Capítulo 39 — Marcos
El dolor me tira de la espalda, un dolor sordo justo encima de los riñones que se me clava tras seis horas seguidas echado sobre la plancha del restaurante.
Me huelen las manos a aceite quemado y a vinagre de Jerez, ese olor ácido que no se me quita del todo de las uñas ni aunque me restriegue con cepillo de cerdas duras.
No me lo tiene que contar nadie esta vez.
Tengo clavada la imagen de Manolo, esa mueca que puso delante de la cámara.
Me arde en las sienes. Sé que Alba no va a estar bien; una mujer golpeada así, con el nombre de su madre tirado a los perros ante miles de pantallas, no saca las fuerzas de la nada solitaria en una habitación de hotel mientras los demás recogemos los trapos y lavamos las sartenes como si tal cosa.
Echo la llave a la puerta de la cocina, apago el fluorescente de la entrada con cuidado, salgo a la calle tragándome el aire frío de la noche que me alivia el sudor del cuello.
Camino hacia el hotel con el estómago apretado, una bola seca que me recuerda al hambre dura de finales de mes, cuando el bar apenas se llenaba y las tardes se acumulaban vacías bajo el reloj.
No es como la otra vez. Aquella noche de la tempestad tuve que enterarme por Lola, salir a buscarla a tirones, mascando rabia hasta que la vi destrozada en la orilla y la ira se me desmoronó de golpe en los hombros.
Hoy no siento esa rabia en la sangre. Hoy sé dónde me toca estar, con la misma certeza física con la que mis manos miden la leña para la brasa —tres troncos gruesos de encina si quiero mantener el calor, ni uno más— sin que nadie me dé un empujón.
Son apenas diez minutos a paso largo, pero noto el cansancio acumulado en las pantorrillas.
Pensar en lo de las últimas semanas se me hace extraño.
Aquella primera vez me costó tragar; tuve que pararme, sentado en la arena húmeda con las ingles escocidas y la sal pegada a las pestañas, para decidir ponerme de su parte en vez de tirarle piedras.
Hoy la cabeza ni calcula. Los pies van solos, con el mismo impulso mecánico con el que el pecho me pide aire.
Subo los dos pisos. Noto el roce del felpudo bajo las suelas desgastadas. Llamo con los nudillos a la madera de su puerta.
Tarda. Cuando abre, es justo lo que me esperaba: la sombra oscura bajo los ojos hinchados, el pelo revuelto pegado a las sienes por la humedad del llanto y el móvil atrapado en los dedos.
Lo aprieta tanto que los nudillos se le ven blancos, incapaz de soltar la pantalla que sigue vibrando con el veneno de las notificaciones.
—Marcos —dice. La voz le sale deshecha, floja, perdiendo de golpe ese tono firme, limpio, de abogada de la capital que traía el día que firmamos el contrato—. ¿Qué haces aquí?
—¿Qué voy a hacer?
No me quedo en el quicio. Empujo la puerta con el hombro, paso, la cierro tras de mí con el talón y la recojo en los brazos.
Se me viene abajo de golpe contra la camisa.
Siento el impacto de su peso, la tela de mi pecho mojándose de inmediato con un sollozo largo que traía atascado en el pecho desde que escuchó a Manolo mentar a su madre.
No es la rabia de la playa; es un llanto pesado, doblado, de quien lleva años temiendo el golpe en las costillas y aun así siente que le falta el aliento cuando por fin le cae encima.
—No sé cómo pararlo —dice. La voz le sale ahogada contra la tela de mi cuello—. Las redes no paran. Han sacado fotos viejas de la freiduría... entrevistas antiguas de mi madre... Todo lo que intenté tapar tres años. Itziar no da abasto. Esto se ha desbordado.
—Lo sé —digo.
—¿Y qué hago ahora?
Me quedo callado. Me pesan los brazos, pero la aprieto un poco más contra mí, dejando que pase un minuto entero mientras se oye el zumbido lejano del aire acondicionado del pasillo. Las palabras no van a arreglar nada ni a apagar los teléfonos esta noche.
—Esta noche no hagas nada —digo al rato, sintiendo cómo se me secan los labios—. Deja que Itziar bregue con los periodistas. Suelta el teléfono de una vez. Deja que te sostenga yo.
Se echa un poco hacia atrás, lo justo para mirarme. Tiene los ojos enrojecidos, una mirada desnuda que me atraviesa tan directo que tengo que hacer fuerza para no bajar los ojos al suelo.
—¿Por qué has venido? —pregunta—. Nadie te ha llamado.
—No me hacía falta que me llamara nadie —digo.
Le aparto un mechón húmedo de la frente, despacio, recordando la noche en que la besé, pero con la mano pesada por un cariño distinto, más hondo. Sé leerle la cara como sé cuándo la sartén va a empezar a humear.
Cierra los párpados. La respiración se le va pausando. Cuando me mira otra vez, se le ablanda el rictus de la boca, con ese alivio mudo de cuando logras sentarte tras catorce horas de turno.
Nos quedamos en mitad del cuarto, aguantándonos el uno al otro sin mirar el reloj.
Siento el calor de su frente en mi cuello y el ritmo de sus pulmones ir bajando de revoluciones.
Y ahí, con el hombro agarrotado por la postura, una idea que me venía rondando la cabeza como un moscón desde hace días termina de encajar con un golpe seco.
Sé lo que voy a hacer en la gala.
No tengo los detalles cerrados, pero el plano general se me clava dentro con la misma dureza con la que decido montar un servicio complicado cuando falta personal.
Voy a hacer algo delante de todo el mundo.
Un golpe que no tenga vuelta atrás. Algo que le devuelva a ella el timón de su propia vida, lo que esa jauría le ha quitado a empujones, y que de paso me sirva para plantar cara a los del grupo inversor, a los señores de la Diputación y a este lastre de tres años que llevamos arrastrando los dos sin haberlo buscado.
Me viene a la boca el recuerdo de la receta de su madre.
Me sabe a las especias de aquel plato que saqué a la mesa sin pedir permiso a nadie para medir si me quedaba mano.
La freiduría ya no está, los azulejos los habrán picado, pero el recuerdo de ese aceite caliente sigue vivo en cada historia que Alba me ha ido soltando a cuentagotas.
Hay una grieta ahí, entre lo que a mí me sale hacer con los cuchillos y lo que ella necesita que esta gente entienda, que empieza a coger forma de algo gordo.
No me atrevo ni a nombrarlo en voz baja para no gafarlo antes de tiempo.
Cierro la boca. No es momento de soltarlo. Necesito madurarlo esta noche solo, masticarlo bien antes de enseñárselo, para que cuando se lo entregue sea un plato terminado y no una promesa a medio cocinar.
—Quédate —dice Alba. Se separa unos centímetros, buscando mi mirada—. No quiero pasar la noche sola.
—No me iba a ir a ningún lado.
Nos echamos a lo largo de la cama, vestidos, con los zapatos quitados al borde de la alfombra.
No hay prisa por buscar nada más. Solo dos cuerpos fatigados buscando un poco de sombra.
Alba se va quedando traspuesta, con la mejilla apoyada en mi hombro, y yo me quedo con los ojos fijos en la grieta del techo, contando los minutos del silencio, dándole vueltas a ese plan que todavía no tiene nombre pero que voy a pelear hasta el final, me cueste lo que me cueste.