Capítulo 35 — Alba
Pasamos el día entero trazando la estrategia entre los dos en la mesa de madera cruda.
Testimonios con fechas exactas, plazos legales de notificación y una lista de veinticuatro nombres del barrio que Marcos se sabe de memoria, de carretilla, desde la infancia.
Yo los voy anotando en la libreta de tapas duras con una letra cada vez más apretada y rígida, apretando el bolígrafo barato de propaganda hasta que el plástico azul me deja un surco blanco y adormecido en la yema del dedo índice.
El pulgar me tiembla ligeramente; la urgencia no es un pensamiento abstracto, es una tensión punzante que me sube desde la muñeca hasta la nuca.
Para cuando las agujas del reloj del aparador marcan casi las diez y la luz de la calle empieza a apagarse, los dos estamos exhaustos.
No es la fatiga muscular de haber cargado cajas, sino un peso distinto: una presión detrás de las sienes y la boca pastosa de quien lleva horas conteniendo el aliento, con la rara certidumbre física de haber descargado la mitad del fardo en la espalda del otro.
Volvemos a la Casa del Pirata porque a esa hora los bares están llenos y no se nos ocurre otro sitio donde hablar sin aguantar miradas ajenas.
En algún momento, entre el segundo café soluble quemado —que me deja un poso amargo y granulado en la lengua— y el vigesimocuarto nombre anotado al borde de la hoja, dejamos de hablar de la campaña.
El silencio se vuelve espeso, roto solo por el goteo constante del grifo mal cerrado.
—Gracias por esto —digo. Estoy sentada en el borde de la encimera de formica fría de la cocina vacía, notando la dureza del canto clavándoseme en los muslos mientras lo veo guardar los últimos cuatro platos del servicio en el platero de alambre—. Por dejarme entrar en lo del grupo inversor.
Él no se gira. Mantiene los puños metidos en la pila, aguantando el chorro de agua fría sobre los nudillos rojos y pelados por el detergente industrial.
—Gracias a ti por no dejar que me quedara fuera de lo tuyo —contesta al cabo de unos segundos. El tono es llano, seco—. Llevaba tres años sin pedirle nada a nadie. Sin necesitar a nadie para un carajo. Es raro, y todavía no sé si me cuadra o me da pavor.
—Pueden ser las dos cosas a la vez.
Marcos se gira despacio. Se seca las manos en el trapo de cocina raído que lleva al hombro, dejando una mancha húmeda sobre la camisa de manga corta.
Me mira fijo, con una atención densa que no tiene nada que ver con los costes de la carta ni con los papeles del juzgado.
Da tres pasos hacia mí sin prisa, con el andar pesado y firme de quien camina sobre una tabla estrecha sabiendo que abajo hay acantilado, pero decide avanzar de todas formas.
—Pueden ser las dos cosas a la vez —repite.
Pone las manos en mi cintura. Las palmas le queman, ásperas, impregnadas de un resto de olor a limón y jabón barato.
Me levanta apenas un par de centímetros para bajarme de la encimera y atraparme contra su cuerpo.
El beso que sigue no guarda nada del cuidado tembloroso de aquella primera vez.
Hay una necesidad física, directa, masticada durante semanas de tregua forzada, de distancia por puro instinto de supervivencia, de ganas aplazadas a base de cláusulas de contrato, silencios pendientes y miedos que ya no nos valen de parapeto.
Sus dedos gruesos suben por la tela fina de mi espalda, se le enganchan los dedos en mi pelo revuelto, y yo tiro de la solapa de su camisa con una torpeza desesperada.
Siento cada botón de plástico duro como una traba insoportable entre la piel caliente de su pecho y la carne de mis dedos.
—Marcos.
—Dime.
—No pares.
No frena. Me vuelve a sentar sobre el borde de madera, y esta vez le rodeo los costados con las piernas, enganchando los talones a su espalda.
Su boca desciende por la curvatura de mi cuello, lenta, a contrarreloj de la prisa violenta con la que sus manos buscan la orilla de mi camiseta de algodón desgastado.
Sube las palmas por los costados con un roce rudo que me saca un aire entrecortado, un gemido corto que se me escapa antes de poder morderme el labio.
Todo en él responde a ese ritmo de cocina de faena: la paciencia medida de quien sabe que los fogones no se apuran sin echar a perder el plato, aunque las tripas le estén pidiendo fuego directo.
Me saca la camiseta por la cabeza con un tirón suave.
El aire húmedo y helado de la cocina nocturna me golpea el pecho destapado, haciendo que se me erice el vello de los brazos y obligándome a arquear el lomo hacia él, buscando su calor corporal.
Lo encuentro de golpe en su boca, que recorre la piel recién expuesta con una presión firme, sin un solo gesto torpe ni un movimiento en falso.
Sus palmas, calientes y rugosas, se me clavan en las costillas, deteniéndose justo debajo del sujetador.
Se queda ahí, clavado, sintiendo el latido acelerado que me retumba bajo la piel, esperando el gesto implícito que le dé paso.
—Sigue —digo en un soplo. Y el subtexto llena el resto del espacio.
Durante varios minutos, un tiempo que no tengo la menor capacidad ni el deseo de medir en el reloj de pared, el espacio se reduce a la textura de los dedos reconociendo cicatrices y curvas, al roce de las costuras de los vaqueros que empiezan a incordiar de verdad y a la temperatura exacta de su estómago contra el mío.
Le busco la hebilla del cinturón de cuero, dispuesta a retirar la última barrera de metal y piel, cuando Marcos se frena en seco.
Apoya su frente contra la mía; la respiración le sale en golpazos calientes que me dan en los labios.
—Espera.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Suelta una risotada baja, un retumbo grave que le nace en el pecho y me vibra directo en las clavículas como un calambre—.
Nada malo, chiquilla. Solo que no quiero que la primera vez de verdad sea aquí, entornados en una cocina de paso, con la puerta sin echar el pestillo y medio Pópulo despierto haciendo ruido en la esquina. Quiero tiempo. Hacerlo como Dios manda.
Es la clase de freno que en otro contexto sonaría a evasiva de quien se echa atrás, pero en su voz suena a peso, a promesa empeñada con la palabra.
Y aunque el pulso me va a mil y el cuerpo entero me pide a gritos no frenar ahora, esa tozudez suya para aguantar la gana me deja sin defensas, mucho más de lo que habría conseguido si se hubiera dejado llevar sin mirar atrás.
—Vale —digo, tragando saliva para recuperar el aliento mientras agacho la cabeza para buscar la camiseta caída en el suelo de baldosas frías—. Pero que sepas que esto te va a salir con recargo. Con intereses de demora.
—Cuento con eso.
Nos quedamos un rato más así, sentados en la penumbra, vestidos a tramos y reaccionando con sofocos de risa tonta como dos críos que temen que los pillen a deshoras.
La necesidad sigue ahí, latiendo en la piel y apretando en el vientre, pero ninguno de los dos tiene prisa por apagar el rescoldo del todo, sabiendo perfectamente que la espera, cuando por fin saldemos la cuenta, va a valer cada uno de los minutos aguantados.