Capítulo 33 — Alba
Noto cómo se le tensa la fibra del trapecio bajo la palma de mi mano antes de que llegue a sacar el teléfono del pantalón, un latigazo duro que le bloquea el cuello y le cierra las mandíbulas con un chasquido sordo.
Hace apenas tres segundos sus dedos me mecían la nuca con esa cadencia pausada de las diez de la noche, como si la noche no tuviera fin ni prisa alguna por consumirse.
Todavía me arde la sal del beso en las comisuras, mantengo los labios hinchados, calientes, con ese flujo sanguíneo latiéndome en las sienes que deja la boca pesada y torpe después de entregarse del todo.
Pero la vibración metálica del aparato dentro de la tela de su vaquero interrumpe el calor de cuajo y me devuelve a esta cocina de tres metros cuadrados, a la humedad de la piedra antigua y a esta precariedad que nunca termina de irse.
—¿Diga? —pregunta, dando un paso atrás que me deja la piel del pecho destapada y fría de golpe, sin rastro de la tibieza que nos envolvía.
No alcanzo a escuchar lo que escupe el auricular, apenas un zumbido agudo, la ráfaga atropellada de una voz lejana que habla a toda prisa desde alguna esquina de Cádiz.
Veo la cara de Marcos transformarse bajo la luz amarillenta del fluorescente: la piel relajada de la cena se le recoge en arrugas duras alrededor de los ojos, las cejas apretadas en una línea recta de cálculo inmediato, procesando algo que descuadra las cuentas de la semana.
—Entiendo —dice, tragando saliva con un movimiento de la nuez—. Sí. Voy para allá ahora mismo.
Cuelga la llamada con un toque rápido del pulgar. Se queda dos segundos fijos mirando la pantalla encendida, donde el brillo le marca las ojeras oscuras, como si intentara descifrar si lo que acaba de oír es una amenaza real o solo otro contratiempo costoso.
—¿Qué pasa? —pregunto, sintiendo un pinchazo en el estómago que me estropea el regusto del vino, con el ritmo del corazón todavía desbocado por la boca pero perdiendo fuerza a toda prisa.
—Tengo que irme.
—Marcos, ¿qué pasa?
—Es sobre el contrato. —Se pasa la mano abierta por el rostro, frotándose la frente con la rudeza de quien lleva doce horas en pie y ve cómo se le cae una inversión de meses—. No puedo explicártelo ahora, necesito ir a hablar con alguien antes de que sea demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué?
—Te lo explico mañana. Te lo prometo. —Coge la chaqueta de pana gastada que descansaba sobre el respaldo del taburete, se pasa la manga por el brazo derecho tropiezamente, trabándose con la correa del reloj en un ademán brusco, despistado, tan alejado de su manera habitual de moverse por la casa que la alarma me sube por las piernas sin necesidad de que añada una sola frase más—.
Ahora mismo necesito ir a solucionar esto antes de que se complique más.
Se acerca a mí medio segundo, roza mis labios con la frente en un beso rápido que huele a prisa y a sudor, un contacto torpe en mitad de la huida.
Antes de que me dé tiempo a agarrarle del puño de la camisa, antes de pedirle que se espere cinco minutos a que se me baje el temblor de las manos o me aclare qué cantidad de problemas hay en juego, ya ha atravesado el marco de la cocina.
El cerrojo de la puerta principal retumba con un golpe metálico y su silueta se pierde en los callejones del Pópulo.
Me quedo quieta en mitad de este espacio estrecho que hasta hace un momento me parecía el único refugio seguro de la ciudad.
Ahora la cocina se siente demasiado grande y helada; sobre la mesa de madera barata quedan los dos platos con restos de aceite de la cena, la espina limpia de una corvina y la copa de vino tinto a medio beber que se está quedando rancia.
Me froto los brazos tiritando levemente.
Pensar en lo que somos ahora mismo requiere un esfuerzo físico: el beso no ha sido un espejismo, la boca me sigue escociendo por el roce de su barba de tres días y el pecho mantiene esa opresión caliente que no se inventa.
Eso es verdad. Lo que no sé encajar es todo lo demás.
La llamada, la urgencia repentina en la voz, ese gesto de pánico económico o profesional que le mudó el semblante en tres segundos como si al otro lado del teléfono le hubieran puesto fecha de caducidad a todo lo que lleva construido.
Recojo los platos con lentitud calculada, haciendo chocar la loza para llenar el silencio de la casa.
El olor a guiso de pescado y a humedad acumulada en las vigas del techo me rodea mientras trato de ordenar las piezas.
Hace apenas diez minutos estábamos pegados el uno al otro, oyendo la respiración del otro contra la pared.
Ahora hay una sombra pesada, un problema de papeles, de socios o de deudas que él ha preferido cargarse a la espalda a solas antes que soltarlo delante de mí.
Esa mezcla de la caricia apresurada en la frente con la estela de su fuga me deja un poso amargo: no es miedo puro, es la certidumbre incómoda de que la vida real en esta tierra siempre pide cuentas demasiado pronto.
Lo nuestro ha dejado de ser una conjetura. Me repito eso mientras giro la llave de la Casa del Pirata, escuchando el chasquido del metal sobre la cerradura vieja, y me adentro a pie en la noche de Cádiz.
Camino hacia el hotel bajo un cielo limpio, lleno de estrellas frías que no recuerdan a la marejada de la semana pasada pero que transmiten la misma densidad previa a un chasquido.
Ya no puedo volver a la casilla de salida, no después de cómo nos hemos mirado esta noche.
La duda que me quema en las pantorrillas con cada paso sobre el empedrado es si lo que se le ha venido encima a Marcos —esa factura pendiente, ese contrato a punto de romperse— nos va a dejar margen de maniobra para comprobar qué peso soporta esta estructura que acabamos de levantar a oscuras.
A mitad de la calle Ancha saco el teléfono del bolsillo.
La pantalla marca las 23:42. La luz azulada me ilumina los dedos fríos mientras abro su chat, tecleo dos palabras para preguntarle si ha llegado bien o qué ha pasado con la reunión, pero borro los caracteres antes de enviar nada.
Recuerdo la conversación de hace unos días en la playa, cuando le prometí que no presionaría con las preguntas aunque la incertidumbre me carcomiera por dentro.
Me toca cumplir mi palabra, guardarme las uñas y tragarme esta ansiedad aunque la cabeza no pare de dar vueltas calculando escenarios ruinosos.
Llego a la habitación del hotel, me dejo caer de espaldas sobre el colchón duro sin quitarme los vaqueros ni las botas llenas de arena.
Me quedo con la vista fija en la moldura de yeso del techo, sintiendo en el cuerpo el mismo peso físico, denso y extraño, que me aplastó el pecho la primera noche que desembarqué en esta ciudad: la certeza absoluta de estar pisando el borde de algo que me desborda por todas partes.