía, cada réplica inteligente, cada mirada sostenida de forma incómoda me empuja hacia un precipicio que no figura en mis mapas financieros.

«No puedo permitir que ella vea esta grieta».

Me acuesto. El techo de la habitación parece más alto, más frío. Cierro los ojos, pero la imagen de Sofía en la sala de juntas persiste. Su voz firme. Su aroma a gardenia. La forma en que sus dedos rozaron el informe antes de entregármelo.

Mañana será otra batalla. Otro día de esgrima intelectual frente al board y frente a ella. Pero esta noche, bajo el cielo de Miami, la voz de mi madre resuena como una sentencia: el cristal permite ver el interior.

Y Sofía Andrade tiene la vista muy aguda.