ONCE
—Marcus no ha venido por las pastas. —Ella recoge las tazas con un movimiento eficiente—. Ha venido a marcar territorio. Cree que el acuerdo con mi familia es una amenaza para su influencia.
—Marcus sospecha de todo desde que la filtración de Bloomberg nos puso en el punto de mira. —Respondo sin girarme—. No confía en nadie. Ni en mí.
—La desconfianza es contagiosa en este sector. —Sofía se coloca a mi lado y observa el horizonte—. Pero ha funcionado. Esa mirada al salir… estaba convencido de que hay algo real entre nosotros.
«Real. Qué palabra tan extraña para este simulacro».
Giro el cuerpo para enfrentarla. La luz resalta la palidez de su piel y la intensidad de sus rasgos.
Estamos a menos de un metro. La tensión es ahora una constante, una vibración que recorre el espacio entre nuestros cuerpos.
Sofía no baja la mirada. La sostiene con una firmeza que me obliga a reconocer su superioridad en estas confrontaciones.
Noto cómo sus dedos aprietan el borde de la bandeja, un fallo mínimo en su control que me satisface y me inquieta por igual.
—Ese es el problema. —Mi voz es un susurro cargado de advertencia—. Si él lo cree, el board lo creerá. Y si lo cree, la inversión de los Andrade quedará ligada a nuestra relación personal. Si rompemos antes de tiempo, el daño será irreversible.
—Entonces no romperemos. —Ella da un paso hacia delante e invade mi espacio con una audacia que me desarma—. Mantendremos la farsa el tiempo necesario. He pasado años construyendo mi nombre y no permitiré que un socio paranoico lo destruya.
Observo sus labios, el movimiento preciso de sus palabras.
Hay una lógica implacable en su discurso que debería tranquilizarme, pero que solo aumenta mi inquietud.
Sofía Andrade no busca mi aprobación; busca mi complicidad en un juego donde las reglas cambian a cada segundo.
Siento el calor que desprende su cuerpo, una presencia que nubla mi juicio.
—Tu padre me llamó anoche —confieso.
El subtexto de la noticia cae entre nosotros.
Sofía se tensa. Su respiración se detiene un instante antes de recuperar un ritmo forzado. Se cruza de brazos, una postura defensiva que delata su malestar ante la intrusión de su familia en nuestro búnker. Tarda tres segundos exactos en responder.
—Mi padre busca la paz a través de los negocios. —Suspira—. Cree que casarme contigo es la solución a sus problemas de sucesión.
—¿Y tú qué crees?
Ella guarda silencio. El rumor de las olas es el único sonido que llena la casa. Su mirada se vuelve introspectiva, mientras analiza una variable que no cuadra. Me acerco un centímetro más, desafiándola a retroceder. No lo hace.
—Creo que los dos sabemos que esto es un negocio. —Responde al fin con una frialdad que parece impostada—. Pero también creo que este lugar empieza a resultarme pequeño.
Se da la vuelta y camina hacia la escalera con una determinación que corta la conversación.
La observo subir. El movimiento de la seda acompaña cada paso.
Sofía es una invasora que ha conquistado el territorio más sagrado de mi vida: mi privacidad.
Y lo peor no es la invasión, sino el hecho de que no siento la necesidad de expulsarla.
Me quedo solo en la cocina. Recojo la caja de pastas y la tiro a la basura con un gesto brusco.
No quiero nada que me recuerde su visita ni la farsa que nos obliga a representar.
Tomo mi ordenador y abro los registros de seguridad.
Hay algo que no encaja. Ella tiene razón: la filtración fue interna, pero el rastro no conduce a Marcus.
Conduce a un punto muerto que me aterra más que cualquier traición conocida.
«Alguien ha borrado las huellas con una maestría que solo yo debería poseer».
Siento una punzada de sospecha. El peligro no está solo en las oficinas de Brickell o en las cenas del board.
El peligro está aquí, entre los datos que comparto con ella.
Sofía podría ser mi única salida o el mayor error de mi carrera.
Es la única persona capaz de ver las grietas que intento ocultar al resto del mundo, y esa proximidad es una debilidad que no sé cómo gestionar.
Subo a mi despacho y me encierro. La luz del mediodía inunda la estancia, pero mi mente está sumida en una penumbra de dudas.
Abro el expediente de FinFlow y cruzo referencias de nuevo.
Cada cifra, cada log de acceso. Necesito recuperar el mando antes de que la farsa nos devore a ambos.
Mi capacidad de análisis lucha contra la distracción de su presencia un piso más abajo.
Horas después, el sonido de su puerta al abrirse me saca de mi letargo.
La escucho bajar las escaleras. Su ritmo es constante, seguro.
Imagino su expresión, su mirada de acero.
Ella es la pieza que no encaja en mi soledad.
Mientras escucho sus pasos, me doy cuenta de que la caída ya es un hecho.
Mi vida, tal como la conocía, ha dejado de existir.
La tensión que nos une es ahora el único motor. Me preparo para el siguiente asalto. Porque en este juego, el primero que admita su debilidad perderá todo.
Demasiado tarde. Ella ya está dentro. Y esta vez no sé cómo sacarla de mi sistema.