Contigo ni de coña Capítulo 32 — Marcos
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Capítulo 32 — Marcos

Cocino para ella esta noche. Sin cámaras, sin equipo alrededor, sin una sola excusa profesional que justifique la cena.

Solo me mueve la certeza que me dejó la mañana: esa mirada suya que ya no esquivaba la mía, la distancia en sus hombros floja de golpe, sin aviso previo.

Algo entre nosotros pedía a gritos dejar de fingir.

Tengo las piernas molidas después de diez horas de pie frente a los fogones y llevo todo el día echando cuentas.

Pienso en si esto es sensato, en la cláusula del contrato y en el riesgo real de perder el traspaso del local, las cuatro paredes por las que debo más de lo que gano.

Invitarla a cenar aquí es jugar a la ruleta rusa.

No tiene ni un pase. Y, sin embargo, a medida que la luz cae sobre el puerto y el calor de los fuegos afloja, la idea se me clava con una fuerza que no sentía hace años: hay riesgos que se toman justamente porque el abismo impresiona, no porque uno no lo vea.

Le paso el recado a Lola para que lo mande ella. Después de lo del martes no me fío de mis propios dedos, y que todo vaya por mediación de mi socia se ha quedado como una costumbre que ninguno se ha molestado en romper. Cena esta noche. Solo nosotros. Casa del Pirata, después del cierre.

A los cuatro minutos exactos Lola me planta el móvil delante de la cara: Ahí estaré.

Limpio la encimera y preparo algo directo, sin adornos ni pases de emplatado para subir a redes.

Un guiso de cazuela con el fondo de pescado que llevo ajustando tres meses, pan con la corteza crujiente y una botella de vino guardada en el almacén desde el año pasado.

Pongo dos cubiertos en la mesa redonda con un celo ridículo; doblo las servilletas de tela a escuadra, un detalle que si Lola pillase me costaría tres semanas de guasa en el mercado.

Alba cruza la puerta a las diez en punto. Trae el pelo suelto, aún húmedo de la ducha, y una camiseta holgada que nada tiene que ver con los chalecos y las botas de trabajo que usa en los rodajes. Verla sin el blindaje del trabajo me frena el aliento durante un segundo largo.

—Huele a gloria —dice. Se sienta en la silla de madera sin esperar a que se la retire.

—Espero que sepa igual.

Comemos sin prisa. Los tensores del cuello se me van destensando trago a trago.

La charla avanza fácil, rompiendo esa tirantez que hasta hace nada nos volvía torpes.

Alba habla de métricas, de picos de retención y de cómo un vídeo encuentra su público sin que nadie entienda bien la fórmula.

La escucho mientras noto el calor del plato en los nudillos y relaciono sus palabras con la química de mi cocina: procesos que pones en marcha pero no dominas del todo, que piden la temperatura exacta y aguardar.

Le hablo entonces de la reducción del caldo, del punto de sal, del tiempo ciego que exige el chup-chup, y ella asiente con los ojos fijos en los míos, traduciendo mi jerga a la suya sin perderse.

—El pulpo tiene tres corazones —suelta de pronto.

—Me lo mandaste con Lola.

—Dos para las branquias y uno para el resto del cuerpo. Cuando nada, el del cuerpo se le para.

—Entonces es como yo con el servicio de las ocho.

—Hay quien lo llama presión y hay quien lo llama tener un día —dice, y se le escapa una risa por la nariz, la primera sin defensa que le oigo.

Y yo, que llevaba semanas guardando datos de bichos sin nadie a quien contárselos, saco el de los caballitos de mar.

—Gracias por esto —suelta cuando apartamos los platos y a la botella le queda apenas un dedo de vino—. Por la cena. Por aguantar el tipo estos días cuando te lo he puesto imposible.

—No hay nada que agradecer.

—Sí que lo hay. —Me mira de frente, con las pupilas dilatadas por la penumbra y la copa entre las manos—. Llevo cuatro días escondida detrás de un miedo que ni era mío. Usando la cláusula y tu local de escudo para no dar la cara.

—¿Dar la cara con qué?

—Con esto —dice. La palabra flota en el aire de la cocina, entre el olor a laurel y a vino derramado.

Me levanto. La madera de la silla rasca el suelo. Ella se pone de pie a la vez. Nos quedamos a un palmo, bajo la luz amarilla del extractor apagado. El corazón me golpea las costillas con una fuerza salvaje que no me da ningún servicio de cincuenta comensales.

—Sabes la que se nos viene encima si esto se sabe, ¿no? —digo, con la voz más grave de lo normal—. La cláusula. La concesión. Como esto salte a la prensa, me quedo en la calle y sin el restaurante.

—Lo sé.

—Y te da igual.

—Y me da igual. —Da un paso corto y pega el pecho al mío—. Porque me he tirado cuatro días pensando que poner distancia era la forma de protegerte, cuando solo me estaba protegiendo yo para no sentir esto.

No hace falta decir más. Levanto el brazo, roto por el cansancio del día, y le aparto un mechón de pelo del pómulo. Ella cierra los ojos un instante largo al sentir mis yemas. El contacto me recorre el antebrazo hasta la nuca.

La beso.

Es un beso despacio, medido, sin el descontrol imprevisto de un tropiezo.

Sabemos lo que vale este movimiento y lo que dejamos empeñado en la mesa.

Besar su boca seca, sintiendo cómo responde con la misma determinación con la que yo me he lanzado, pesa por todo lo que cuesta, por el miedo, por el contrato y por la decisión consciente de tirar hacia adelante.

Le sujeto la nuca y sus dedos se agarran a la tela de mi camiseta.

El espacio alrededor desaparece: solo queda el calor de su piel, el gusto amargo del vino tinto en la lengua y los dos pechos subiendo y bajando a destiempo.

La aprieto contra mi cuerpo y noto su forma amoldándose a la mía con una firmeza que me deja sin aire.

Cuando nos separamos, nos quedamos a un centímetro, respirando el mismo aire, frente con frente. Las manos siguen enganchadas a las cinturas.

—Ofú —murmuro para mis adentros, con el aliento corto—. Llevo tres años enteros sin sentir este calambre.

Ella se sonríe contra mis labios.

—Yo tampoco.

Nos quedamos apoyados el uno en el otro durante diez minutos.

La penumbra de la cocina nos envuelve mientras el barrio del Pópulo duerme al otro lado de la puerta de madera.

Alba apoya la sien en mi pecho y yo la rodeo con los brazos, sintiendo que el fuego que llevo años intentando apagar para no quemarme no necesita manguera esta noche. Solo necesita tiro.

Le paso los dedos por el pelo, despacio, grabando la escena: el peso de su cuerpo apoyado en mí, el ritmo de su pulso bajando poco a poco y el tufo a guiso que aún flota en la campana extractora.

Es una calma limpia, la misma satisfacción exacta de cuando la mesa seis devuelve un plato limpio hasta el fondo.

Entonces, el teléfono de teclas que llevo en el bolsillo trasero del pantalón empieza a vibrar contra la cadera con el tono estridente que tengo puesto para las llamadas oficiales.

Saco el aparato. Miro el número en la pantalla monocroma.

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