Contigo ni de coña Capítulo 44 — Marcos
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Capítulo 44 — Marcos

Le aprieto la mano con los dedos pegajosos y tirantes por el aceite frío.

La arrastro lejos del escenario, dejando atrás las bombillas del paseo y ese retumbo de altavoces que te vibra en el esternón aunque no quieras.

Al pasar junto al puesto de los churros veo a tres metros a mi prima y a la vasca.

Lola todavía lleva el delantal puesto y una bandeja a medio bajar; deja la bandeja en el mostrador, agarra a Itziar de las solapas de la chaqueta y la besa.

Sin disimulo ninguno, delante de los vecinos, de dos concejales y de Manolo, que deja caer un churro al suelo.

Itziar, la de la regla de medir, se pone de puntillas.

«Que miren», oigo que dice Lola contra su boca.

Mi prima me ve de reojo y levanta el pulgar sin soltarla.

Huele a manteca rancia y a la marea vaciándose sobre la arena húmeda.

El delantal me pesa en el cuello, sudado de tres horas frente a los fogones, con la mancha oscura del sofrito pegada a la lona como una costra.

Me duele el gemelo izquierdo por no haber soltado la tensión en toda la gala, y el corazón me golpea las costillas con la misma cadencia torpe de cuando bajé la rampa metálica.

Me da igual la pinta que llevo, los dos botones desabrochados de la chaqueta blanca de cocinero ni los lamparones de manteca.

Esta gente lleva toda la tarde montando la carpa y a mí la cabeza solo me da para el ardor que me sube por el esófago.

—Necesitaba salir de allí un momento —digo. Paramos bajo la sombra de un eucalipto donde no llega la luz de los focos. Me limpio las palmas en los pantalones de trabajo—. Decírtelo aquí. Sin los de las cámaras estorbando.

Alba no se limpia la cara. Tiene el párpado inferior manchado de negro, un surco de rímel que le baja hasta el pómulo y que se le ha secado con el salitre del ambiente.

Lleva los hombros encogidos dentro de la chaqueta fina, tiritando con los diecinueve grados de la brisa de la bahía.

Se le nota en el cuello el pulso acelerado, una vena fina que le salta bajo la piel clara.

—Marcos...

—Espérate, déjame hablar a mí —digo. Las palabras me rozan, la saliva me sabe al laurel del guiso—. Llevo desde las siete de la tarde dándole vueltas y si no lo suelto me va a dar un cólico.

Ella se queda quieta, apretando los labios finos. Mueve el pie derecho dentro del zapato de tacón, haciendo crujir la grava.

—Cuando me llegó el correo el trece de mayo, el de la Diputación, y vi tu nombre, me dieron ganas de vomitar en la pica.

—Me sale un resoplido áspero, seco, sin ganas de broma ninguna.

Me rasco la barba de tres días que me pica con el sudor—.

Dos meses aguantando para no cerrar el local y me meten a la que me había hundido en redes.

Me metí en el cuarto frío entre las cajas de patatas para no reventar el día que el cliente ese te chilló en mitad del salón.

Ni mirarte podía. Y mírame ahora las manos, que no me tiemblan de rabia sino de verte aquí al lado.

—Yo me vine de Huelva pensando que me ibas a hacer la vida imposible —dice ella, con la voz un poco tomada por el frío, tragando saliva—. Pensaba en lo lejos que me quedaba mi casa y en que tenía que aguantar las ocho semanas como fuera, apretando los dientes. Parece que hayan pasado diez años.

—Ocho semanas justas. Cincuenta y seis días.

—La cojo de las muñecas. Siento el hueso fino de su articulación bajo mis yemas callosas, la piel caliente rozándome los callos del mostrador—.

En tres años no he dejado que entre nadie en el piso.

Tres años pagándolo solo, sin fiarme ni de mi sombra después de lo que pasó con los socios y la prensa.

Y vienes tú, que tenías todas las de ganar para rematarme, y eres la única que no me da náuseas cuando habla de este negocio de mierda.

Se le junta otra gota de agua en la pestaña, gruesa y pesada. Extiendo el pulgar derecho, arrugado por el agua del fregadero, y se la barro suavemente hacia la oreja antes de que la gota ruede.

—Te quiero, Alba. No sé si me entró el remordimiento la mañana que firmamos el papel en la Diputación, o cuando la chapa de la cocina empezó a calar agua la noche de la marejada, o con las doscientas horas que llevamos metidos en la furgoneta.

Pero es lo que hay. Llevo tres años dándole vueltas a la vergüenza y manteniendo el pico cerrado para no pillar otra depresión, y contigo se me ha ido la tontería de golpe.

Se queda mirándome fijamente a los ojos, sin parpadear, sintiendo el aire húmedo que nos entra a los dos por las fosas nasales. Aprieta mis dedos con una fuerza que no parece suya, clavándome las uñas cortas en la piel seca del dorso.

—Te quiero yo a ti también —dice, con la voz rajada pero seca, mirándome de frente—.

Llevo tres semanas echando cuentas por las noches en el hotel, muerta de miedo de decírtelo.

Pensando en si esto era verdad o solo la angustia que llevamos encima por lo de mi madre.

—Me aprieta más fuerte el dorso de la mano—.

Pero no es la angustia. Te vi ahí arriba en la tarima, oliendo a comino y a frito, dando la cara delante de los trescientos invitados por una receta que no era tuya para que a mi madre no la trataran de loca...

Y no me hace falta más papel ni más contrato. Te quiero y ya está.

Pienso en Carmen, en su cocina de pino viejo en Huelva, en las baldosas desgastadas donde se le caía la harina de los pestiños.

Pienso en la cara que pondrá cuando le llegue el vídeo por el grupo de WhatsApp de las vecinas y vea a un chaval de Cádiz removiendo el cazo con su misma cuchara de palo.

Se le va a saltar la prótesis de la risa.

Esa vieja sabe distinguir el grano de la paja mejor que nadie en el pueblo.

La beso. Le pongo la mano izquierda en la nuca, sintiendo los pelillos sueltos que se le han escapado del recogido.

Sabe a sal, al pintalabios barato de la tienda de la esquina y al humo del carbón de la carpa.

No hay prisa alguna. Ya no hay nadie mirando el reloj para ver si llegamos a la siguiente toma, ni me pesa la vergüenza de mirar al proveedor de pescado.

Es la primera vez en mil días que no tengo la necesidad de mirar el teléfono para ver si ha saltado otra mala noticia.

El agua golpea contra los bloques de hormigón del espigón, un golpe sordo, pesado, constante.

Cuando se despega, no suelta mi chaqueta. Apoya el pómulo en mi pecho, justo donde la loneta del delantal tiene la mancha áspera de tomate. Oigo su respiración empujando contra mi esternón.

—¿Y mañana qué? —dice ella, mirando hacia el agua oscura donde flotan los plásticos de las copas de la fiesta—. El contrato de la agencia acaba el viernes a las doce. Tu restaurante vuelve a abrir el martes.

—Mañana ya veremos —contesto, sintiendo la dureza de la lona del delantal en el estómago—. Pero tú te vienes conmigo a la cocina a abrir el cierre. Sin jefes de prensa, sin los pijos del patronato de turismo y sin aguantarle la tontería a nadie.

—A las siete estoy allí.

—Y pensar que me dijiste que contigo ni de coña.

—Te lo dije yo y me lo dijiste tú, con el mismo tono. Éramos unos aficionados.

Nos quedamos parados bajo el árbol, con la espalda resguardada del viento.

A lo lejos, el micrófono de la gala suelta un pitido agudo que se pierde en la playa.

Me rascan los tobillos dentro de los calcetines y siento el peso del cuerpo cayéndome sobre los talones cansados, pero el estómago ya no me quema.

Tres años durmiendo con un ojo abierto por si venía otra inspección, tres años sin abrir las ventanas del piso para que no entrara el ruido de la calle, y resulta que la cuenta ha cuadrado hoy, en esta acera llena de cáscaras de pipas y algas secas.

—Quilla —le digo bajito, pegándole los labios a la oreja mientras le noto el olor a champú de manzanilla—, menuda faena hemos liado para terminar cenando churros, ¿no?

Le da la risa por la nariz, una carcajada corta que le retumba en las costillas contra las mías.

—La mejor faena de mi vida.