Capítulo 46 — Marcos
El pomo metálico de la puerta está helado y me escuece en las yemas de los dedos, pero me tiemblan las manos tanto que me cuesta tres intentos encajar el resbalón en el marco.
En cuanto la madera se cierra detrás de los dos y nos traga la penumbra del recibidor, Alba me agarra del cuello de la camisa.
La tela barata cruje bajo su puño con una prisa feroz, sin nada del pudor tieso que traía en el asiento trasero del coche hace apenas cinco minutos.
—Aquí no hay ningún Rafa mirando por el retrovisor —digo pegado a sus labios, sintiendo el latido que me retumba en el cuello.
—Menos mal —responde ella.
La subo en brazos. Me rodea la cintura con las piernas y el impulso me lleva a ciegas por el pasillo de la cocina hasta la encimera de formica fría.
En esta misma cocina paré en seco una noche porque quería hacerlo bien.
Son las doce menos cuarto, no hay cierres que repasar ni pedidos esperando, y no hay nada que nos detenga.
Al posar sus caderas en el filo, el codo se me va hacia atrás y me llevo por delante un plato llano que dejé sucio desde el almuerzo.
Cae al suelo y se rompe en cuatro o cinco pedazos de loza blanca.
Ninguno baja la mirada. Ella suelta una risa ahogada contra mi boca, ese sonido ronco que le sale cuando deja de darle vueltas a la cabeza, y el estallido de la vajilla se junta con su respiración.
No es un accidente torpe: es el aviso de que esta vez no nos vamos a andar con cuidado.
Engancho el tirador de la cremallera de su vestido.
Me sudan las yemas y me cuesta descorrerla, torpe, sin nada de la paciencia con la que corto el pescado.
Cuando la tela se le queda en la cintura y el aire frío de la cocina nos entra entre los dos, le beso la clavícula, y más abajo, y le muerdo suave el hombro, donde hace semanas dejé yo mi firma.
Se arquea contra la formica. Tira del cinturón con tanta fuerza que el cuero me golpea en la cadera.
Un vaso vacío se me va con la manga, rueda por la encimera y se hace añicos en las losas.
—Quieto —dice.
—Alba…
—Quieto, he dicho. —Me pone una mano plana en el pecho y me empuja un palmo hacia atrás.
Tiene la cara roja, el pelo hecho un desastre, el vestido arrugado a la altura de las caderas y una sonrisa que conozco, la de las reuniones en las que sabe algo que yo no—.
Tienes una deuda conmigo. ¿O ya no te acuerdas?
—¿Qué deuda?
—Esto te va a salir con recargo. —Me clava un dedo en el esternón—. Con intereses de demora. Lo dije en esta misma cocina. Tú dijiste: «Cuento con eso».
—Lo dije yo —admito.
—Pues hoy se liquida. Y mando yo. —Estira un brazo sin mirar, descuelga mi delantal del gancho de la pared y me lo tiende como quien entrega una citación—. Manos.
—¿Cómo que manos?
—Las manos, chef. A la espalda.
Debería negarme. Llevo más de diez años sin que nadie me dé una orden en una cocina que no sea mía.
Pero me giro, me pongo de espaldas y cruzo las muñecas, y ella baja de un salto de la encimera, descalza ya sobre la baldosa, y me ata con las cintas del delantal.
Un nudo de marinera, doble, que tira de mí hasta quedarme los hombros hacia atrás.
—¿De dónde has sacado este nudo?
—Soy de Huelva. No se suelta.
Lo comprobaría, pero estoy descubriendo en este momento que no quiero. Me da la vuelta con las dos manos, me apoya contra el borde de la mesa de acero y se coloca delante de mí con el vestido por la cintura, mirándome de arriba abajo como un inspector sanitario.
—Reglas —dice—. Esta cocina funciona por comandas. Yo canto, usted contesta. ¿Entendido?
—Entendido.
—No es lo que se dice.
Me escuece la garganta de aguantar la risa.
—Oído, jefa.
—Eso está mejor. —Se aparta el pelo de la cara con una mano—. Marchando camisa.
—Oído.
Me la desabrocha botón a botón, despacio, de abajo arriba, con la boca siguiendo cada botón por el abdomen, y yo repito «oído» con una voz que ya no es mía.
Cuando llega al último, me la baja por los brazos hasta el nudo y me la deja allí, colgando como un trapo, y el aire de la cocina me eriza la piel entera.
—Marchando pantalón.
—Oído.
—Y lo que viene debajo.
—Oí… —se me quiebra la voz a la mitad.
—Más claro, que no te oigo.
—Oído, jefa.
Se arrodilla. Lo hace sobre su vestido, que se ha quitado y se ha tirado en un gurruño al suelo para no hincarse en la loza, y yo miro hacia abajo y pienso con una lucidez ridícula que aquella seda costó lo que cuesta una cena para seis.
Luego deja de importarme todo. Me toma con la mano primero, midiéndome, con la misma curiosidad seria con la que lee un contrato; después con la boca, despacio, sin prisa, y yo echo la cabeza hacia atrás y golpeo con la nuca el estante de las sartenes, que repica entero.
—Cuidado con el género —dice, un segundo, sin soltarme, con la voz espesa y la cara arriba.
—Oído.
Cada vez que me siento a punto de perder el pulso me para.
Lo sabe. No sé cómo lo sabe, pero lo sabe: me deja a las puertas, se aparta, me sopla despacio y espera con los ojos puestos en los míos hasta que me ve respirar otra vez.
Entonces vuelve. Tengo los brazos atados detrás de la espalda, sin poder tocarla, sin poder agarrarle el pelo, sin poder hacer nada con las manos, que son lo único que sé hacer bien.
Es la peor tortura que me han inventado nunca y no pienso pedir que termine.
—Pase —dice en un momento dado, con los labios brillantes.
—¿Pase?
—Cuando yo diga «pase», usted aguanta.
—Oído.
—Pase.
—Alba, por tu madre…
—Eso no es un oído.
—¡Oído, carajo, oído!
Se ríe, con la frente apoyada en mi muslo, y esa risa me recorre por dentro de una manera que no tiene nada de gracioso. Se levanta. Me mira un segundo, con las rodillas enrojecidas y el pelo pegado a la cara, y tiene el aspecto de alguien que ha ganado una subasta.
—Eso era el capital —dice—. Ahora los intereses.
Me suelta el nudo de un tirón. Las cintas caen al suelo y me quedo con las muñecas libres y la camisa colgando de los codos, sin saber qué hacer con las manos, que me tiemblan.
Alba se sienta en el borde de la mesa de acero, que debe de estar helada y ni se inmuta, con la espalda recta y las piernas entreabiertas, y me mira desde arriba.
—Liquidación. Una noche interrumpida. Semanas sin cobrar. Gastos de gestión, que me dejaste con la camiseta en la mano y el orgullo en el suelo. Forma de pago: en especie.
—Acepto —digo, y me arrodillo.
La loza rota me clava un pedazo en la rodilla y me da igual.
Le subo las manos por la cara interior de los muslos, que están fríos del acero y calientes por dentro, y noto cómo se le tensa el vientre cuando le beso la rodilla, y luego un poco más arriba, y otro poco.
Me pone la mano en el pelo sin decir nada.
Está esperando. La hago esperar. Con ella he aprendido que lo bien hecho es cuestión de tiempos y que nada sale mejor por correr.
Antes de seguir, estiro un brazo hasta el congelador de debajo de la barra, saco un cubito de la bandeja y me lo meto en la boca.
—¿Qué haces? —pregunta ella.
No contesto. Le apoyo la boca fría en la cara interna del muslo y el escalofrío le llega hasta los dedos de los pies.
Subo despacio, dejando un rastro de agua helada sobre la piel que arde.
Cuando la beso por fin donde llevo semanas queriendo besarla, el contraste le arranca un grito corto, de sorpresa, que se le deshace en un jadeo largo.
Mi lengua está fría; ella está caliente como una brasa.
La paso despacio, una vez, otra, con el hielo derritiéndose entre los dos, y cada pasada le saca un temblor distinto, cada vez más abajo, más hondo.
La sostengo por las caderas y tiro de ella hacia mí hasta que no le queda sitio en el filo, y se agarra a mi pelo con una mano y al borde con la otra y arquea la espalda hasta tocar con la cabeza el azulejo.
—Marcos… —Es la primera vez en la noche que dice mi nombre entero, sin risa—. Marcos, por Dios, qué…
Cuando el hielo se acaba, ya no hace falta.
Ella está sin aire, tensa de la cabeza a los pies, y me abraza la cara con los muslos.
Me aprendo el ritmo exacto con el que tiembla.
Le noto el pulso en la lengua. Tiene un sabor que no es de ninguna de las cosas que sé nombrar, y sé nombrar muchas.
Entonces se le corta la voz de golpe, se queda sin respiración un segundo larguísimo y su cuerpo entero se deshace contra mi boca, con un gemido que rebota contra los azulejos y vuelve a mis oídos.
Tarda mucho en volver. Yo no me separo hasta que me tira del pelo para que pare, y me quedo con la mejilla apoyada en su rodilla, temblando. Arriba le oigo la respiración, un serrucho largo, y después una risa floja que sube y sube hasta que le duelen las costillas.
—No me hables —dice—. Hazme el favor de no hablar.
Me incorporo con la rodilla sangrando un poquito y la barbilla mojada. Me recibe con las dos manos en la cara y me besa con una ternura hambrienta que me deja las piernas flojas. Sabe a ella y sabe a mí.
—Queda una cosa pendiente —murmura contra mi boca—. «Como Dios manda», dijiste.
—Dios manda una cama con colchón. En el piso de arriba.
—Pues a Dios no le consultamos. —Me rodea el cuello con los brazos y habla pegada a mi oreja—: No subas al dormitorio. Aquí.
Aquí, entonces. Pongo mi camisa doblada en la mesa para que el acero no la hiele y la tumbo encima, y se queda tendida bajo la bombilla amarilla con el pelo desparramado y la piel brillante de sudor.
Me detengo a mirarla, porque ya la he visto y no estaba preparado para volver a verla.
Tiene el pecho más bonito que he visto en mi vida: pleno, pálido, con ese peso suave que se le mueve al respirar, con unas pecas sueltas en la curva interior de uno de ellos y los pezones oscuros, ya erguidos por el frío y por mí.
Perfectos es una palabra pobre. Me inclino sobre ellos y los beso despacio, primero uno y luego el otro, y paso la lengua alrededor, y encima, una y otra vez, hasta que se le ponen duros del todo y Alba se arquea debajo de mí agarrándome de los hombros.
La pellizco muy suave con los labios. Gime con la boca cerrada.
—Para —susurra, y no para nada.
Le pongo la palma abierta entre los pechos y la dejo ahí, sintiéndole el corazón.
—Quiero acabar aquí —le digo en voz baja, y no hace falta explicar a qué me refiero. Se lo veo entender en la cara, en cómo se le abren los ojos y luego se le oscurecen—. Y no pienso dejarte un palmo de ellos sin mí.
Alba traga saliva. Las mejillas, que ya tenía rojas, se le encienden un punto más. Me mira, y tiene esa sonrisa de la deuda cobrada.
—Eso no es una amenaza —dice—. Es una factura.
—¿La firmas?
—La firmo.
Me agarra de la nuca y tira de mí hacia ella.
Su mano baja entre los dos, segura, sin titubear, y se cierra a mi alrededor con una firmeza que me arranca el aire de golpe.
Lo hace despacio al principio, mirándome a la cara, atenta a cada gesto, como si leyera un idioma que acaba de aprender y quisiera dominarlo esta misma noche.
Con la otra mano me sujeta la cadera, me marca el ritmo, y a veces se detiene para soplarme en la boca, para recordarme quién manda.
—Alba… —Es todo lo que me sale.
—Tú no hables. Tú aguanta.
Aguanto. Aguanto hasta que se me nublan los ojos, hasta que se me cierran las manos sobre el acero a ambos lados de su cabeza y siento cómo me sube por las piernas una marea espesa que no hay manera de parar.
Ella lo nota; se le agranda la sonrisa. Acelera.
Con la boca a un palmo de la mía me susurra mi nombre, entero, con esa voz que usa para firmar contratos y para deshacerme, y entonces el mundo se me parte en dos.
Un latigazo me recorre la espalda de arriba abajo, me doblo sobre ella con un sonido que no reconozco como mío, y me vacío entero, con una fuerza que me deja temblando de los hombros a las rodillas, sobre su pecho, sobre su piel, caliente, interminable, mientras ella me mira sin apartar la vista, sin cerrar los ojos, tan de verdad como si la cosa más importante del mundo estuviera pasando justo ahí.
Cuando termina, me quedo sin fuerzas y apoyo la frente en la suya. Respiro como si hubiera subido una cuesta de cien escalones. Ella me acaricia la nuca, despacio, y se ríe bajito.
—Eso sí que ha sido una liquidación —murmura.
*
Son las dos y cuarto cuando consigo mirar el reloj.
Estamos sentados en el suelo, con la espalda contra el armario bajo, yo con el delantal arrugado sobre las rodillas, que es todo lo que me queda, y ella con mi camisa abierta sobre los hombros, sin abrochar, y el pecho todavía brillante de mí.
He cumplido la promesa y no hay manera de disimularlo.
Alrededor de los dos, una alfombra de loza rota, un vaso hecho añicos y una bandeja entera de tenedores por la solería.
—Bueno —dice Alba, con la cabeza en mi hombro, señalando con la barbilla el estropicio—, esto no lo voy a incluir en la memoria de la próxima campaña de la Diputación.
Suelto un golpe de risa ronco que me vibra en las costillas.
—Que le den por saco a los platos.
—Los platos que los recoja mañana quien quiera. —Se mira el pecho con la ceja arqueada, como quien revisa una factura pagada—. Hoy me conformo con que me alcances un pañuelo.