Contigo ni de coña Capítulo 45 — Alba
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Capítulo 45 — Alba

—Quillos, que no vais a volver andando con esas pintas de gala, subid —nos suelta mientras estira el brazo para abrir la puerta trasera desde dentro.

En cuanto las puertas de chapa fina se cierran y el coche acelera hacia el Pópulo, cortando el aire pesado del paseo marítimo, algo en el espacio de apenas cuarenta centímetros que separa mi cadera de la de Marcos salta por los aires.

Es una tensión física, un peso denso en el bajo vientre que borra la caminata previa.

No sé quién busca a quién primero; solo siento la rudeza de sus nudillos contra la tela fina de mi vestido de seda y la dureza de su rodilla clavándose contra la mía.

Mi mano derecha, torpe y caliente, sube por el tejido áspero de su pantalón de trabajo, buscando la firmeza de su muslo.

Nos abalanzamos el uno sobre el otro en ese asiento trasero oliendo a tapicería vieja y a tabaco rancio, agarrándonos con la desesperación física de quien no tiene un metro cuadrado propio donde caerse muerto.

—Quillos, que os veo por el retrovisor —dice Rafa desde delante. Lo dice sin frenar, con el tono socarrón y estirado de la bahía, mirando por el espejo rectangular donde se refleja la luz de las farolas.

Ni le escucho. Mis dedos tropiezan con el primer botón de su camisa de lino sintético, tirando de él con una torpeza que me hace sudar las palmas.

La tela cede con un chasquido casi imperceptible.

La boca de Marcos baja de golpe hacia la línea de mi mandíbula, buscando el hueco de mi cuello con un calor áspero, áspero como la barba de dos días que me raspa la piel sensible.

Un gemido me sale directo desde el fondo, un sonido involuntario y destemplado que retumba en el espacio cerrado del habitáculo.

Siento el sofoco en las mejillas, el pulso desbocado latiéndome en las sienes a ciento veinte pulsaciones por minuto.

Desde delante llega el chasquido del dial de la radio; Rafa sube el volumen de un pasodoble para taparnos el ruido, soltando una risa corta que le vibra en la espalda.

Nos detenemos a la vez. No hay una voz que ordene parar, sino un freno biológico, el límite físico que marca mi propia respiración entrecortada y el sudor pegajoso entre nuestros cuerpos.

Hay una habitación vacía a cuatro manzanas de aquí y todavía un resto de cabeza en su sitio; seguir en el asiento de un utilitario ajeno, bajo la mirada de un vecino que nos conoce desde chicos, se siente como malgastar algo que nos ha costado semanas ganarnos.

—Hasta aquí —digo, apartándole suavemente la mano de la pierna y alisándome el vestido con las palmas húmedas. La risa me sale en un soplo corto, frenada por el aire que todavía me falta en los pulmones.

—Ni para Rafa —responde Marcos. Se abrocha el botón de la camisa con dedos lentos, manteniendo la mirada fija en mis ojos en medio de la penumbra del coche.

—Nada que perdonar, quillo, si no he visto nada —suelta Rafa desde el volante, doblando la esquina de la calzada estrecha sin frenar del todo. Su risa suena ronca, cargada de los años que nos saca—. Ya me acuerdo yo de tener veinte años.

Escondo el rostro caliente contra la tela de su hombro, respirando el olor a su piel y al detergente de la ropa.

Él pasa su brazo por encima de mi espalda, rodeándome con fuerza sólida, y aprieta su palma contra la mía sobre mi rodilla.

Ya no hay manos por debajo de las faldas; solo el peso de sus dedos entrelazados con los míos, el roce constante del coche al coger los baches del empedrado y una cuenta atrás interna que me hace contar mentalmente cada segundo que tarda la aguja del cuentakilómetros en bajar a cero.

El coche frena de golpe frente a la fachada desconchada de la Casa del Pirata.

El motor vuelve a toser antes de apagarse por completo.

Bajamos casi a tropezones, cerrando la puerta con un golpe de chapa.

Le damos las gracias a Rafa a través de la ventanilla bajada mientras el tubo de escape suelta un último humo negro calle abajo.

En la acera vacía, bajo el farol de luz amarilla que zumba por la humedad del mar, Marcos se gira hacia mí.

Tiene la respiración aún agitada y una fijación en la mirada que no ha perdido un solo grado de fuerza desde que salimos del local.

—Dentro —dice con la voz grave, rascada por la tensión, sacando el manojo de llaves del bolsillo delantero del pantalón. El tintineo del metal al chocar suena rotundo en el silencio de la noche—. Ahí dentro ya no hace falta que nos pongamos límites de ningún tipo.