TRECE
La música de la orquesta llena el salón del InterContinental con una cadencia clásica que invita al movimiento.
Nik me conduce hacia la pista con una seguridad que no admite réplica.
Siento las miradas del board clavadas en nuestras espaldas, evaluando cada centímetro de distancia entre nosotros.
Al llegar al centro, él me rodea la cintura con la mano y yo apoyo la mía sobre su hombro.
Siento la tensión de sus músculos bajo la tela del esmoquin.
«Demasiado cerca. Esto no estaba en los términos del contrato».
El baile es lento, una coreografía de aproximaciones y retiradas que pone a prueba mi resistencia emocional.
Nik me acerca un centímetro más de lo estrictamente necesario para la farsa pública.
No me aparto. Mi cuerpo se ajusta al suyo con una facilidad que no había previsto, y eso me incomoda más que el propio contacto.
El aroma de su colonia se mezcla con el aire de la gala, y crea una burbuja que reduce el resto del salón a ruido de fondo.
Aun así, sé que Marcus sigue observando.
—La conversación que tuvimos en la cocina anoche… —empieza él. Su voz es apenas un susurro.
—No hubo conversación. —Le interrumpo con firmeza—. Hubo un intercambio de necesidades biológicas. No confundas la falta de sueño con otra cosa.
Él no responde de inmediato. Su mano se mantiene firme en mi espalda.
—Tu capacidad para negar la evidencia es fascinante. —Dice al fin—. Pero el board no solo mira nuestras cifras. También observa lo que no decimos. Y ahora mismo estás más pendiente de esta distancia que de mantenerla.
Le sostengo la mirada sin ceder.
—Estoy pendiente de Marcus. Está hablando con el representante del fondo soberano. Eso sí es un problema.
Nik me hace girar. El movimiento me obliga a acercarme más de lo que había calculado. Durante un segundo, mi mano se aferra a él con más fuerza de la necesaria. Me doy cuenta tarde.
—Marcus ya tiene lo que quería —murmura—. Duda. Y la duda siempre le beneficia.
—Entonces no le demos más.
—A veces no hace falta dárselo. —Responde—. Basta con no saber esconderlo.
El baile termina. Nik mantiene mi mano un segundo más, un gesto breve que varias cámaras captan antes de que la suelte. Regresamos a la mesa con la sensación de haber pasado una prueba, aunque el margen de error se ha reducido.
Marcus se acerca al final de la noche, con una copa vacía y una expresión difícil de leer.
—Una actuación soberbia —dice—. Si no supiera que Nik odia compartir su espacio, juraría que habéis encontrado la armonía perfecta.
—La armonía es el resultado de una negociación exitosa, Marcus —respondo, y recupero mi tono habitual.
Él sonríe, pero su mirada se detiene un segundo más en nosotros.
—Curioso —añade—. Porque Nik no comparte espacio con nadie.
Nik no tarda en responder.
—Hasta ahora.
El silencio que sigue es breve, pero suficiente.
Nos retiramos de la gala cuando la medianoche ya ha pasado.
El regreso a Key Biscayne en su coche es un viaje contenido.
La lluvia golpea el parabrisas con fuerza, y reduce el exterior a una masa indistinta.
Observo su perfil bajo la luz del salpicadero.
Su expresión es neutra, pero la tensión en sus manos no lo es.
Al llegar a casa, el vestíbulo nos recibe con su frialdad habitual. Me quito los tacones con un suspiro de alivio, y siento la piedra bajo mis pies. Nik se quita la chaqueta y la deja caer sobre el sofá sin cuidado.
—A las siete —dice.
—A las siete.
Subo las escaleras sin añadir nada más.
Al llegar a mi habitación, cierro la puerta y me apoyo en ella. Mi respiración tarda unos segundos en estabilizarse. La gala ha funcionado. Demasiado bien.
Me quito el vestido de seda y lo dejo caer. El aroma de él permanece en la tela.
Eso no formaba parte del acuerdo.