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Salimos del edificio de Vargas Capital bajo una lluvia fina que no logra refrescar el ambiente cargado de Brickell.

El trayecto de regreso a Key Biscayne lo hacemos en el coche de Nik.

El silencio en el interior del vehículo es una pausa necesaria tras el estruendo de la reunión del board.

Observo las gotas de agua que resbalan por el cristal, y trazan caminos erráticos que imitan mis propios pensamientos.

«El nombre que encontré anoche. No puede ser casualidad».

Nik conduce con una precisión mecánica, con la vista fija en el asfalto mojado.

Sus manos sobre el volante están relajadas, pero la línea de su mandíbula delata que su mente sigue en la sala de juntas.

Analiza cada palabra de Marcus, cada gesto de sospecha de los socios.

Al llegar a la casa, el vestíbulo nos recibe con su frialdad de piedra caliza, pero hoy el búnker parece menos hostil, como si el conflicto externo hubiera reforzado los muros internos.

—Necesito que veas algo —digo, mientras nos dirigimos al estudio.

Conecto mi tableta a la pantalla de la pared.

El mapa de conexiones que tracé de madrugada aparece iluminado, una telaraña de nombres, fechas y transferencias bancarias que convergen en un solo punto.

Nik se coloca a mi lado, y cruza los brazos sobre el pecho.

Su respiración se acompasa con la mía, y crea un ritmo compartido que me hace consciente de nuestra proximidad.

—Este hombre, Philip Neva. —Señalo una fotografía granulada de un sujeto con aspecto de tiburón corporativo—. Fue mi mentor en Wharton. El mismo que robó mi tesis sobre microfinanzas y la usó para fundar su propia consultora antes de que yo pudiera publicarla.

Nik se acerca a la pantalla, y analiza los datos con una intensidad que me eriza el vello de los brazos.

—Neva aparece como consultor externo en tres de las firmas que intentaron realizar una opa hostil sobre Vargas Capital el año pasado. —Su voz suena como el hielo al romperse—. Y es el mismo nombre que Marcus mencionó en una cena privada hace seis meses como posible enlace para el fondo soberano.

—No es una coincidencia. —Me giro hacia él, y busco su reacción—. Neva se especializa en localizar empresas con brechas de seguridad y forzar su caída para comprarlas a precio de saldo. Él sabe quién filtró la información a Bloomberg. O quizá él mismo pagó para que lo hicieran.

La hostilidad en el estudio alcanza un nivel crítico.

Estamos a escasos centímetros. Puedo ver la cicatriz de su ceja, el rastro del cansancio en sus ojos grises y esa chispa de rabia contenida que lo define.

El subtexto de la escena es una transferencia de poder y confianza que el contrato de convivencia no supo prever.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —Su voz es un susurro que vibra en el aire estático.

—Porque no estaba segura. Y porque el contrato decía que nada de confidencias personales, ¿recuerdas? —Intento recuperar mi tono analítico, pero falla ante su mirada—. Pero ahora… ahora esto es algo más que un negocio. Neva me destruyó una vez. No permitiré que lo haga de nuevo contigo.

Nik da un paso hacia delante, e invade mi espacio vital con una audacia que me quita el aliento.

Siento el calor de su cuerpo, la energía de un hombre que ha decidido que ya no quiere luchar solo.

Su mano se eleva, como si fuera a rozar mi mejilla, pero se detiene a escasos milímetros.

El silencio es absoluto, y está cargado de una emoción no dicha que pesa más que todos los millones que defendimos esta mañana.

—Gracias, Sofía. —El uso de mi nombre de pila, sin apellidos ni títulos, rompe la última barrera de mi búnker personal.

—No me des las gracias todavía. Aún debemos probar que Marcus está implicado.

—Marcus es solo un peón en el tablero de Neva.

El verdadero peligro es lo que ese hombre está dispuesto a hacer para conseguir lo que quiere.

—Él se separa de mí y camina hacia el ventanal—.

Mañana empezaremos la fase dos. Usaremos la farsa de nuestra relación para atraerlo.

Si cree que somos vulnerables emocionalmente, cometerá un error.

Me quedo en el centro del estudio, y observo su silueta contra la bahía de Biscayne.

La irreversibilidad de este momento se asienta en mi pecho.

Al compartir el nombre de mi traidor con él, he entregado la última pieza de mi armadura.

Ya no somos dos socios fingiendo una convivencia.

Somos dos supervivientes que comparten el mismo abismo, y esperan a que el monstruo asome la cabeza para asestar el golpe final.

«Confianza incómoda. Exposición parcial. El principio del fin de nuestra distancia».

Subo a mi habitación con el corazón martilleando en mis sienes.

La casa de Key Biscayne, con sus muros de hormigón y su silencio de lujo, se siente ahora como un hogar herido por la verdad.

Mañana volveremos a la batalla de Brickell, pero hoy, por primera vez, me siento menos sola en este acuario de tiburones.

Y eso, más que cualquier traición de Philip Neva, es lo que más me aterra.