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DIECISÉIS

El aire en la planta sesenta y cuatro de Vargas Capital tiene una temperatura distinta hoy.

No es solo el sistema de climatización de alta eficiencia; es la carga estática que emana de los socios que aguardan en la sala de juntas.

Camino por el pasillo central con Nik a mi lado.

El eco de nuestros pasos sincronizados sobre el suelo de granito suena como una marcha fúnebre para la paz que reinaba antes de mi llegada.

Visto un traje de chaqueta en color cobalto, un tono que proyecta autoridad y que oculta el temblor leve de mis dedos tras el maletín de cuero.

«Primera vez que nos une algo que no es el acuerdo: el nombre del traidor».

Esa certeza pesa más que cualquier informe de auditoría.

Anoche, mientras Nik dormía o fingía hacerlo, mis investigaciones sobre el pasado de Wharton revelaron un patrón inquietante.

El nombre de quien robó mi crédito en el máster aparece de nuevo en los registros de las empresas pantalla que acosan a Vargas Capital.

No es una coincidencia. Es una cacería organizada que lleva años en marcha.

Entramos en la sala de juntas. Marcus preside el extremo opuesto de la mesa, con una expresión de falsa cordialidad que no logra engañarme.

Los otros cuatro socios mayoritarios observan nuestra entrada con el escrutinio de quien evalúa la solidez de una presa antes del ataque.

Nik retira mi silla con un movimiento fluido, un gesto de cortesía que el board interpreta como complicidad personal y que a mí me sirve de anclaje físico.

—Sofía, Nik. Gracias por acudir con tanta celeridad.

Marcus junta las manos sobre la madera oscura.

—Los rumores en Brickell sobre vuestra… estrecha colaboración han llegado a oídos de la prensa especializada. El fondo soberano exige claridad antes de liberar el siguiente tramo de capital.

—La claridad es un concepto que manejo con soltura.

—Abro mi tableta y proyecto los datos de la auditoría en la pantalla principal—.

Lo que el board denomina rumores, yo lo defino como una integración total de intereses.

Andrade Construcciones no solo aporta capital.

Aporta la seguridad que este edificio parece haber perdido.

Nik se apoya en el respaldo de su silla. Su presencia es un bloque de granito a mi lado. Observo cómo su mandíbula se tensa cuando Marcus lanza una mirada de soslayo hacia el anillo de mi mano derecha, un detalle sin importancia que él intenta convertir en un síntoma de debilidad.

—Nos preocupa que la implicación emocional de la señora Andrade nuble su juicio sobre el valor real de Vargas Capital. —Interviene uno de los socios, un hombre cuyo apellido es sinónimo de conservadurismo en Florida—. Una relación personal suele ser el preludio de una negligencia profesional.

—¿Negligencia? —La voz de Nik surge como un latigazo—. Bajo la supervisión de Sofía, hemos detectado tres intentos de intrusión externa que vuestro equipo de seguridad ignoró el mes pasado. Si hay una negligencia aquí, no es emocional. Es operativa.

El silencio que sigue a su declaración es tan pesado que parece que el aire va a solidificarse.

Nik acaba de lanzar un órdago. Ha puesto mi pericia técnica por encima de la lealtad de sus propios empleados, y ha roto una regla de oro de la gestión de equipos.

Marcus entorna los ojos, mientras analiza este cambio de dinámica.

Ya no somos un frente unido por necesidad.

Parecemos una unidad que se defiende con garras y dientes.

—La señora Andrade ha descubierto lo que vuestros expertos no supieron ver.

—El tono de Nik posee una calidez que me estremece—.

La filtración de Bloomberg tiene un origen que pronto podremos demostrar.

Hasta entonces, sugiero que el board se limite a facilitar el acceso a los datos que ella solicite.

«Me está protegiendo. En público. Ante los hombres que pueden destruirlo».

Siento un calor repentino bajo la piel de mi cuello.

No es por la calefacción. Es el impacto de su confianza, una variable que no figuraba en mis proyecciones de riesgo.

Nik Vargas, el hombre que cerró su corazón y su empresa hace siete años tras una traición mediática, acaba de entregarme las llaves de su castillo frente a sus propios generales.

Marcus se levanta de su asiento. Camina hacia el ventanal, y nos da la espalda. La luz de Miami recorta su silueta, una sombra alargada que se proyecta sobre el informe de auditoría.

—Espero que tengáis razón. —Dice sin girarse—. Porque si esta apuesta sale mal, no habrá farsa pública ni apellido Andrade que salve a Vargas Capital de la desintegración total.

La reunión termina con una frialdad que me hiela los huesos.

Los socios abandonan la sala con murmullos de descontento, y me dejan sola con Nik frente a la panorámica de Brickell.

Me dejo caer en la silla, y suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo en mis pulmones.

El pulso me martillea en las sienes, un ritmo caótico que delata mi agitación interna.

Nik se acerca y apoya una mano sobre el respaldo de mi silla. No me toca, pero su proximidad es un ancla en medio de la tormenta.

—Lo has hecho bien. —Su elogio suena a confesión.

—Has arriesgado demasiado. No deberías haberme dado ese nivel de autoridad frente a Marcus. Ahora te culpará a ti de cualquier error que yo cometa.

—Ya me culpa de todo lo demás. Al menos ahora tengo a alguien inteligente al mando de la defensa.

Le miro a los ojos. Hay una chispa de complicidad que trasciende el contrato.

La tensión de los días anteriores ha mutado en una alianza silenciosa, una confianza incómoda que me aterra más que cualquier amenaza de Marcus.

En esta sala de juntas, rodeados de cristales y ambición, me doy cuenta de que el nombre del traidor es solo el inicio de nuestra verdadera historia.