Capítulo 38 — Alba
El sudor me pega el pelo en la nuca. Siento la acidez de la mala digestión agarrada al estómago, ese pellizco ácido de trabajar sin comer para ahorrar tiempo.
Llevamos grabando veinte minutos de vídeo corto para redes sobre los proveedores locales.
El humo del aceite salta cerca de mi brazo, un chispazo de calor en la piel expuesta.
Manolo está ahí delante. Trae el pescado desde hace veinte años y no sabe hablar flojo; su voz retumba contra los azulejos y me vibra directita en los dientes.
Habla de la calidad del atún de temporada.
De pronto, suelta una frase. El pecho me da un vuelco físico, un golpe seco que me corta el aire.
Entra luz por la puerta. Es la iluminación limpia de la tarde, la que no necesita focos.
Las piernas me duelen tras cuatro horas de pie sobre el suelo duro de la cocina.
Estoy calculando, mientras el realizador ajusta el encuadre con ese objetivo de alquiler, en lo bien que parecía marchar todo desde que Marcos y yo dejamos de andar con rodeos.
En la campaña de Itziar, en las tres menciones en prensa que conseguimos a coste cero, en una tregua en los hombros que llevaba meses sin sentir.
Y en lo que no quiero pensar, aunque se me cuela igual por la rendija, es en la hora anterior.
Entre el atún y el cambio de objetivo, Marcos dijo «ven a ver una cosa al cuarto frío» con cara de santo, que no engaña a nadie, y yo fui, porque ya no sé fingir que no.
Nueve minutos a cuatro grados, entre cajas de cazón y el zumbido del compresor, con su mano en mi nuca y mi espalda contra la puerta de acero, la misma puerta donde hace semanas le grité lo que pensaba de él.
Para no hacer ruido le mordí el cuello. Para no ser menos, él me mordió a mí el hombro, por debajo de la blusa, donde no se ve.
El mío no se ve. El suyo sí.
Lo descubre el realizador al volver a rodar, cuando cierra el plano sobre la chaquetilla.
—Marcos, perdona, ¿qué tienes ahí?
Ahí hay una media luna perfecta, morada ya, justo por encima del cuello, con la huella de cada diente.
—Una quemadura —dice Marcos sin pestañear—. De la plancha.
—Qué plancha más dentada —murmura el chico del cable, sin levantar la vista del cable.
—En 4K se le ve hasta el empaste, jefe —añade el realizador, que ya no está para ayudar.
Me toca a mí, claro. Saco el corrector del bolso y Marcos se agacha a mi altura, delante de todo el equipo, con la mandíbula tiesa de quien aguanta una cura. Le doy toques con el dedo sobre la marca, uno, dos, tres, y me habla sin mover los labios:
—Me estás pintando la prueba del delito.
—Pues no te muevas, que es la tuya y la mía.
—Eso lo dices porque tú la llevas debajo de la blusa.
Y es verdad. Cada vez que levanto el brazo para señalar una caja, la tela me roza el hombro y me acuerdo de él.
Acabamos tapándolo con un pañuelo de cuello de cuadros que alguien rescata de la taquilla de los ayudantes, y Marcos queda con pinta de camarero de zarzuela.
Manolo lo mira de arriba abajo y dice que le favorece, y que el pañuelo y el calor son malos compañeros.
No tiene ni idea de nada. Lo quiero por eso.
—Esta chiquilla sabe de esto más de lo que parece —Manolo señala con el pulgar hacia mi cara.
Se dirige a la lente con la frescura bruta del que no vive de su imagen—.
Su madre tenía una freiduría que era un baluarte en Huelva.
Carmen, se llamaba. Yo le llevaba el género cuando era un chaval, antes de tirar para el Sur.
Buena gente. Menuda pena lo que le pasó.
El realizador no baja el brazo. Ningún piloto rojo se apaga. La lente sigue apuntándome, glacial. Se me aflojan las rodillas por el pavor. En la pantalla de cinco pulgadas se está imprimiendo, en tiempo real, el nudo que llevo tres años ocultando bajo la lengua.
—Manolo —trago saliva, con la voz reducida a un hilo—, no hace falta.
—¿Qué pasa, chiquilla? —Parpadea, arrugando la frente curtida por la sal, sin la más mínima sombra de doblez en los ojos—. Si no he dicho nada malo. Tu madre tenía unas manos para la cocina que no se aprendían en ninguna escuela.
La máquina ya lo ha devorado todo. El micrófono de solapa ha tragado cada consonante con una fidelidad que ninguna edición, por buena que sea, podrá recortar.
Sé, con la lucidez amarga que da haber gestionado crisis de comunicación durante seis años, que este archivo de diez megabytes va a volar más rápido que cualquier nota de prensa que yo intente redactar.
Giro el cuello hacia Marcos. Está junto a la plancha de hierro.
Apoya las manos en el borde de acero, las uñas sucias de limpiar marisco.
Tiene la mandíbula apretada, encajando en tres segundos las piezas del rompecabezas que hemos montado entre los dos.
No me dice nada. No frunce las cejas. Pero el peso de sus ojos clavados en mi frente me quema exactamente igual que si me hubiera sorprendido robando de la caja registradora.
El pantalón me vibra en la pierna derecha. Tres pulsaciones cortas. El teléfono. Itziar.
—Ya rueda el clip —dice directo al oído, sin dar las buenas tardes, con el tono plano y metálico que usa cuando se le cae un cliente grande—. Lo ha colgado alguno del equipo o un cliente desde la barra. Subiendo en flecha.
Saco el aparato. Me sudan las palmas; la pantalla de cristal se me resbala entre los dedos.
Ahí está la imagen: los catorce segundos de Manolo, cortados justo al nombrar a mi madre.
La caja de comentarios sube de veinte a cien en lo que tardo en pestañear.
¿Quién es Carmen? ¿Por esto saltó en el vídeo de hace tres años?
¿Es la misma freiduría del quebranto? La gente en internet une los puntos gratis, inventando mi vida, metiéndose en los cajones de mi casa que llevan tres años cerrados con candado.
Leo de pasada. Unos ponen emoticonos de corazones, una piedad barata que me revuelve las tripas. Otros me acusan directos: Vaya montaje para ganar seguidores. Usando a la familia. La vergüenza me sube desde los tobillos hasta el cuello en forma de sarpullido caliente.
—No sé cómo frenar esto —le digo a la vasca. Se me traba la lengua en los dientes.
—Cualquier frase que saques ahora confirmará la historia —contesta Itziar. Su voz suena limpia, analítica, como cuando revisa un contrato con errores—. Y si te callas, das la razón. Tenías un muerto en el armario, Alba. La cosa no es si existe, sino cuánto te va a costar la avería.
—¿Qué hacemos entonces? Dime algo.
—Apretar los dientes. —Hace una pausa; oigo el chicle que chasca al otro lado de la línea—. Si te mueves ahora, te quemas. Dame sesenta minutos exactos para medir la tracción del vídeo. No toques el teclado.
Una hora. Sesenta minutos son tres mil seiscientos segundos para ver subir las métricas en la pantalla: mil reproducciones, dos mil, cuatro mil. Cada número es un alfiler clavado en el estómago.
Cuelgo. Siento un mareo ligero, ese vacío en la cabeza cuando la tensión baja de golpe.
Intento pensar en esquemas de crisis, en protocolos de contención, pero las ideas se me deshacen.
Mi título universitario no sirve de nada cuando la marca dañada lleva tu propio apellido.
Son catorce segundos de vídeo subidos a la red que están destrozando tres años de silencio encarnizado.
El chico del cable empieza a recoger la jirafa de sonido, guardando el equipo en sus fundas de lona negra.
Nadie me mira a los ojos. Me quedo parada en mitad de la baldosa hidráulica de la cocina, apretando el teléfono contra el muslo hasta que me duelen las falanges.
Es la primera vez que la especialista en comunicación no sabe qué nota escribir.
Mirar un incendio desde fuera es fácil; cuando eres la madera que arde, el humo no te deja ver la salida.
Busco a Marcos con la mirada. Necesito agarrarme a algo sólido, igual que la noche que terminamos en la arena con los zapatos llenos de agua salada.
Pero el local está lleno: dos ayudantes fregando el pase, el chico del vídeo recogiendo los trípodes, el olor a pescado frito colándose por todas partes.
No hay sitio para rozarle la mano sin que alguien saque una foto.
Él se da la vuelta hacia los fogones. Se pone a raspar la plancha con la espátula de hierro, haciendo un ruido sordo y metálico que llena el vacío. Me deja sola a propósito, para que respire, aunque yo por dentro solo deseo que suelte la herramienta y me sujete los hombros.
El teléfono vuelve a zumbar en la palma de la mano.
Notificación tras notificación. Falta poco para que cierre el local y la noche traiga a quien tiene que venir, pero ahora mismo no hay nada más que esto: el sudor en la espalda, este trozo de cristal negro quemándome la mano y el ruido implacable que no para de crecer.