Capítulo 34 — Marcos
Llego a la habitación de Alba a las siete y diez de la mañana.
Me escuecen los ojos de no haber dormido y la nuca me late con una punzada sorda que me baja por los trapecios.
Llevo la misma camiseta de ayer, impregnada todavía del tufo a aceite frío del bar, y tengo la boca pastosa.
No he pegado ojo en toda la noche; he pasado seis horas dando tumbos en la cama de noventa centímetros, calculando con los dedos las horas que faltaban para el amanecer mientras se me clavaba un muelle en el costado.
Pensaba en lo que iba a decirle por la mañana y en la boca que me supo a crema de naranjas cuando la besé anoche, entre la duda de tragarme el orgullo solo o cumplir la palabra que le di de hablarle claro.
—Necesito contarte algo —digo en cuanto gira la manivela. No le doy los buenos días.
Me aparto un poco para pasar. Nos sentamos en un sofá de dos plazas con la tapicería de raso descolorida. Apoyo las palmas en las rodillas; el mueble es duro, helado, nada que ver con el olor a pan frito y el calor de la cocina de anoche. Se me traba la lengua en el paladar seco.
—El grupo inversor que anda comprando fincas en el Pópulo me hizo una oferta hace catorce días.
Por la Casa del Pirata. La rechacé —digo.
Aprieto los dientes hasta que me cruje la mandíbula—.
Vino un tipo con un traje de lino claro, con olor a colonia cara, un martes a las diez de la mañana.
Me puso en la barra un papel con una cifra: trescientos mil euros al contado.
Salía de la deuda de los proveedores, me quitaba la luz cortada de encima y me sobraba para vivir un par de años sin abrir una persiana.
Lo mandé al carajo en tres minutos. Pero llevo catorce días haciendo cuentas en servilletas de papel, pensando si fui gilipollas.
Alba no se mueve. Las ojeras le marcan dos sombras moradas bajo los ojos.
—¿Por qué no me dijiste nada? —pregunta.
—Pensaba que te ibas a meter por medio —digo, y me paso la mano áspera por la barba de tres días.
La piel me escuece—. Anoche, a las diez y media, justo cuando bajé a la calle tras...
tras lo del beso, me llamó el jefe de prensa.
Los del grupo inversor han ido a la Diputación.
Quieren que adelanten la revisión de la cláusula de mi contrato de arrendamiento.
Se agarran al lío del vídeo. Si la adelantan a este mes y no demostramos que el bar llena mesas y factura, me quitan la concesión el día tres. Y me quedan las fuerzas justas.
Alba se queda mirando un punto fijo en la moqueta deshilachada. Veo cómo traga saliva, el movimiento tenso de su cuello, mientras se le arruga la frente.
—¿Cuánto tiempo queda? —pregunta.
—Hasta el día tres. Dieciséis días.
—Llegamos ajustados —dice. Se frota los nudillos—. Hay que grabar a la gente del barrio. A Don Manuel, a las vecinas que bajan a por los churros, a los que bajan a comer el menú todos los días. Si metemos eso en la campaña, la Diputación no se atreve a firmar el desahucio delante de la prensa.
Se acerca un poco y me pone la palma de la mano sobre los dedos tensos. La piel de sus dedos está fría, pero el contacto me hace bajar los hombros dos centímetros.
—Tenías que haber soltado esto antes —dice—. No anoche en el portal, a la carrera.
—Llevo tres años pagando solo los puñetazos —digo. Siento un tirón en el pecho—. Cuesta soltar el volante cuando te has acostumbrado a que te lleven por delante.
—Pues te aguantas, porque ahora hay dos personas dentro del coche —dice.
Mantiene la voz en un tono plano, directo, mirando fijamente mi mano—.
Son dieciséis días. Yo tengo noventa mil seguidores en la cuenta principal.
Si uso eso para empujar la recogida de firmas y la historia del local, obligamos a la Diputación a dar la cara.
Es la primera vez en tres años que esa mierda de pantalla sirve para pagar una factura que merezca la pena y no para anunciar cremas de cara.
—No quiero que te pringues por hacerme un favor —digo.
—Lo hago porque el bar está abierto y porque esos tipos no han fregado un suelo en su vida —dice. Hay una mueca rígida en su boca, entre el cansancio y el enojo—. Y porque no pienso ver cómo te quedas en la calle por no pedir ayuda.
El aire de la habitación se me hace pesado.
Escuchar la palabra «seguidores» y pensar en las pantallas me revuelve las tripas; se me junta un ardor amargo en el estómago, el mismo mareo con tufo a plástico y sudor que me entró la tarde que me encerré en el almacén de congelados en Madrid a hiperventilar.
Cierro el puño con tanta fuerza que los nudillos me blanquean y la uña del pulgar se me clava en la carne del índice.
Ella baja la vista a mi mano.
—¿Te duele algo? —pregunta.
—No —digo. Trato de aflojar los dedos uno a uno—. Es la idea de volver a salir ahí. Ponerme delante del teléfono para que cinco mil tíos de fuera opinen si soy un muerto de hambre o si el bar vale la pena. Me entran ganas de echar a correr por la avenida.
—No hay que grabarlo todo hoy —dice.
Me quedo mirando su mano sobre la mía. Veo la pequeña cicatriz que tiene junto al pulgar y el tono pálido de sus uñas.
El nudo que tengo debajo de las costillas sigue ahí, duro como un pedrusco, pero el peso del cuerpo ya no me tira tanto hacia abajo.
Pienso en lo que debo, en las planchas de gas que chillan cada mañana al encenderse y en el hecho de que la misma mierda digital que me hundió hace mil días esté ahora encima de esta mesa de aglomerado, puesta sobre la mesa por la única persona a la que le he permitido tocarme la cara en años.
—Vale —digo—. Lo hacemos. Pero a medias. No voy a quedarme mirando mientras tú me sacas las castañas del fuego.
—A medias —dice.
Apoyo la espalda en el respaldo del sofá.
Los hombros me pesan menos, aunque el dolor de cabeza no se ha ido.
Quedan dieciséis días, una caja casi vacía y un teléfono móvil encima de la mesa, pero por primera vez en tres años no tengo la sensación de estar aguantando el techo yo solo con los brazos.