Contigo ni de coña Capítulo 31 — Alba
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Capítulo 31 — Alba

Cuatro días. Noventa y seis horas contadas una a una, aguantando los dos metros de distancia que yo misma decidí marcar, y la piel se me tensa en las sienes cada mañana.

Cada hora me cuesta más que la anterior, pesándome en las pestañas y en las articulaciones como si llevara encima noventa kilos de arena mojada.

No es que Marcos haya dejado de tratarme bien.

Al contrario: cumple mi petición con una disciplina rígida, germánica, que en cualquier otro contexto yo admiraría sin reservas.

Mantiene la conversación en el margen estricto de los horarios de rodaje, las compras de la lonja, la calibración de la cámara.

Ni un ademán de más, sin insistir, sin preguntar directamente qué coño ha pasado, aunque le veo el masticar en seco, la vibración del músculo en la mandíbula cada vez que nos cruzamos frente a la lente del objetivo, sosteniendo esa pregunta atragantada.

Es peor así, en cierto modo. Si se hubiera enfadado, si me hubiera gritado o exigido explicaciones a voces, yo tendría un muro duro contra el que reaccionar, un dolor físico claro para apretar los dientes.

En cambio solo tenemos este silencio de tres o cuatro palabras por frase, un silencio educado que los dos sostenemos con los hombros rígidos, cada uno apretando los puños por motivos que el otro desconoce del todo.

Los roces son constantes y los dos apretamos los labios fingiendo no notarlos.

Una mano que pasa a tres milímetros de la mía al entregar un plato de barro fundido.

Una mirada de ojos negros que se sostiene un segundo largo, dos segundos, tres segundos más de lo estrictamente profesional antes de que alguno de los dos la aparte bruscamente hacia las baldosas, como quien retira los dedos de la rejilla de un horno encendido que sabe que le va a arrancar la piel.

El equipo entero —los cuatro técnicos que se sudan las camisetas bajo los focos de mil vatios— debe de notar la tensión, aunque nadie abra la boca, porque hasta el realizador ha empezado a estirar esos silencios pesados para sus planos cortos, metiendo el zoom hasta mi cuello sin saber que lo que está grabando en alta definición no es actuación de ningún tipo, sino la sangre pulsándome a cien por minuto debajo de la clavícula.

Ayer, a las cuatro y veinte de la tarde, durante una pausa del rodaje, se me escurrió la libreta de tapas duras de las manos sudorosas y cayó al suelo de piedra.

Él la recogió del polvo antes de que yo pudiera siquiera doblar las rodillas.

Me la devolvió sin pronunciar una sola sílaba, sin la menor necesidad de articular palabra, con un contacto de las yemas de sus dedos contra las mías que duró menos de medio segundo y que, sin embargo, se me quedó ardiendo en la piel la tarde entera, como un hierro candente atravesándome la palma.

Ninguno de los dos dijo nada. Los dos supimos, con el estómago encogido y sin cruzar una palabra, exactamente lo que había significado esa chispa.

Itziar viene a buscarme a la terraza del hotel a las seis y cuarto de la tarde del cuarto día.

Trae una carpeta azul debajo del brazo con la excusa de repasar el calendario de los siete días que nos quedan de producción.

Se sienta frente a mí en la silla de teca, se apoya contra el respaldo y la arruga que tiene entre las cejas me dice al instante que no ha recorrido los trescientos metros desde su habitación solo por temas de logística.

—¿Estás bien? —le pregunto. La noto agotada, con unas ojeras moradas que no le había visto nunca, ni en las tres peores noches de la crisis del vídeo.

—Sinceramente, no del todo —dice, pasándose la palma redonda por la cara con un chasquido de piel cansada, un gesto que contrasta con su compostura de ejecutiva—. Llevo cuatro días dándole vueltas a una mierda, Alba. Necesito sacármelo de encima antes de volverme loca.

—Te escucho —contesto, apoyando los codos sobre la mesa de madera helada.

—Es por Lola. Y por mí —dice. Hace una pausa larga, se muerde el labio inferior buscando las palabras con una torpeza extraña, impropia de alguien que en Bilbao planifica los discursos con regla de medir—.

Cuando saltó lo del vídeo aquel de hace tres años...

cuando avisé de las cuentas falsas que movían el vídeo, apreté demasiado.

Le metí una gravedad al tema que igual no tenía.

—¿Por qué? —pregunto.

—Por miedo —contesta. Suelta una risa corta, seca, sin un ápice de gana—.

Pero no por el lío de la prensa o el patrocinio de la Diputación.

O no solo por eso. Tenía un pánico ciego a lo que estaba sintiendo por Lola.

Y proyecté la paranoia en las métricas. Era más fácil comerme la cabeza con una auditoría que admitir que estaba colada hasta el cuello por una tía que se pasa mis esquemas por el forro de los cojones.

Lleva doce meses enteros, según me va soltando con la voz cada vez más baja, repitiéndose el mismo dogma de consultora: cero líos con los clientes, cero contactos fuera de la oficina, la agencia es lo único que le da de comer y no piensa jugársela por un calentón.

Y sin embargo ahí está, con las manos temblándole ligeramente sobre la madera, confesándome que ya ha reventado sus propias normas, que ya se ha besado con Lola en plena calle, de madrugada, y que lleva setenta y dos horas pasando del subidón en el pecho a un pavor helado en los riñones que no se le quita ni durmiendo.

—Y hay más —dice entonces, y se le suben los colores hasta las orejas—. Anteayer, en su bar, a las tantas, con la persiana a medio bajar. Me llevó contra la cámara frigorífica y me besó. Y luego me metió la mano por dentro del pantalón.

—¿Perdona?

—Por debajo de la goma, Alba. Y se encontró con que...

—Se tapa la cara con la carpeta azul—. Con que estaba depilada.

Esa misma tarde. Sin motivo aparente, ya ves, yo que no hago nada sin motivo.

Y ella se quedó quieta, con la mano ahí, y me dijo con esa cara de guasa: «Quien arregla la casa espera compañía. ¿Me he perdido algo, vasca?».

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que la estaba esperando a ella. Desde lo de la otra noche.

—Baja la carpeta; tiene los ojos brillantes y una sonrisa tonta que no le había visto en la vida—.

Y entonces sonó el cascabel de la puerta, un borracho preguntó que si ya no se servía, y ella sacó la mano como si le hubiera mordido un perro.

Yo me abroché la blusa con toda la dignidad que me quedaba y le dije que al día siguiente le traía los albaranes revisados.

—¿Se los llevaste?

—No. Pero me los he repasado cuatro veces yo sola.

Se me escapa una carcajada, la primera en cuatro días, y es un alivio físico, como soltar una cremallera. Se me pasa en cuanto veo que a ella también le tiembla la boca.

La confesión de Itziar me cae encima a las seis y media de la tarde como un latigazo de realidad, un espejo implacable que me pone delante la podredumbre de mis propias excusas.

Me pregunto en silencio si este encierro entre salinas, calor de cuarenta grados y noches sin dormir nos ha ido limando las defensas a las dos por igual, desgastando los frenos de mano que nos habíamos puesto para no despeñarnos.

Me quedo mirando una hormiga que cruza la esquina de la mesa. Me duele la nuca. Siento la presión del sujetador apretándome las costillas y me doy cuenta de lo estúpida que he sido calculando riesgos que no existen.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —pregunto, aunque la duda me quema los labios a mí misma.

—No lo sé —dice Itziar—. Pero llevo cuatro días parapetada detrás de informes y de unas reglas de mierda que me inventé hace un año para una persona que ya no soy.

—Me mira fijo, con los ojos clavados en los míos, sin parpadear—.

¿Y tú? Porque hay que estar ciega para no ver que tú estás haciendo exactamente lo mismo.

No contesto de golpe. Trago saliva, con la boca seca como la sal del estero.

Me quedo rumiando su confesión, esa simetría ridícula que ha dibujado sin saber la mitad de mi historia con Marcos.

Algo dentro del pecho se me desencaja y vuelve a colocar en su sitio con un chasquido limpio, una claridad helada que no tenía al empezar esta conversación.

Tiene toda la puta razón. Llevo noventa y seis horas escondiéndome detrás del anexo III del contrato, parapetándome en el pánico de que mi boca le cueste a Marcos los doce mil euros de deuda que aún arrastra y la cocina que ha levantado sudando sangre desde la nada.

Y en algún punto de este recuento de daños me he olvidado de preguntarme si ese miedo es real o es mi propia cobardía; si lo estoy protegiendo a él o si uso su ruina potencial como un escudo perfecto para no dar el salto y exponerme a lo único que me aterra más que un escándalo en los periódicos: la posibilidad de que esto funcione de verdad y no tenga a quién echarle la culpa si se va al carajo.

Es comodísimo jugar a ser la salvadora abnegada para no tiritar de miedo; debajo de tanta dignidad institucional solo hay pavor a quedarme desnuda, a quererlo con todo y que luego me quede sin la excusa de haberme sacrificado por su bien.

—Tienes razón —digo al fin. Mi propia voz me suena extraña, firme y rotunda, sin el temblor que llevo dentro—. Llevo cuatro días ocultándome detrás del miedo de Marcos. No del mío.

Itziar asiente despacio, con la boca apretada, sin pedirme un solo detalle más.

Nos quedamos un minuto entero en silencio, escuchando las olas romper a lo lejos y el viento seco rozando las sombrillas de la terraza: dos tías de treinta y tantos acostumbradas a apagar los incendios de todo el mundo mientras dejamos que nuestra propia casa se queme por dentro por puro pánico a llamar a los bomberos.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta ella, mirándome de lado.

Giro la cabeza hacia los muros blancos de la Casa del Pirata, allí donde sé que Marcos sigue a esta hora entre fogones, limpiando el pescado de la cena con la misma precisión bruta con la que ha acatado mi distancia, sin reprocharme nada, sin una sola mala cara.

Y por primera vez en cuatro días eternos me doy cuenta de que el nudo de la garganta se ha deshecho del todo.

Tengo que dejar de esconderme. Ahora mismo.