DIEZ
El sonido del timbre corta el silencio de la casa con una precisión que resulta casi violenta.
No espero visitas. En Key Biscayne, las interrupciones a esta hora no suelen traer nada útil.
Miro el monitor de seguridad en la cocina.
La imagen muestra a Marcus, apoyado con una comodidad que no le corresponde en mi entrada.
Lleva una chaqueta informal y sostiene una caja de una pastelería de Coconut Grove.
La sonrisa no es amable. Es la de alguien que ha decidido comprobar algo por sí mismo.
«Marcus no se mueve sin un motivo».
Giro la cabeza hacia la escalera. Sofía baja en ese instante.
La bata de seda color perla se ajusta a su cintura con un nudo imperfecto.
El cabello suelto, ligeramente encrespado por la humedad, rompe la imagen calculada que proyecta en cualquier sala de juntas.
No hay preparación en ella ahora mismo. Eso es lo que la vuelve peligrosa.
Aparto la vista antes de quedarme mirando más de lo necesario.
—Es Marcus —digo—. Está en la puerta.
Sofía se detiene un segundo en el último peldaño. No es una pausa larga, pero existe. Lo suficiente para que yo la note. Luego baja el resto de la escalera con normalidad, ajustándose la bata como si nada hubiera cambiado.
—Abre —dice en voz baja, ya moviéndose hacia la cocina—. Si tardamos, va a pensar que dudamos.
No discuto. Camino hacia la puerta. Cada paso resuena más de lo que debería. Abro y el calor de fuera entra con Marcus, que cruza el umbral sin esperar invitación.
—Nik, espero que no sea demasiado temprano para un café.
—¿Qué haces aquí?
No suavizo el tono. Él tampoco parece esperar que lo haga.
—Me preocupaba tu silencio después de la cena —responde—. El board está satisfecho, pero ya sabes cómo soy. Prefiero ver las cosas por mí mismo.
Se detiene en seco al llegar al salón. Ve a Sofía. La observa. No de forma disimulada. Demasiado tiempo.
—Vaya —añade—. Parece que la situación es más… estable de lo que imaginaba.
Sofía levanta la taza con calma. Su expresión no cambia, pero su forma de sostener el gesto es distinta a la de hace unos minutos. Más medida.
—Buenos días, Marcus —dice—. No sabía que vendrías sin avisar.
Se acerca. No acelera. No duda. Se coloca en el espacio con una naturalidad que roza lo ensayado.
—¿Las pastas son para compensar la intromisión o forman parte del interrogatorio?
Marcus sonríe, pero no responde directamente. Deja la caja sobre la mesa y sigue observándonos.
Me sitúo junto a Sofía. Paso la mano por su cintura. El gesto sale antes de pensarlo. Ella tarda un instante en reaccionar. Muy leve. Pero está ahí. Lo noto. Marcus también. Lo sé por la forma en que afina la mirada.
Sofía se acerca un poco más a mí, apoyándose con firmeza. No repite el fallo. Pero ya ha existido.
Mantengo la mano donde está, sin corregirlo.
—Sofía se ha instalado aquí temporalmente —digo—. Necesitamos agilizar la auditoría y evitar movimientos innecesarios entre la ciudad y la isla.
Marcus asiente despacio, como si procesara más de lo que oye.
—Claro. Eficiencia. Tiene sentido. —Se sirve café sin pedir permiso—. ¿Desde cuándo exactamente?
—Desde que el tiempo dejó de ser flexible —responde Sofía antes de que yo lo haga—. Y desde que entendimos que trabajar por separado no tenía sentido.
Marcus no aparta la vista de ella.
—Interesante. —Da un sorbo—. ¿Y cómo está funcionando esa… adaptación?
—Sin errores —dice Sofía.
La respuesta es demasiado limpia. Lo noto. Marcus también.
—Eso suena optimista —replica él—. Nik no es precisamente fácil de integrar.
Sofía gira ligeramente la cabeza hacia mí, como si esa frase fuera un comentario compartido.
—No necesito integrarlo. Solo entender cómo trabaja.
Hay un silencio breve. No cómodo. Marcus lo deja estar unos segundos más de lo necesario.
—¿Y tú, Nik? —pregunta al fin—. ¿Te resulta igual de sencillo?
No respondo de inmediato. No porque no tenga qué decir, sino porque estoy midiendo la respuesta. Marcus lo ve. No se lo pierde.
—Funciona —digo al final—. Eso es lo único relevante.
—Claro.
No insiste. Eso es peor.
Durante los minutos siguientes, la conversación se mantiene en ese terreno inestable.
Marcus pregunta por los servidores, por los protocolos, por el acceso a la información.
Sofía responde con precisión. Demasiada.
No comete errores técnicos. Pero en un par de ocasiones, nuestras respuestas no encajan del todo en el ritmo.
Nada evidente. Nada que un tercero detectaría con facilidad. Marcus sí.
Lo veo en la forma en que deja de mirar el café y empieza a mirarnos a nosotros.
En un momento, al pasarle el azúcar, nuestras manos se rozan. No es deliberado. Pero ninguno de los dos retira el contacto de inmediato. Medio segundo. Quizá menos. Es suficiente para que el ambiente cambie.
Marcus no dice nada. Solo observa.
—Debo irme —anuncia finalmente, dejando la taza—. El mercado no espera a los que desayunan con calma.
No parece convencido. Tampoco derrotado.
—Sofía, ha sido interesante verte en este contexto.
—El contexto siempre define la interpretación —responde ella.
Marcus asiente, pero su mirada no es la de alguien que da por cerrada la situación.
Le acompaño a la puerta. Antes de salir, se detiene. Me mira sin la sonrisa habitual.
—Ten cuidado, Nik.
No añade nada más durante un segundo.
—No pareces cómodo —continúa—. Y cuando tú no estás cómodo, alguien más suele estarlo demasiado.
No espera respuesta. Se va.
Cierro la puerta y me quedo apoyado en ella un instante. El silencio vuelve, pero no es el mismo de antes. Es más denso. Más consciente.
Regreso a la cocina. Sofía está sentada, mirando hacia el mar. No se mueve al oírme entrar.
—Lo has manejado bien —digo.
No suena como un elogio.
—No había otra opción —responde sin girarse—. No se lo ha creído del todo.
Me acerco. Me detengo detrás de ella. La distancia no tiene sentido ahora mismo, pero tampoco encuentro una forma clara de romperla.
Sofía se gira. Me mira. Esta vez no hay solo control. Hay algo más incómodo. Más real.
—Ha visto el fallo —añade.
No necesito que especifique cuál.
—Lo hemos corregido.
—No del todo.
Su mirada baja un instante hacia mi mano. Luego vuelve a subir.
—La próxima vez no será tan fácil.
Asiento.
No debería haber funcionado. No así. No con ese margen de error. Y, sin embargo, ha sido suficiente. Eso es lo que más me preocupa. Porque significa que estamos empezando a depender de algo que no está en el acuerdo.
El aire se queda quieto entre nosotros, como si la casa entera estuviera esperando el siguiente movimiento. Y ninguno de los dos parece tener claro cuál debería ser.