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La luz del amanecer en Key Biscayne no tiene piedad.

Se filtra por el ventanal con una claridad demasiado limpia, casi agresiva, que me obliga a abandonar las sábanas antes de que el cuerpo termine de decidir si quiere levantarse o no.

Son las seis y cuarto. Mi organismo, acostumbrado al ritmo de Manhattan, exige movimiento, decisiones, ruido.

Aquí no hay nada de eso. Solo una calma excesiva que no consigo interpretar como descanso.

El Atlántico está en calma, una balsa de aceite azul que oculta corrientes que no se ven desde la superficie. Me quedo unos segundos mirando el horizonte, sin saber exactamente qué busco en él.

«Como nosotros. Una calma que no explica lo que hay debajo».

Me levanto y me calzo las sandalias. En el espejo, mi reflejo no es el de alguien que ha dormido.

El evento en el Pérez Art Museum anoche fue impecable en términos estratégicos, pero mi cuerpo no parece haberlo procesado igual.

Hay una rigidez en mis hombros que no logro relajar, una tensión que no desaparece con agua fría ni con disciplina.

La sensación de la mano de él sobre la mía sigue ahí, como si la piel hubiera decidido registrar algo que la mente preferiría archivar.

No fue un contacto profesional. Tampoco un error. Y eso es lo que más me incomoda.

Salgo al pasillo. El olor a café ya está presente, lo que significa que Nik lleva despierto más tiempo del que debería.

Bajo las escaleras sin prisa, ajustando la expresión antes de entrar en la cocina.

Él está en la isla, como si ese fuera su lugar natural dentro de la casa.

Viste ropa deportiva oscura, algo que rompe la imagen que tengo de él en Brickell.

Demasiado relajado para alguien que no se permite perder el control.

—Siete minutos antes de la hora pactada, Sofía.

Su voz arrastra el sueño, pero no la intención. Me acerco a la cafetera sin mirarlo directamente.

—Prefiero anticiparme a tener que reaccionar tarde. —Sirvo el café con precisión—. He pasado la noche revisando tus protocolos de acceso. Tienes brechas que no deberían existir.

No añado nada más. El líquido caliente me ayuda a mantener las manos firmes.

—No has dormido.

No lo pregunta. Me observa. Siento esa atención sin necesidad de levantar la vista.

—Dormir no es una prioridad cuando hay un apellido en juego. —Bebo un sorbo—. ¿Dónde está el borrador del acuerdo?

Nik desliza la carpeta sobre la encimera. No responde de inmediato. Me doy cuenta de que espera algo más que una lectura técnica, aunque no sé exactamente qué.

Abro el documento. Lo que encuentro no es un contrato de convivencia. Es una estructura cerrada, casi quirúrgica, de todo lo que implica compartir un espacio con alguien como él. Horarios, rutinas, límites, exposición.

—Esto no es un acuerdo —digo, sin apartar la vista del papel—. Es un sistema de control.

Cuando levanto la mirada, él está más cerca. No he visto el momento en el que ha reducido la distancia. Su presencia es inmediata, demasiado presente para ignorarla.

—Es la única forma de evitar fisuras —responde—. Marcus no se va a quedar con la escena del museo. Vendrá aquí. Va a mirar detalles. Va a buscar contradicciones. Si esta casa no respira coherencia, no nos creerá.

Apoya las manos en el mármol, cerrando el espacio a su alrededor de una forma que no es del todo física, pero tampoco simbólica. Me quedo donde estoy. Retroceder ahora sería admitir algo que no pienso conceder.

—¿Y eso implica que tenga que dejar rastro de mí en cada rincón? —pregunto.

—Implica que, si alguien entra, no dude ni un segundo —responde sin apartar la mirada—. Que no tenga que interpretar nada.

Hay un segundo de silencio. Uno incómodo. No elegante. Me doy cuenta de que estoy midiendo la distancia entre su respiración y la mía, y eso me irrita lo suficiente como para reaccionar más tarde de lo que debería.

—No necesito ensayar convivencia para sostener una estrategia —respondo, pero la frase no sale tan limpia como esperaba—. Lo que necesitamos es encontrar al traidor.

Nik no responde enseguida. Hay una pausa mínima. La noto. No es su forma habitual de gestionar una réplica.

—Y para encontrarlo, necesitas tiempo —dice al fin—. Tiempo que no tendremos si Marcus decide adelantarse.

Cierro la carpeta con más fuerza de la necesaria.

—Quiero acceso total a los registros de llamadas de los últimos tres meses —añado—. Si alguien ha sacado esa información, dejó rastro. Puede que no en los logs, pero sí en el comportamiento.

La mandíbula de Nik se tensa. No discute el fondo. Eso es lo que me confirma que he acertado.

—Eso no sale de aquí —dice.

—No necesito que salga.

—Ni siquiera a tu padre.

Le sostengo la mirada. Hay algo en el tono que no es solo control. Es otra cosa. Desconfianza, sí, pero también una forma de exposición que no esperaba ver tan pronto.

—Mi padre no necesita saberlo —respondo.

Esta vez asiente sin insistir más.

Las horas siguientes pasan en el estudio. El trabajo es limpio, demasiado limpio. Los accesos no muestran fallos evidentes. Las rutas están cerradas, los permisos bien definidos. Todo encaja. Demasiado. No hay ruido. Y eso es lo que no encaja.

Cuando salgo, necesito aire. Encuentro a Nik en el salón, rodeado de papeles. No es habitual verlo así. Hay documentos fuera de sitio, páginas superpuestas, un orden roto que no le corresponde. Se da cuenta de mi presencia tarde. Eso tampoco es habitual.

—Los números no cuadran —digo.

Él reacciona recogiendo los informes con rapidez, como si hubiera dejado algo expuesto sin darse cuenta.

—Los números siempre cuadran.

—No en este caso.

Me siento frente a él. Esta vez no mantengo la distancia habitual. No es una decisión consciente. Simplemente no la tomo.

—Alguien ha usado una cuenta de administrador —añado—. No ha sido externo. Esto no es un ataque. Es una entrega.

Nik pasa la mano por su rostro. El gesto no es elegante. Es rápido. Casi incómodo.

—Marcus cree que he sido yo.

No esperaba que lo dijera así. Sin rodeos. Eso me obliga a reajustar mi lectura de la situación.

—Es una hipótesis que le beneficia —respondo.

—También le da margen para actuar.

—Entonces no podemos darle ese margen.

Señalo la carpeta.

—Firma el acuerdo. Hacemos esto oficial. Si alguien está jugando dentro, tendrá que moverse cuando cambie el tablero.

Nik coge la pluma. No firma de inmediato. Ese segundo de pausa es suficiente para confirmar que esto no es solo una decisión empresarial para él.

Me mira. Busca algo. No sé exactamente qué. No se lo doy.

Firma.

El trazo es limpio, rápido. Sin vuelta atrás.

Cuando deja la pluma, se recuesta en el sofá. No dice nada durante unos segundos. Me observa con una atención distinta. No evaluadora. Más directa. Eso me incomoda más que cualquier discusión anterior.

—Traerán tus cosas —dice al final—. Quiero que esto parezca real.

—Lo parecerá.

Me levanto. Necesito moverme, salir de ese punto concreto del salón donde todo se ha concentrado demasiado rápido.

Al pasar junto a él, no me toca. No hace falta. La cercanía basta para que mi cuerpo reaccione antes de que mi cabeza lo procese. No me detengo. Tampoco acelero.

—Buenas noches, socia —dice.

Asiento sin responder.

Subo las escaleras sin mirar atrás. El corazón no sigue un ritmo estable. No es miedo. Tampoco es exactamente nervios. Es otra cosa. Algo que no encaja con la forma en que gestiono el resto de variables.

Cierro la puerta de la habitación y apoyo la espalda contra ella. Respiro. Una vez. Dos. El acuerdo está firmado. Eso debería ser lo único relevante. No lo es.

Lo que más me inquieta no es el traidor ni la filtración ni el impacto en el mercado. Es la forma en que esta convivencia está desplazando el centro de gravedad de todo lo demás.

No debería importar. Y, sin embargo, importa.

Me alejo de la puerta y apago la luz. Esta vez no intento analizarlo. No sirve de nada. Hay cosas que no responden a un modelo lógico, por mucho que intente encajarlas en uno.

El error no ha sido firmar y pensar que esto iba a ser solo un acuerdo.