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El espejo del vestidor me devuelve una imagen que no termino de aceptar como propia.

El vestido de seda color medianoche se ajusta a mi cuerpo con una precisión casi quirúrgica, como si cada costura hubiera sido pensada para proyectar una versión de mí que no admite errores.

Me recojo el cabello en un moño firme, conteniendo cada hebra con una disciplina que roza lo obsesivo, aunque sé que la humedad de Miami terminará por romper ese orden en algún punto de la noche.

Siento el peso de las joyas en los lóbulos, una presión constante que me recuerda, a cada movimiento, lo que represento más allá de mí misma.

No es incomodidad, es algo más difícil de definir: una presencia continua, como si llevara encima una responsabilidad que no se puede dejar en ninguna superficie.

Salgo de la habitación y el eco de mis tacones rompe la quietud del piso superior. Bajo la escalera con un ritmo controlado, procurando que el leve temblor de mis manos no se traduzca en mis pasos. No puedo permitirme fisuras antes siquiera de salir de casa.

Nik me espera en el vestíbulo.

El esmoquin negro encaja en su cuerpo con una naturalidad que resulta incómoda de observar.

Está ajustando uno de sus gemelos cuando levanta la vista y me ve.

Se queda quieto un instante, apenas un segundo, pero suficiente para que perciba un pequeño desfase en su control.

No es evidente, nadie más lo notaría, pero está ahí.

—El azul te sienta mejor que el marfil —dice finalmente.

Su tono no es del todo neutro, aunque intenta que lo sea.

—El color no es relevante —respondo, deteniéndome en el último escalón—. Lo que importa es la imagen que proyectamos. ¿Estás listo?

—Siempre lo estoy —contesta, aunque no suena tan inmediato como de costumbre—. Recuerda lo que pactamos.

Da un paso hacia mí y me ofrece el brazo.

—Cercanía constante. Si Marcus detecta distancia, lo convertirá en un problema.

No respondo. Simplemente apoyo la mano sobre su brazo.

El contacto es firme. Más real de lo que debería ser para una actuación.

Salimos. El aire de Key Biscayne arrastra olor a sal y a una tormenta que aún no ha terminado de decidirse.

Durante el trayecto, el silencio no es incómodo, pero tampoco es limpio.

Se instala entre nosotros con un peso extraño.

El espacio del coche resulta demasiado reducido y, en más de una ocasión, su hombro roza el mío.

No es suficiente como para justificar apartarme. Tampoco lo intento.

Al llegar al InterContinental, los flashes estallan en cuanto se abre la puerta.

La luz golpea sin tregua. Nik ajusta la presión de su brazo sobre el mío, acercándome lo justo para que no exista duda sobre la imagen que debemos proyectar.

Desde fuera, el gesto encaja. Desde dentro, tiene otra lectura.

Caminamos por la alfombra roja sin detenernos. Las preguntas de los reporteros apenas llegan a convertirse en ruido de fondo. Todo está enfocado en el mismo punto: el salón donde se decide lo importante.

Al entrar, el murmullo nos rodea. Las miradas son inmediatas. Entre ellas, la de Marcus, fija, analizando cada detalle, esperando algo que no pienso concederle.

—Sonríe —murmura Nik cerca de mi oído.

—Gestiono mi sonrisa —respondo sin mirarle—. No la desperdicio.

Nos movemos entre grupos con una coordinación que no hemos ensayado, pero que funciona. Nik habla con precisión, introduce datos, elimina dudas antes de que se formulen. Yo complemento, ajusto, cierro lo que queda abierto. La dinámica es eficiente.

Demasiado eficiente.

Porque en algún punto dejo de centrarme en el contenido de lo que decimos y empiezo a notar la forma en que lo hacemos.

La mano de Nik en mi espalda no se retira con la rapidez que sería estrictamente necesaria.

Tampoco la aparto yo. No hay motivo objetivo para hacerlo, pero tampoco lo hay para mantenerla ahí tanto tiempo.

Cuando encontramos un momento de relativa privacidad junto al ventanal, el cambio de escenario no aligera la sensación de presión.

—No esperaba que te adaptaras tan rápido —dice él, mirándome con atención.

—No me adapto. Ejecuto —respondo, aunque mi voz no sale tan limpia como debería.

Permanece en silencio un instante, evaluando algo que no expresa.

—Estás cansada.

No es una pregunta. Tampoco una observación estratégica.

—Estoy concentrada —corrijo.

No aparta la mirada. Y eso me obliga a sostenerla más de lo necesario.

La orquesta cambia de ritmo y, antes de que pueda añadir nada más, alguien sugiere la pista de baile. Nik no consulta. Simplemente me guía.

El centro del salón queda expuesto. Las miradas vuelven, más directas. Su mano se coloca en mi cintura y la mía en su hombro. La distancia inicial es la adecuada, perfectamente alineada con lo que se espera.

El movimiento comienza de forma controlada. Cada paso encaja dentro de lo previsto.

Hasta que deja de hacerlo.

Nik reduce la distancia de forma gradual. No es un gesto brusco. Es casi imperceptible. Lo suficiente para que yo lo note.

No me aparto.

Debería hacerlo.

No lo hago.

—Esto no estaba en el acuerdo —digo en voz baja, manteniendo el ritmo.

—El acuerdo no contemplaba esto —responde él.

—¿Esto qué?

No contesta de inmediato. Su mano se ajusta ligeramente en mi cintura, sin llegar a apretar.

—Que no quieras apartarte.

La frase me deja sin respuesta durante un segundo más largo de lo conveniente.

—No estoy— —empiezo.

Y me detengo. Porque no tengo una respuesta clara. Y él lo nota. Ese es el error.

Mi error.

La música continúa y giramos. Mis dedos se tensan sobre su hombro sin que pueda evitarlo. Él inclina levemente la cabeza, acercándose lo suficiente para que solo yo pueda escucharle.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Dudar.

El tono no es duro, pero tampoco es suave. Es directo.

Eso me devuelve al eje.

—No dudo. Evalúo —respondo, esta vez sin interrupciones.

Pero mi respiración ya no es estable.

Y él es consciente de ello.

El final de la pieza llega y nos detenemos. Su mano permanece en la mía un instante más de lo necesario. Las cámaras captan el gesto. Desde fuera, funciona. Desde dentro, deja una sensación difícil de ignorar.

Regresamos a la mesa. Marcus sigue observando. No parece satisfecho, pero tampoco ha encontrado una grieta clara. Eso significa que la actuación ha funcionado.

La noche continúa entre conversaciones y apariencias que se sostienen con precisión. Cuando finalmente salimos, el aire exterior resulta denso. La lluvia empieza a caer antes de llegar al coche.

Dentro, el silencio es distinto al de la ida.

Más pesado.

Nik conduce sin hablar. La forma en que sujeta el volante no es relajada, aunque intenta que lo parezca. No necesito mirarle para saberlo.

Al llegar a casa, entra primero. Se quita la chaqueta y la deja sobre el sofá sin cuidado. No es habitual en él.

Eso es lo que me hace detenerme un segundo.

Me quito los tacones con lentitud, sintiendo el contacto frío de la piedra bajo los pies.

—A primera hora —dice al fin.

No me mira.

—Sí.

Subo las escaleras sin añadir nada más. Al cerrar la puerta de mi habitación, apoyo la espalda contra la madera y respiro despacio. El baile no ha sido un error técnico. Ha sido algo más complicado de clasificar.

Y eso es lo que no encaja.

El vestido cae al suelo sin cuidado. El aroma de su colonia permanece en la tela. Y no desaparece. Aunque lo intente.