Contigo ni de coña Capítulo 36 — Lola
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Capítulo 36 — Lola

Marcos me lo cuenta todo esa misma noche, pasadas las once, cuando regresa del rato que ha pasado con Alba armando la estrategia.

Se sienta en el único taburete de la cocina —el que tiene una pata más corta y cojea contra el terrazo— con una taza de café negro entre las manos que no llega a probar, dejando que el vapor flojo le dé en la cara.

Me escuecen los ojos de haber estado doce horas seguidas limpiando boquerones y haciendo caja, pero por primera vez en semanas no me sorprende ver a mi primo abriéndose antes de que yo tenga que sacarle las cosas con tirabuzones.

Hay algo distinto en su postura desde hace cuatro o cinco días: una forma de soltar los hombros que no le conocía, como si la tensión de tragárselo todo en silencio le pesara ya más en las espaldas que el propio miedo a pedir ayuda.

—El grupo inversor. La Diputación. Dieciséis días —resume él, con esa tacañería de palabras que a veces me saca de quicio y a veces, como hoy, le agradezco en el alma, porque me arde la cabeza y no me quedan fuerzas para rodeos—. Alba me va a echar una mano con la campaña.

—Ya era hora de que te dejaras ayudar por alguien, chocho —le digo, apoyando la cadera contra el canto frío del fregadero.

Se ríe con un resoplido, un sonido cansado pero verdadero, y por un segundo se le alisa la arruga de la frente, como si le hubieran quitado diez kilos de encima a pesar del palo que acaba de soltarme.

Esa misma noche, nada más echar la persiana del restaurante a la una y diez, me doy cuenta en mitad de la calle Ancha de que me he dejado los auriculares encima del congelador de la trastienda.

El trayecto entero de diez minutos hasta la puerta del hotel de Itziar se me hace extraño, denso, oyendo solo el taconazo ruidoso de mis sandalias sobre los adoquines húmedos, como si me faltara algo pegado a la piel.

Se lo suelto a Itziar mientras nos cenamos una tortilla fría a medias en la mesa supletoria de su habitación, porque ya no le veo el sentido a andarme con paños calientes ni a guardarle secretos de mi propia sangre a la mujer con la que llevo unas semanas compartiendo cenas a deshoras, silencios largos y cosas bastante más serias que una confidencia.

Llevamos ya tres semanas viéndonos a diario, rascando minutos entre los rodajes de ella y mis cierres de madrugada, y hay una soltura en la forma en que le hablo de la casa, de los miedos de Marcos y de los míos, que todavía me da un pellizco en la barriga cada vez que me sale sin pensar.

—Dieciséis días es una miseria de tiempo —dice ella, dejando el tenedor con un chasquido sobre el plato de loza, con esa cara de concentración dura que pone cuando la cabeza le va a mil revoluciones antes de soltar la primera palabra.

—Alba dice que le va a meter caña con contenido de impacto. Vídeos, gente del barrio hablando, cosas de esas.

—Eso sumará, pero no nos da para llegar a la cifra.

No en dos semanas. —Se queda mirando fijamente la luz de la lámpara de pie, con las cejas apretadas, y reconozco al instante ese gesto: el mismo que pone justo antes de tirarse a la piscina con algo que sabe que va a rascar ampollas—.

Conservemos la calma. Tengo un contacto viejísimo en una revista nacional de gastronomía, un redactor al que le salvé el culo hace tres años, antes de montar la agencia en Bilbao.

Podría plantar a Marcos en un reportaje central esta misma semana.

Eso mete un empujón de miles de lectores, mucho más de lo que la campaña local va a rascar en tan poco margen.

—¿Y dónde está el problema? —pregunto, con el calor del agotamiento en la nuca.

—Que no debería mover ni una coma sin hablarlo con Alba. Ella es la que lleva el mando de la comunicación, y si me meto por mi cuenta a pisarle el terreno, va a pensar que la estoy toreando, que no me fío de su trabajo o que vengo de lista a ponerme la medalla delante de todos.

—¿Y por qué no le marcas el número ahora mismo y se lo dices?

—Podría. Pero la conozco. Es de Huelva, cuadriculada para estas cosas; va a querer medir los tiempos, hacer tres borradores, llamar al de prensa de la Diputación y marear la perdiz dos días antes de dar el paso.

Y no nos sobra ni una hora. —Se muerde el labio inferior, una manía fina que le sale siempre que está masticando una decisión de las suyas, de las que se saltan las normas—.

A veces hay que elegir entre hacer el papeleo perfecto o salvar el barco antes de que se vaya al fondo. Y hoy no me da para las dos cosas.

La miro en silencio durante unos segundos.

Me quedo pasmada mirando a esta vasca que hace un mes escaso me explicaba con santa paciencia y lenguaje técnico qué carajo era un call time a las seis de la mañana, y que ahora está ahí tumbada en la cama, barajando quemarse las manos en su sector por echarle un capote al carajote de mi primo, un chaval al que apenas ha visto dos veces y al que solo la une el hecho de ser la familia de la chavala de Cádiz con la que se ve a escondidas.

Pauso un instante. Me baila una duda en el estómago, un pinchazo de pudor por estar metiéndola en los barrizales de mi casa.

—¿Por qué te la juegas tú, Itziar? Si sabes que te va a traer follones.

—Porque a veces lo que es correcto sobre el papel y lo que hay que hacer para tirar para adelante no coinciden —dice, y se le dibuja esa sonrisa torcida y directa que le conozco bien, la misma determinación con la que mandó a paseo su protocolo profesional para plantarme un beso la primera noche en plena calle—.

Y porque si algo se me ha pegado de ti en este mes, chocho, es que hay riesgos que valen cada susto y cada problema.

No sé si me tendría que dar pavor que se lance a la piscina por Marcos, por mí y por todo este lío sin pies ni cabeza que hemos ido montando a trancas y barrancas entre las dos, sin mapa ni promesas.

Pero al verla ahí encendida, con los ojos brillándole por esa mezcla de frialdad de oficina y arrestos personales que me vuelven loca, no puedo evitar sentir un calor denso en el pecho: sin haberlo planeado, estamos empujando las dos hacia el mismo lado como un equipo de verdad.

—Lo voy a hacer —suelta de golpe, alargando la mano hacia la mesilla para coger el teléfono móvil—. Y no le voy a decir ni media a Alba todavía. Si la jugada sale limpia, se lo justifico con los números en la mesa. Si nos sale el tiro por la culata, me como yo el marrón solita.

La observo teclear rápido en la pantalla iluminada, concentrada, sin que le tiemble ni un músculo de la cara, y me pregunto otra vez cómo una mujer que desembarcó en mi bar con una carpeta de fuelle hablándome de algoritmos, métricas y horas puntas de publicación ha terminado metida hasta el cuello en mis líos de familia, dispuesta a jugarse la cara por gente que ni le va ni le viene, solo porque resulta que esa gente lleva mi misma sangre.

Me acerco por el lado de la cama, me inclino sobre ella y le planto un beso suave en la sien, oliendo a su perfume y al sudor flojo del día.

Ella sonríe sin despegar los ojos del teclado, con una soltura de los cuerpos que se ha ido haciendo sola, día a día, sin necesidad de soltar discursos ni ponerle etiquetas rimbombantes a lo que nos pasa.

Sea lo que sea esto que estamos construyendo en esta habitación de hotel, me digo mientras la veo pulsar la flecha de enviar sin pensárselo dos veces, ya no son cuatro besos a escondidas en un callejón a oscuras.

Es esto: saltarse las alarmas y jugársela por lo que le duele a la otra persona, sin que nadie tenga que pedir favor ninguno.

Deja caer el brazo con el móvil sobre el colchón, como quien suelta un peso muerto.

Se queda un segundo mirando el techo. Después deja el teléfono en la mesilla, se incorpora sobre un codo y me mira de esa manera que le conozco de las reuniones: la de quien acaba de tomar una decisión con regla de medir.

—Lola.

—Dime.

—Estoy harta de esperar a que sea un cascabel el que decida por nosotras —dice. Se le nota el pulso en el cuello—. Esta noche no hay albaranes.

Me coge la cara con las dos manos, con una firmeza que hace un mes no le habría creído, y me besa. No es un beso de callejón, ni de media luz, ni de barra a punto de cerrar. Es un beso con la hora, el sitio y la intención puestos. Y yo, que tengo respuesta para todo, me quedo sin ninguna.