Capítulo 37 — Itziar
El mensaje sale, el móvil queda olvidado sobre la mesa de noche de melamina y yo me quedo con el peso del estómago aflojándose por fin.
Esta vez no espero a que nadie dé el paso.
Le tomo la cara con las manos y la beso despacio, y ella tarda un segundo en responder.
Huele a tabaco rubio y al vapor del pescado frito que se le mete en la piel tras diez horas de turno; un olor que reconozco porque se pega exactamente igual al sudor de la espalda.
No hay prisa, como si las dos supiéramos que a las tres de la mañana ya no nos queda ninguna llamada ni ningún imprevisto que atender.
—Chocho —dice, apartándose apenas un centímetro, plantando su frente calurosa contra la mía—, llevo to la noche queriendo hacer esto sin que hubiera un móvil de por medio.
—Pues ya no lo hay.
La habitación del hotel huele a lavanda barata y a sábanas recién cambiadas.
Está en penumbra, iluminada solo por una lámpara con la tulipa rota que deja ver la humedad de la esquina superior izquierda.
La humedad de la pared huele a cal vieja.
En el silencio me pesan los párpados y me escuecen los talones, gastados tras caminar durante horas por el asfalto recalentado, pero la falta de ruido tiene una calidad distinta a la de las noches anteriores: ya no hay la urgencia de montar un reportaje en dos horas, no hay avisos de redactores jefe exigiendo correcciones ni un despertador programado a las siete de la mañana.
Vuelvo a besarla, despacio. Noto su labio inferior agrietado por el viento de Levante.
Siento cómo su cuerpo afloja los hombros, cómo esa rigidez tensa que le queda en la cerviz tras lidiar con el servicio del bar y los nervios de la semana se le va ablandando despacio bajo la palma de mi mano.
Sus dedos buscan los botones de mi camisa de lino comprada en rebajas.
Tienen las yemas duras, ásperas de fregar platos y cortar limones, y tropiezan con el primer ojal con una torpeza extraña que nada tiene que ver con la rotundidad con la que maneja la barra de su negocio.
Se me escapa un soplo de aire, una risa corta y sofocada que choca contra sus labios.
—¿Te ríes de mí o qué, vasca? —pregunta, mirándome de reojo.
—Me río de que la mujer que saca adelante un restaurante entero con una mano se me atranque con una tira de plástico de dos milímetros.
—Cállate y ayúdame, anda, que te pierdes.
La ayudo. El hilo del botón cede un poco antes de soltarse.
Al principio nos entra la risa, pero la risa se apaga en cuanto la ropa interior acaba arrugada sobre la baldosa fría del suelo, pieza a pieza, y el tacto pasa a ser de otra manera: más pesado, más lento, cargado del cansancio de todo lo aguantado.
Sus manos me recorren las costillas y los omóplatos con una atención que hace meses no sentía sobre mí.
Se detiene en las cicatrices viejas, en la piel seca de los costados, midiendo el contorno de los huesos como si sacara la cuenta de algo que no quiere perder.
Cuando la palma de su mano baja por mi vientre, el ardor agrio que traía atascado en el pecho desde aquel primer encuentro en la esquina del callejón se desata de golpe, sin que yo intente ponerle freno ni calcular los daños.
—Llevo tres días enteros pensando en esto —digo contra el hueco de su cuello. La voz me sale rasposa, cargada de la sequedad de la saliva.
—Yo también —responde ella, bajando la cabeza para buscarme la mirada—. Desde lo del bar, con el cascabel y to. Y mira que me jode admitirlo en voz alta, que luego te lo crees.
Calculo un segundo el tiempo que llevamos perdiendo el aliento en este cuarto y el que nos queda antes de que entre la luz del amanecer por la persiana desencajada.
La cama de matrimonio cede con un crujido de muelles viejos y nos acoge sin prisa.
Lola no es sutil, pero tiene una manera de tocar que busca el centro exacto donde me duele la tensión.
Sus labios me recorren la clavícula y el pecho, demorándose en la carne suave del costado hasta hacerme contener el aire.
Y entonces me doy cuenta de que hay algo que todavía no le he dicho, y que me pesa en la lengua más que cualquier otra cosa.
—Lola. —Le sujeto la cara entre las manos—. Nunca he estado así con una mujer. Nunca. Lo sospechaba desde hace años y lo tenía guardado en el último cajón, y ahora no sé ni por dónde empezar.
Se queda quieta un segundo, con la boca a un palmo de la mía y la respiración caliente en mi barbilla. Luego sonríe, despacio, esa sonrisa torcida de la barra que me desarma.
—Pues empieza por donde te dé la gana, vasca. Aquí no corre nadie.
Se tumba de espaldas y tira de mí con una mano suave en la nuca.
Bajo besándole el cuello, el pecho, el vientre que se contrae bajo mis labios y huele a jabón de hotel y a sal.
Cuando llego a donde me espera, dudo un instante, con el corazón golpeándome las costillas, y es ella la que dice, casi sin voz:
—Mira que te lo digo bien: no hay nada que hacer mal.
La primera vez que la pruebo me sorprende lo poco que me asusta.
Sabe a mar tibio, a piedra mojada, a algo dulce y oscuro que viene después y se me queda en la lengua.
No se parece a nada que conozca y quiero seguir buscándolo.
Me recreo. Voy despacio, aprendiendo con la boca el sabor y el ritmo, y cada vez que ella arquea las caderas o se le escapa un «ay, chocho» entre los dientes, algo se me enciende más abajo, una necesidad nueva y casi vergonzosa de no parar.
Lola me hunde los dedos en el pelo. Tiene los muslos temblando contra mis mejillas y me llama por mi nombre con un acento que nunca me había sonado tan bien.
—Ven aquí —dice de pronto, tirando de mí por los hombros, con la voz hecha trizas—. Tú no te quedas con toda la fiesta.
Se incorpora de un salto que hace chirriar los muelles y me empuja hasta dejarme tumbada de espaldas.
Y ahí me quedo, cinco segundos, mirando el techo, con una duda tonta: en mi vida, con nadie, he estado debajo.
Siempre he sido yo la que manda desde arriba, la que lleva la agenda hasta en la cama.
Todavía estoy pensando cómo se coloca una pierna en esta situación cuando me levanto la rodilla para hacerle sitio y le doy a Lola de lleno en las costillas.
—¡Ay! ¡Coño, vasca!
—¡Perdona, perdona!
—Es la primera vez que me dan una patada antes de empezar —dice, riéndose con la cara medio hundida en mi muslo—. Tú quédate quietita, que ya me coloco yo.
Se coloca. Se gira, se pone de rodillas sobre mi cara, de espaldas a mí, y baja el cuerpo hasta que vuelvo a tenerla en la boca.
Siento su peso caliente, sus muslos a ambos lados de mi cabeza, su pelo rozándome las piernas cuando se inclina hacia delante.
Y entonces su boca me encuentra a mí. Suelto un gemido contra ella que la hace temblar entera.
Seguimos así, devorándonos la una a la otra, sin hablar.
Lola no para ni un segundo, ni cuando le vienen los espasmos ni cuando se le doblan las rodillas.
Me lame con una constancia golosa, con la lengua plana y luego con la punta, y cada vez que lo hace me tiemblan los muslos y se me nubla la cabeza.
Yo me agarro a sus caderas, le hundo los dedos en la carne y me aplico a lo mío, al ritmo que ella me enseña, a ese sabor a mar tibio que ya reconozco, hasta que la noto cambiar.
Se le endurece el vientre. Empieza a gemir sin pausa, un gemido bajo y roto, y de pronto se arquea entera, empuja las caderas hacia atrás y se deshace contra mi boca, con una sacudida larga que me recorre la cara. Sin dejar de comerme. Sin soltarme.
Es el vaivén ciego de sus caderas, el temblor de la sacudida, lo que me lleva hasta allí.
No lo busco. Su cuerpo se desliza hacia delante, mi boca resbala más abajo, y cuando me quiero dar cuenta estoy besándola donde nadie debería besar a nadie la primera noche.
Me quedo quieta de pura sorpresa. Está caliente, es suave y se encoge con cada respingo que le recorre el cuerpo, apretando la punta de mi lengua como una boca pequeña y golosa.
Es de una guarrería que me enciende hasta los huesos. Y no me aparto.
Al revés: me quedo. Presiono despacio, notando cómo cede, cómo se relaja entre un espasmo y el siguiente, cómo se abre un poco más cada vez que se le escapa un gemido.
Saboreo ese rincón que nadie me ha enseñado a querer, su piel más fina, su calor más oscuro, el temblor que le sube por la espalda.
Me recreo. Me retiro y vuelvo, trazo círculos, me quedo quieta mientras ella se aprieta y se suelta.
Lola gime con la boca pegada a mí, un gemido que me vibra por dentro y me hace arquear la espalda.
—Itziar... —murmura contra mí, sin aliento, sin soltarme—. Dios, chocho, no pares. No pares.
No tengo intención de parar. Ella lo sabe.
Lo nota en cómo me agarro a sus nalgas, en cómo me hundo, en que no hay una sola parte de mí que quiera estar en otro sitio.
Sin cambiar la postura, sin dejar de comerme, desliza una mano entre sus propias piernas y se pone a acariciarse con dedos rápidos, frenéticos.
Lo siento en el temblor de sus muslos, en el ritmo de la lengua, que se entrecorta, se acelera, vuelve.
Mientras yo la saboreo así, ella se toca, y me come, y las dos nos perdemos en esa trampa perfecta de bocas y manos.
Se deshace otra vez, y esta vez es distinto.
No es un orgasmo, es un derrumbe. El cuerpo entero de Lola se tensa como un arco, se le corta la voz, y de repente suelta un grito largo, ronco, que parece venir de muy lejos, de un sitio sin nombre.
Le tiemblan los muslos, la espalda, las manos, y todo ese rincón que tengo en la boca me aprieta en espasmos largos, una ola detrás de otra, y no termina.
Dura tanto que pierdo la cuenta, que dejo de saber dónde acabo yo y dónde empieza ella.
Lo noto en la lengua, en las manos, en el vientre, como si su orgasmo me atravesara la boca y se me metiera dentro.
Me parece imposible que una persona aguante tanto.
Y entonces ella, aún temblando, me hunde la boca con un último empujón, y la mano que me tenía agarrada por el muslo me recorre sin querer la planta del pie.
—¡Para, que me muero! —se me escapa, entre una carcajada y un gemido, encogiendo los dedos—. Lola, las cosquillas, no...
—Perdona, chocho —responde ella sin aire, sin soltarme—. No lo he hecho adrede. Tú no te muevas.
Y me rompo, riéndome todavía.
Es como si todo lo que he aguantado, las semanas, los miedos, los años de no saber, se desatara a la vez.
Me nace entre los muslos y me sube por la columna como una corriente, me recorre los pechos, el cuello, la boca contra su piel, las plantas de los pies.
Se me arquea la espalda sobre las sábanas.
Grito contra ella un sonido que no reconozco como mío.
Pierdo la vista, el oído, el aire. Me recorre entera, de la cabeza a los dedos de los pies, en oleadas que no se parecen a nada que haya sentido, más hondas, más largas, con un temblor que me deja sin huesos, y en el centro de todo, tan clara como un nombre dicho en voz alta, la idea de que esto ya lo sabía mi cuerpo desde hacía tiempo y yo era la última en enterarme.
Nos quedamos así, enredadas, jadeando, con las bocas todavía húmedas y los cuerpos sacudiéndose a destiempo. Lola se deja caer a un lado, sin fuerza, y yo me quedo mirando el techo con la humedad de la esquina y la lámpara rota, incapaz de pensar una sola palabra.
Después, casi una hora más tarde, nos quedamos pegadas sobre la sábana de algodón duro, con la respiración todavía enganchada y una fijeza pesada, densa, que se me instala en el centro de las costillas como no recordaba en años.
—Bueno —dice Lola. Tiene la cabeza clavada en la clavícula mía y la voz le sale ronca, espesa de cansancio y de tabaco—. Esto sí que le ha dao por el culo a mi regla de no liarme con nadie del trabajo.
—Tu regla duró exactamente dos minutos la mañana que me miraste desde la barra —le contesto, sintiendo el sudor secársenos entre los pechos.
—Ya ves. —Suelta una risa sorda, un golpe de aire caliente contra mi cuello—. Pero esto ya no hay por dónde cogerlo ni quién lo arregle.
Aprieto los dedos en su hombro, sintiendo la firmeza de su músculo tenso.
No quiero que se arregle nada. Es el único pensamiento claro que me queda en la cabeza mientras me pego más a su costado y noto cómo la pesadez del sueño empieza a tirar de las dos hacia abajo, sin ninguna gana de que den las seis de la mañana.