Capítulo 40 — Marcos
Llevamos exactamente ocho días metidos en esta espiral.
Ocho días contando noventa y seis horas de grabaciones en bruto, repitiendo testimonios hasta sentir la lengua de trapo de hablar y de café malo, durmiéndonos pasadas las tres de la madrugada para saltar de la cama cuando el despertador vuelve a sonar a las siete y media, con los ojos llenos de arena y las sienes latiendo a destiempo.
Esta noche, por primera vez en más de una semana, la agenda se ha quedado limpia.
No hay ninguna urgencia esperándome en el teléfono antes de apagar la luz.
Alba se queda a cenar en casa. Es un piso de cuarenta metros cuadrados justo encima del restaurante, un espacio estrecho que olía a humedad cuando entré y que ella no ha pisado todavía.
Cocino algo rápido, sin pretensiones: unas patatas pochadas con dos huevos que me quedaban en el frigorífico y un chorro de aceite de oliva; lo hago casi por pura inercia muscular, porque el cuerpo se me descoloca si estoy en una cocina y no tengo las manos ocupadas pelando o picando algo.
Cenamos sentados directamente en el suelo del salón, sobre la alfombra raída, porque desde que firmé el alquiler no he encontrado el momento de comprar una mesa de comedor en condiciones.
Ella se apoya contra el zócalo de la pared y sonríe mirando el plato; una risa floja, sin prisa, que hace solo un mes me habría parecido un milagro imposible entre los dos.
—Esto es lo más lejos de una campaña de Diputación que hemos estado en semanas —dice, dejando caer la cabeza contra mi hombro izquierdo. El peso de su frente me hinca el hueso de la clavícula.
—Menos mal —contesto.
Nos quedamos así durante unos diez minutos, sin movernos.
Los dos platos se quedan a la mitad, enfriándose en el suelo.
Hay un silencio espeso en la estancia, esa calma extraña que a uno le da miedo romper con la voz por si la deshace sin querer.
Me gira el rostro con la mano; busca la mía con la vista.
Empieza como un beso breve, un roce helado de labios cansados para dar las buenas noches, pero a los cinco segundos el pulso se dispara en el cuello y la boca se vuelve otra cosa.
Esta vez no estamos en una cocina abierta a las callejuelas del Pópulo.
No hay puertas a medio cerrar, ni el temor a que pase un vecino por el patio y nos pesque.
Solo están estos cuarenta metros cuadrados, una bombilla desnuda de cuarenta vatios que amarillea el salón y ocho días enteros de tensión acumulada en las articulaciones que ninguno de los dos tiene ganas de seguir conteniendo.
La acompaño hacia el dormitorio sin despegar la boca de la suya.
Al cruzar el pasillo estrecho me doy un golpe en el hombro derecho contra el marco del tabique; nos da un ataque de risa floja contra los labios del otro por la pura torpeza del tropiezo.
Para cuando logramos caer en el colchón, el roce de las telas molesta.
Le desabrocho los botones de la camisa de lino verde uno a uno, despacio, sintiendo la piel del abdomen tibia bajo las yemas de los dedos, mientras ella me saca la camiseta por la cabeza.
Sus manos me arañan la espalda con prisa, pero los dedos se detienen a ratos, inseguros, vacilando entre apretar fuerte o dejarse llevar poco a poco.
—Llevo días pensando en esto —dice pegada a mi cuello. Su respiración caliente me quema la piel de la nuez.
—Yo también. Cada noche desde la cocina.
—Mira. —Se baja el tirante de la camisa y me enseña el hombro: un arco de dientes ya verdoso, de ocho días, casi borrado—. Le dije a la maquilladora del rodaje que era una alergia.
—Pues la mía la llevé con pañuelo cuatro días.
—Qué poco aguantas tú. —Y me busca con el dedo el sitio del cuello donde ya solo queda una sombra amarilla—. Esto lo firmé yo.
Le beso la marca del hombro, despacio, y se le eriza la piel entera bajo mi boca.
La acomodo sobre el colchón despacio, midiendo la fuerza de los brazos para no agobiarla, aunque por dentro tenga los músculos agarrotados de pura ansiedad.
Le recorro con la boca la línea del cuello y la clavícula, deteniéndome allí donde nota el roce y arquea la espalda hacia arriba.
Me aprendo la forma en que el aire se le frena en el pecho antes de soltar un jadeo, y la manera exacta en que pronuncia mi nombre —Marcos— en un susurro tan bajo que se me queda clavado en las costillas, desplazando cualquier pensamiento de trabajo o de cocina.
Cuando desliza la mano hacia mi cintura, el calor que llevaba aguantando desde que encendí el fuego para la cena se me sale del pecho y rompe cualquier intento de ir despacio.
Ella lo nota antes de que yo diga nada. Lo sé porque se le corta la respiración a media frase y se queda quieta, con la boca en mi hombro.
Podría girar la cadera, ponerme de lado, hacer el gesto torpe de quien se disculpa.
No lo hago. Le agarro la cadera con una mano, la pego a mí con todo el antebrazo y la dejo ahí, apretada contra lo que llevo ocho días aguantando, para que no le quede ninguna duda.
—Marcos —dice. No es una pregunta.
—Es lo que provocas. Para que lo sepas.
—Ya lo noto. —Y no se aparta. Se queda un segundo midiéndome con el cuerpo, y después se mueve.
Una vez, despacio, de abajo arriba, con la tela fina que nos queda de por medio; y otra, y otra, con los ojos cerrados y los dientes en el labio, con una concentración tan seria, tan de funcionaria con un expediente, que se me escapa un sonido que ya no es de risa.
—Alba, como sigas así…
—Estoy comprobando una cosa —dice, sin parar.
—¿El qué?
—Que esta vez no ha sido un roce sin querer.
Seguimos así, medio desnudos, con el pantalón de tela a medio bajar estorbando en las rodillas y ella frotándose contra mí sin vergüenza ninguna, cuando el reloj digital de la mesilla marca las doce y cuarenta y cinco.
Un instante después, el ruido amortiguado del motor de un coche subiendo por la calle de abajo rompe el aire.
El sonido nos devuelve de golpe a la realidad: a las nueve en punto de la mañana tenemos la cita fijada en la oficina, y ninguno de los dos puede permitirse llegar con la cara desencajada o perder ese encuentro.
Me detengo un instante, con el pecho subiendo y bajando contra el suyo.
—Deberíamos parar —digo. La voz me sale ronca, sin fuerza ninguna.
—Deberíamos —contesta ella.
No nos separamos de golpe. El movimiento se frena poco a poco, aflojando la presión de los dedos en los hombros, manteniendo la piel pegada y el aire entrecortado saliendo a bocanadas breves.
Dejamos que el deseo se quede ahí atrancado, latiendo en la oscuridad como una llama que no se apaga pero que no podemos alimentar más, una promesa firme de que acabará pasando, solo que no hoy, no con la alarma programada para sonar dentro de seis horas.
—Esto se está convirtiendo en una costumbre —dice Alba, apoyando la frente en mi pecho y soltando una risita corta que le hace temblar las costillas—. Empezar algo y dejarlo a medias.
—La próxima vez no habrá reunión a las nueve que nos salve —le digo, pasándole la mano por el pelo revuelto.
—Cuento con ello.
Nos quedamos traspuestos así, a medio vestir, enganchados el uno al otro debajo de la sábana fina.
El aire huele a limpio y al sudor tibio de la piel.
El deseo sigue ahí, atravesado en el pecho, pero no escuece como una derrota; se queda guardado, apretado en el pecho, para cuando tengamos por fin el día entero por delante.