Capítulo 47 — Lola
Mientras la mitad de Cádiz sigue en el paseo marítimo dando palmas y cuchicheando lo que acaba de pasar en la tarima, subo la cuesta con Itziar buscando el tramo de arena más oscuro.
Mis gemelos laten duro; llevo nueve horas seguidas cargando bandejas de cincuenta kilos de salmorejo y servilletas de papel, con unos taconcillos baratos que me oprimen los dedos gordos hasta dejármelos adormecidos.
Todavía me arde la boca del beso de hace un rato delante de media Cádiz, y no me arrepiento ni de una coma.
Ella camina a mi lado con la espalda tiesa, cansada de sostener la carpeta de broche metálico con la que ha coordinado la logística de los doce puestos de comida.
Marcos ya tiene su contrato renovado sin fecha de caducidad y su asunto con Alba resuelto ante trescientas personas.
La tensión se me descarga de golpe en el estómago en forma de un vacío frío y, sin hablar, bajamos por la rampa donde la luz de las farolas de sodio ya no alcanza.
—Ha sido hermoso —dice Itziar. Tiene la voz rasposa de llevar todo el día dando órdenes por el walkie. Se sienta en seco sobre la arena mojada, aplastando las costuras de un vestido verde de crepé que sé que guardaba para una ocasión que nunca llegaba—. Lo de tu primo. La escenografía con Alba.
—Sí —digo. Me dejo caer a su lado. Me desabrocho las tiras de polipiel con la mano derecha tiritando de puro cansancio y aplasto las plantas de los pies, calientes y sudadas, contra la arena húmeda.
El contraste me arranca un escalofrío que me sube por las espinillas—.
No lo había visto así. Desarmado. El chiquillo no es de los que enseñan el pecho.
—El miedo a perder a alguien te rompe las capas —dice. Su cara parece más pequeña sin la luz del escenario, relajando esa tensión de la mandíbula que le sale cada vez que repasa un horario—. Lo sé bien.
Trago saliva. Apoyo la frente un segundo en su hombro, oliendo el rastro de perfume caro mezclado con el humo de la cocina y la brisa marina.
Enfrente, el Atlántico no suena a nada; es un charco negro y espeso que no mueve ni una holita, plano como la chapa de un estante.
Después de las tres semanas de Levante embestido contra los cristales de la terraza, este silencio pesa en las orejas como si nos hubieran metido en un pozo de aceite.
—Yo no he montado ningún circo por ti —digo.
La voz me sale rasposa, apretada por una duda rápida que me punza el pecho, pensando en la diferencia entre una cocina entera volando por los aires y mi costumbre de dejar las cosas importantes a medias por no saber decirlas—.
Marcos se ha puesto a cocinar delante de todo el mundo.
Yo ni siquiera me acordé de comprarte unas flores en la plaza.
—No me hace falta ninguna cocina, chocho —dice ella, girando el cuello. Se ríe apenas, con esa «s» suave que se le nota cuando baja las defensas—. Ya me rompiste el esquema desde la primera llamada. Me hiciste soltar el freno que llevaba un año apretando en la agencia. Eso no lleva focos.
Meto los dedos en el bolsillo interior del bolso de mano, donde llevo las tres llaves de mi casa, hasta dar con la cajita de cartón barato. La compré el martes pasado en el puesto del Pópulo tras media hora dando vueltas, dudando si era una cutrez que daría vergüenza enseñar.
—Toma, una tontería —digo, pasándosela sin mirarla a los ojos, sintiendo cómo el cuello se me pone rojo de bochorno—. La vi en el puesto de artesanía. Pensé en ti. En que se te ha quedado un pedazo metido en este barro, aunque dentro de tres días tengas que volver a Bilbao a cerrar el trimestre.
Itziar mira el alambre plateado con el dije del ancla entre las yemas de los dedos.
Tiene las uñas impecables, cortas pero limadas, marcando la diferencia con mis nudillos manchados de grasa de freidora.
Aprieta los labios hasta dejarlos blancos y los ojos se le llenan de un agua brillante que no llega a escurrir por las mejillas.
—No es ninguna tontería —dice ella. Me tiende la muñeca izquierda, donde el pulso le va a mil—. Ponmela.
Le paso la cadena fina por la muñeca. Mis dedos, torpes y endurecidos de limpiar planchas de acero, tardan diez segundos enteros en enganchar el mosquetón en el último eslabón.
Siento la tibieza de su piel, la vibración suave del hueso del radio.
Cuando suelto el broche, ella se pasa la otra mano por la plata como si estuviera contando los eslabones uno a uno.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —pregunto. Se me encoge algo por dentro con la misma angustia de no saber que le vi a Alba en los ojos esta tarde antes del número de la tarima—. Cuando recojas la carpeta, entregues los pases del ayuntamiento y se acabe el contrato de la agencia.
—Aún me quedan dos clientes en la zona —dice ella.
Me coge la mano derecha, apretando justamente el callo que tengo en el nudillo del dedo índice—.
Y hay un Alvia que sale de Santa Justa a las seis de la mañana y te deja en Abando antes de comer.
Unas horas de tren no son nada. Cádiz no se mueve de aquí y tú tampoco.
Me basta eso. Sin discursos de diez minutos, sin aplausos de trescientas personas ni focos de quinientos vatios recalentándonos la nuca.
Su mano aprieta la mía con la fuerza de quien sostiene una maleta pesada en el andén, con el ruido leve del agua contra la orilla limpia y la seguridad de que lo nuestro, aunque no salga en los periódicos locales, pesa lo mismo que cualquier historia ruidosa.
—Chocho, estamos echando una baba que no es normal —digo, echando una carcajada corta para sacudirme el nudo que me atascaba.
—Una baba monumental —contesta ella, dejando escapar un resoplido de risa—. Pero da igual.
Saco el móvil del bolsillo trasero del pantalón.
Le queda un doce por ciento de batería. Separo los auriculares del cable liado, le paso el izquierdo y me meto el derecho en la oreja.
Es la misma maniobra torpe de la primera mañana en la terraza del restaurante, cuando repasábamos horarios de luz entre dos ceniceros.
Ella coge el plástico blanco sin pensarlo dos veces y yo paso tres canciones en la pantalla rayada hasta marcar el tema de Gianni Morandi.
En esta noche sin una ráfaga de aire, los violines suenan limpios.
—Otra vez la mismita —dice ella, inclinando la cabeza hasta apoyarla en la muesca de mi hombro—. Te la oigo tararear hasta cuando friegas las fuentes.
—Cántala tú, si tienes cojones.
No da ni una nota en su sitio. Desafina en la segunda frase, atranca las vocales en un italiano inventado que suena al norte y se frena a la mitad para soltar una risita contra mi cuello.
Lejos de la elegancia estirada de las reuniones con los patrocinadores, su voz rota resulta más sincera que cualquier papel firmado que llevemos en la carpeta.
Nos quedamos en la arena veinte minutos más, quietas, viendo la línea oscura del mar mientras al fondo, por el paseo de Santa María del Mar, van apagando las luces de los puestos y el metal del ancla brilla un poco con el reflejo de la luna.
Dos tías que empezaron escribiéndose doce folios de PDF por cuatro enchufes y por los minutos de luz de la tarde, y que ahora están aquí tiradas, sin saber muy bien en qué momento exacto se les rompió el cálculo.