Contigo ni de coña Epílogo — Alba
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Epílogo — Alba

Han pasado cuatro meses exactos desde la gala.

La Casa del Pirata ya no huele solo a la fritura rancia que se impregnaba en mi ropa durante los primeros días de trabajo; hoy huele a cal viva, a masa de yeso fresca y al sudor de cuatro obreros que silban a todo pulmón.

El local pequeño donde cabíamos justos ha desaparecido bajo los martillazos.

El verano dio paso al otoño y el aire del mar se volvió denso, húmedo, clavándose en los nudillos.

Los cruceros de tres mil pasajeros han ido espaciándose en el muelle hasta dejar el barrio del Pópulo con su ritmo habitual de abuelos a paso lento y persianas metálicas que bajan a las dos de la tarde.

He vuelto a Cádiz tantas veces en estos ciento veinte días que el billete de tren de Huelva a la estación de Cádiz se me arruga en el bolsillo como si fuera mi propia piel.

Cuando llegué por primera vez, con un contrato de ocho semanas firmado por la prisa de salir adelante y un rencor atravesado que me hacía apretar la mandíbula al mirarlo, nada presagiaba este peso tranquilo en el pecho.

Las obras del comedor ampliado llevan tres semanas y cuatro días en marcha.

La mitad de los gastos salió del nuevo contrato que firmé con la agencia, con esa subida del treinta por ciento que me permitió respirar por primera vez en años, y la otra mitad de un préstamo de veinte mil euros que Marcos aceptó en la sucursal de la esquina.

Lo vi firmar con el bolígrafo temblándole en la mano, apretando los dientes porque le dolía la idea de depender del banco, hasta que entendió que este espacio valía la vergüenza de la deuda.

Hoy me he sentado sobre dos vigas de pino, en lo que en tres semanas será la sala principal.

El polvo blanco del pladur se me pega a las medias y el frío de la mañana me atraviesa la suela fina de las botas, pero desde aquí veo cada trozo del dibujo que llevaba tres años apretado en las hojas arrugadas de mi libreta: quince mesas de roble macizo, la barra baja y esa cocina abierta donde la luz de los ventanales dará de lleno en las manos de Marcos mientras limpia el pescado.

El local viejo era una cueva oscura donde se trabajaba a tientas; esto es otra cosa.

—¿Qué te parece? —pregunta Marcos.

Aparece por el hueco del tabique con dos vasos de plástico quemándole los dedos.

Lleva el serrín pegado a la barba y una mancha de pintura gris en la manga de la camiseta.

Ha estado dos horas nivelando el rastrel del suelo, un trabajo de carpintero que ha jurado que cualquiera podía resolver en diez minutos, aunque a mí me duelen los ojos solo de ver la precisión maniática con la que pasa la lija.

—Me parece que vas a tardar en dejar de sorprenderme.

Se acomoda a mi lado sobre un paquete de azulejos blancos sin desembalar.

El cartón cruje bajo su peso. Durante cinco minutos enteros no decimos nada.

El aire huele a café barato y a madera cortada.

Noto cómo el cansancio de las últimas semanas —las noches durmiendo poco, los nervios rozando siempre el límite— se asienta en mis hombros con una pesadez limpia, la de saber que la casa ya no se cae.

La red que lanzó el vídeo viejo tardó una semana en caer.

Itziar tiró del hilo del marcado de agua de aquella madrugada hasta una agencia de Madrid con una factura a nombre de una sociedad pantalla; el administrador, el mismo que firmaba la oferta de trescientos mil euros que Marcos mandó al carajo en tres minutos.

Itziar se lo envió todo a la Diputación con copia a un periodista que le debía un favor, y el grupo inversor retiró de golpe todas sus ofertas en el Pópulo.

«Eso es lo que pasa cuando subestimas a una vasca con una hoja de cálculo», dijo Lola, orgullosísima, como si lo hubiera hecho ella.

Mi relación con la pantalla del teléfono también ha cambiado.

La mandíbula ya no se me tensa cuando entra una notificación a las tres de la mañana ni siento ese pellizco en el estómago cada vez que baja el alcance.

Sigo grabando, pero ahora me tomo tres días para editar un solo vídeo de dos minutos.

He empezado a bajar a las freidurías antiguas de los barrios de pescadores, a buscar a esas mujeres que llevan cuarenta años friendo acedías en peroles de cobre de diez litros por amor al arte.

Historias como la de mi madre, que se dejó la espalda limpia en la cocina de aquel bar de Huelva sin que nadie le diera las gracias.

A mi madre se lo conté todo un martes por la tarde.

Le hablé del chef que nos engañó, de los vídeos filtrados, del plato que Marcos rehizo a oscuras.

Se quedó escuchando junto al fogón donde hirvió mi infancia, con los puños cerrados sobre el delantal desgastado.

Lloró durante casi una hora entera, sin secarse los mocos, hasta que se levantó y me rodeó las costillas con los brazos.

Hacía muchos años que no me apretaba con esa desesperación física.

Vino a Cádiz hace un mes. Fue el primer viaje largo que hacía fuera de Huelva en casi una década; se mareó en el autobús de la Damas y llegó con la cara pálida.

Entró en el local solo para conocer a Marcos y probar, con las manos temblándole sobre la mesa de formica, el guiso de choco de su propia cocina, que él había vuelto a levantar a partir de tres frases que yo le repetí de memoria.

Mi madre metió la cuchara, se la llevó a la boca con los labios apretados y volvió a romper a llorar.

Marcos, de pie junto a la chimenea de extracción que soltaba un humo denso a grasa vieja, se limpió las lágrimas con el dorso del brazo sin salir de la cocina diminuta.

Ningún teléfono grabó aquello; no había luz suficiente ni falta que hacía.

—Gracias por devolverme algo que no sabía que todavía se podía recuperar —dijo mi madre.

Las palabras se me quedaron clavadas en el esternón, más pesadas y reales que el millón de reproducciones que marca el contador del canal.

Saco el móvil del bolsillo de la chaqueta. La pantalla refleja la luz fría del patio interior. Abro la charla con Lola, que es el icono que más consulto a lo largo del día.

Lola: Chochi con noticias. La vasca se me viene a vivir aquí medio año, medio Bilbao. Su agencia ya tiene tres clientes en Cádiz gracias a todo este pifostio.

Yo: Eso es maravilloso. ¿Cómo lo lleváis?

Lola: Pues como se pueda, chochi. Con trenes de nueve horas, con una jartá de paciencia y con la pulsera esta de plata que no me quito ni para meterme en la ducha.

Yo: Me alegro muchísimo por las dos.

Lola: Y nosotras por vosotros. Marcos anda insoportable de contento, que da hasta coraje verlo, para que lo sepas. No sé si felicitarte o darte el pésame.

Lola: Por cierto, le he puesto a la Itziar tu vídeo de la gala con «Ayer soñé» de los Benito Kamelas de fondo. Se ha vuelto a liar a llorar otra vez. Ya van tres veces esta semana, chochi, le va a dar un algo de tanto berrear.

Sonrío sola mirando los mensajes. Pienso en el trecho tan distinto que han tenido que andar Lola e Itziar.

Ellas no han tenido a tres mil personas opinando sobre su vida en los comentarios de una publicación; lo suyo ha sido a base de billetes de Alvia, llamadas a medianoche con la voz cortada y la incertidumbre de no saber dónde iban a cenar al mes siguiente.

Y sin embargo, las dos historias acaban en el mismo suelo: dos personas levantándose a las siete de la mañana para seguir apretando la mano del otro a pesar de los mil kilómetros de vía.

Marcos me pasa el brazo por encima de los hombros.

El peso de su cuerpo caliente me hace apoyarme contra su costado.

El olor a pino recién cortado y al vapor del café malo se mete por las ventanas abiertas, mezclándose con la brisa salada que llega desde la caleta, donde el mar golpea las piedras con un ruido constante de grava suelta.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?

—digo. Tengo la garganta algo seca por el polvo del yeso—.

Que si me hubieran dicho hace cuatro meses que iba a terminar aquí, tiritando sobre dos cajas de azulejos, planeando un negocio con el tío al que le jodí la vida por no mirar dos veces un papel, me habría reído en su cara.

—Yo tampoco me lo habría creído. —Se ríe. El pecho le retumba contra mi espalda, ese temblor corto que le conozco desde que empezamos a dormir juntos—. Pero aquí estamos.

—Aquí estamos.

Meto el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta para no tiritar más.

Apoyo la sien en su cuello, donde el sudor se le ha secado dejando un rastro salado.

Miro las paredes peladas que pronto alojarán sesenta cubiertos por servicio, pensando en las familias que vendrán a gastarse el domingo, en el ruido de los cubiertos contra la losa y en las vidas ajenas que se cruzarán en esta sala sin saber nada de los meses que pasamos contando los días para que la persiana no se quedara abajo.

Pienso también en la pantalla iluminada de la gala, en ese archivo de tres gigas que Marcos se niega a abrir en el ordenador pero que sigue guardado en la nube, con sus cuatrocientas mil visitas que ya no le hacen encoger los hombros de rabia como al principio; y en aquel primer vídeo mío de hace tres años, el que casi me deja en la calle, que todavía salta de vez en cuando en el muro de algún desconocido, aunque ya solo sea un número viejo que no dice nada de la mujer que se limpia las botas llenas de polvo a su lado.

La Casa del Pirata, cuando levantemos la persiana el mes que viene, no será solo la cocina donde Marcos volvió a sacar cincuenta platos por noche después del desastre.

Es el sitio exacto donde los dos entendimos, a fuerza de noches en blanco y números rojos en la libreta, que hay grietas que no desaparecen de la pared, pero que si las tapas con yeso bueno y le metes fuego lento debajo, terminan aguantando el peso de una casa entera.