Contigo ni de coña Capítulo 41 — Alba
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Capítulo 41 — Alba

Llevo dieciséis días midiendo las horas por el dolor que me produce la curvatura del cuello sobre la pantalla del portátil.

Mi cuerpo funciona con una disciplina sorda, mecánica: tres cafés solo antes de mediodía y una molestia punzante en la parte baja de la espalda que aparece cada vez que Itziar y yo repasamos las métricas de la última fase de la campaña.

Al otro lado de la ciudad, Marcos permanece encerrado entre las paredes húmedas de su cocina.

No me ha dicho una sola palabra sobre lo que trama entre fogones, pero cuando nos cruzamos de madrugada en la puerta de mi habitación, huelo en su piel la mezcla densa de manteca, ajo y el sudor de quien está rozando el límite de sus fuerzas.

La Diputación nos ha exigido nueve reuniones en diez días.

Mis sienes pulsan tras cada sesión de grabación adicional y tras cada testimonio de los vecinos del barrio que Itziar ha ido recopilando en su libreta de pasta negra con una precisión germánica.

Entre el ajetreo constante y la prisa, Marcos y yo nos hemos alimentado de minutos escasos: veinte minutos para masticar un bocadillo de melva en el coche entre rodaje y rodaje, o una llamada de apenas minuto y medio a las tres de la mañana, solo para notar su respiración pausada al otro lado de la línea antes de desplomarme en el colchón.

Son las ocho de la mañana y la vibración de Cádiz se me mete por los tobillos en forma de un hormigueo eléctrico.

El paseo marítimo ya no es la banda de asfalto pegajosa por el calor que recorro cada día, sino una tarima continua de pino prensado.

Decenas de banderolas plásticas con el logotipo azul y verde de la ruta gastronómica chasquean con el viento de poniente.

La Diputación ha gastado en esta escenografía diez veces más de lo que invertimos en las ocho semanas de trabajo; saben, con el mismo cálculo frío que me encoge a mí el estómago, que esta noche no se clausura un simple itinerario turístico para forasteros.

En la habitación del hotel, el silencio pesa.

Me visto sin prisa, notando la seda fría del vestido que Itziar me obligó a comprar hace cuatro días en aquella boutique de la calle Colantes.

Lo eligió ella con ojo de sargento, tras una tarde entera de probadores.

En ese momento la gala parecía un hito más en la agenda, una foto institucional con canapés y sonrisas ensayadas.

Ya no. Tras la filtración del vínculo con mi madre y la carrera desbocada de estas dos semanas para convencer a la corporación de que este proyecto no es un capricho familiar, la tela arruga sobre mis caderas como si me vistiera para acudir a un juzgado.

La situación con Marcos sigue flotando en un terreno indeterminado que nos quema por dentro.

Dormimos juntos, compartimos el aliento y hablamos durante horas con la luz apagada hasta que los ojos se nos cierran de cansancio, pero no hay un solo papel firmado ni una declaración pública que ponga nombre a lo que tenemos.

Entre nosotros dos la verdad es clara y no requiere explicaciones, pero falta resolver la marejada de fuera.

No sé si la campaña aguantará la presión o si la masa de espectadores, con su murmullo constante y su manía de despedazar cualquier intimidad en las redes sociales, nos dejará mantener la calma que hemos conseguido resguardar entre cuatro paredes.

El teléfono vibra sobre la mesilla. La pantalla ilumina el techo y muestra un nombre: Itziar. Descuelgo con el altavoz puesto mientras me doy la base frente al espejo.

—Todo listo por mi parte —dice sin saludar—. El contacto de prensa va a estar allí esta noche, cubriendo el evento en directo para su medio. Sea lo que sea que pase, va a tener repercusión.

—Gracias, Itziar. Sin ti esto no habría salido.

—Lo sé. —Se le quiebra el final en una risa corta. Oigo que respira hondo—. Oye, ¿tienes un minuto? No es de trabajo.

—Tengo los que haga falta.

—En cuanto acabe el contrato me toca volver a Bilbao. —Lo dice rápido, como quien arranca una tirita—. Y llevo desde ayer con una cosa en el estómago que no sé ni cómo nombrar. Lola me ha mirado hoy en la barra como si ya me estuviera despidiendo.

—¿Se lo has dicho?

—¿El qué? ¿Que me da pánico irme? ¿Que en dos meses me he acostumbrado a dormir con olor a fritura en el pelo? —Se ríe, con un hilo de llanto debajo—. Yo, que planifico los discursos con regla de medir, y no sé qué decirle a una tía que me llama «vasca» como quien dice «reina».

—Dile eso mismo. Con esas palabras. Con el hilo de llanto incluido.

—Qué fácil lo ves tú, que te pasaste cuatro días escondida de un cocinero.

—Y mira cómo estoy ahora.

Se hace un silencio corto en el que solo oigo su respiración y, al fondo, algo que parece una grúa de escenario.

—Vamos a ganar esta noche, Alba.

—Vamos.

Cuelga. Me quedo un momento con el móvil en la mano, sintiendo que esta llamada ha pesado más que todo el calendario de la campaña.

Sea lo que sea que pase. Repito las seis palabras de Itziar en voz baja.

Noto las encías secas por el maquillaje y la falta de agua.

Me aplico la última capa de carmín frente al espejo sin que me tiemble la mano, plenamente consciente de que un solo parpadeo a destiempo ante los focos convertirá cualquier error en un titular irreparable.

Bajo al paseo marítimo a las nueve y diez de la noche.

Las luminarias de vapor de sodio proyectan una luz amarillenta y densa sobre las fachadas de piedra caliza del Pópulo.

El altavoz del escenario escupe una sintonía jazzística que se mezcla con el murmullo de cientos de personas: vecinos con camisetas holgadas, cargos públicos en chaquetilla de lino, periodistas cargando trípodes pesados y curiosos que reconocen mi rostro tras haber seguido la polémica en las pantallas de sus móviles.

El aire huele a aceite quemado de freidora, a choco frito y a esa salobreña amarga que se me agarra desde que llegué al barrio.

Aprieto los puños dentro de la chaqueta y por un segundo el bullicio me distrae del peso que llevo en el pecho.

Recorro con la mirada la masa de gente buscando la espalda ancha de Marcos.

No está. Me consta que permanece encerrado en la cocina de La Casa del Pirata ultimando los detalles de su intervención.

Mantiene sobre sus platos un hermetismo terco, una reserva antigua de cocinero gaditano que he aprendido a aceptar sin interrogarle.

Antes de que pueda avanzar cinco pasos más, el jefe de prensa me intercepta agarrándome del antebrazo. Su piel está sudada y tiene la corbata ligeramente torcida hacia la izquierda.

—Alba. Necesito que lo sepas antes de que empiece el evento.

—¿Qué pasa? —pregunto, sintiendo cómo se me contrae el diafragma.

—La Diputación ha decidido anunciar esta misma noche, en directo, durante la gala, si renuevan o no el contrato de alquiler de Marcos.

—Se detiene dos segundos, clavando sus ojos pequeños en los míos para medir mi pulso—.

Han considerado que, dado el interés mediático generado, es el momento adecuado para dar una respuesta pública, delante de todo el mundo.

Siento un latigazo en los gemelos, una pérdida momentánea de equilibrio como si el suelo de losas se hubiera vuelto blando bajo mis tacones.

Las ocho semanas de trabajo, las hojas de cálculo, las llamadas desesperadas a los redactores para arañar un titular favorable: todo queda suspendido sobre un alambre delgado.

—¿Esta noche? ¿En directo?

—Esta noche. En directo —responde él. Asiente con la cabeza sin pestañear, masticando la impotencia de quien ya no puede alterar una orden del presidente—. Sea lo que sea que tengáis planeado para el cierre del evento, más vale que esté a la altura.

Intento recuperar la respiración, buscando en mi cabeza el esquema rígido de mi formación ejecutiva: evaluar riesgos, calcular tiempos de respuesta, diseñar el control de daños.

Es inútil. La sangre me pita en los oídos y los números se borran.

Esto ya no es un informe trimestral que se corrige con una nota al pie; son los tres años de silencio de Marcos, las horas de pie frente a la plancha ardiente, su vida entera expuesta ante trescientas personas y una docena de micrófonos sin que ninguno de los dos pueda meter la mano para torcer el resultado.

Me giro hacia la esquina donde se adivina el rótulo de madera de La Casa del Pirata.

Allí dentro, Marcos estará probando el punto de sal de una salsa o limpiando la encimera con un paño húmedo, ajeno al cronómetro que acaba de ponerse en marcha.

El estómago se me cierra. Comprendo que las próximas dos horas no sellarán únicamente el balance económico de una institución pública; van a dictar si todo lo que hemos construido en la sombra —nuestro trabajo, esta forma torpe y absoluta de querernos— resiste la embestida o se rompe en pedazos delante de todo el mundo.