Contigo ni de coña Capítulo 30 — Marcos
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Capítulo 30 — Marcos

El sudor del cogote baja hasta la camiseta tras tres días enteros apretando los dientes. Ochenta y dos horas exactas contando las grietas del techo sin que mi cabeza consiga tragarme el cuento de que me estoy inventando las cosas.

Alba entra a la cocina a las nueve en punto, saluda a la brigada sin mirarme a la cara y se pone a grabar.

Trabaja igual de fino que siempre, pero tiene un ritmo de hombros tieso, una rigidez en los omóplatos que le desconozco.

Si me acerco a dos pasos de la encimera para coger una cuchara, ella busca la bayeta con un movimiento medido, saca cuatro platos limpios del anaquel y se va al otro lado de la mesa de pase.

Las tres veces que le he hablado desde el martes han sido frases secas, contadas con cuentagotas, de las que no dejan espacio ni para respirar entre medias.

—Repite el movimiento de emplatar la corvina —dijo hoy sin despegar el ojo del visor de la cámara.

Tuve que servir el plato dos veces seguidas bajo la lente de ochenta milímetros.

Un calor ácido me subió desde el estómago hasta los oídos, con la misma arcada rabiosa que no sentía desde hacía semanas.

El impulso de soltar la pinza de acero, mandar a tomar por saco el rodaje y tirar por la puerta trasera.

Antes aguantaba los cinco kilos de lente enfocándome la cara porque Alba estaba al lado, porque entre los dos había una forma quieta de mirarnos que me servía de parapeto contra el objetivo.

Sin ella enfrente, la lente vuelve a ser lo que siempre fue para mí: un ojo de cristal de doce centímetros que viene a recordarte lo que fuiste.

Ayer fue peor. Entre las diez de la mañana y el cierre de la tarde, Alba se apañó para meter a Lola de por medio en cada curva del pasillo.

Si yo bajaba al almacén a por aceite, Lola aparecía dos segundos después cargando dos cajas de tomates.

Si me paraba en la pila a lavarme los brazos, Lola se ponía a secar cubiertos a mi lado.

Una maniobra limpia, fría, con la precisión de quien lleva años cuadrando horarios y presupuestos al milímetro.

Solo que esta vez el balance de daños a reducir era yo.

Lola, que hace de pared entre los dos sin que nadie se lo haya pedido, me suelta al pasar con una caja de tomates en la cadera:

—Llevo tres días de guardaespaldas. Me debéis una caña a cada uno, y la mía, doble.

—¿Guardaespaldas de quién?

—De quién va a ser, pisha. No te hagas el tonto, que no te sale.

Desde el martes tampoco llegan datos de animales por mediación de Lola. Ayer me enteré yo solo, en un documental, de que los caballitos de mar los cría el macho. Me lo guardé, sin nadie a quien contárselo.

Tengo el teléfono en el bolsillo delantero del pantalón y la pantalla me quema la pierna a través del marco de la tela.

«Creo que deberíamos mantener la relación estrictamente profesional de aquí en adelante.

Por el bien de la campaña y de tu contrato.

Espero que lo entiendas.» Escrito a las 17:40 del martes.

Releo el mensaje seis o siete veces al día, buscando en la tipografía de la pantalla un sentido que no encuentro por ningún lado.

Intento recordar. Paso noche tras noche repasando cada minuto de la noche en la playa de La Caleta.

Las olas rompiendo contra las piedras, la arena húmeda metiéndoseme por los agujeros de las zapatillas, mi voz rasposa soltando aquello de «no te odio, necesito tiempo, confía en mí».

Repaso sus ojos fijados en los míos, el frío de las doce de la noche colándose por los cuellos de las chaquetas, y sigo sin ver la grieta por donde se ha colado este tijeretazo.

Todo iba sobre ruedas. O eso me parecía a mí, con la estupidez de quien lleva solo un par de meses intentando no mirar atrás después de tres años de tener la puerta cerrada a cal y canto con cerrojo flojo.

Me escuecen los ojos por la falta de descanso.

Es la misma mugre en la boca que me acompañaba cuando salí rebotado de Madrid.

Esa certeza física de que todo lo que construyo con las manos desnudas se me termina deshaciendo en ceniza.

Tres años tardé en levantar el local de la calle Ponzano para que un puñetero vídeo de sesenta y tres segundos en internet lo mandara al carajo en veintiún días exactos, dejándome con doce mil euros de deuda y la mochila a cuestas.

Y ahora, justo cuando empezaba a soltar los hombros junto a Alba, todo se vuelve a enfriar sin previo aviso.

Siento un tirón en el pecho que conozco de sobra; la sospecha amarga de que el fallo de fábrica en toda esta historia soy yo y que tarde o temprano acabo estropeando las piezas que toco.

Escucho el crujido de las cajas de cartón al fondo de la trastienda.

Lola está doblando pliegos de albaranes y ordenando los botes de conservera de la mañana.

Me quedo plantado en el marco de la puerta de madera, sopesando el peso del silencio contra la molestia de meterme donde no me llaman. Llevo cuatro horas sin probar agua.

—Lola —digo.

—Dime —contesta ella.

—¿Sabes qué le pasa a Alba?

Lola no suelta la lata de caballa que tiene entre las manos. Mantiene la espalda ancha girada hacia la estantería de pino durante uno, dos, tres segundos largos. El sonido del ventilador del almacén llena el hueco entre los dos mientras ella coloca la conservera milimétricamente junto a las demás.

—¿Por qué me preguntas eso a mí, Marcos? —dice al fin, dándose media vuelta solo con el tronco, evitando fijar los ojos en mi cara.

—Porque lleva desde el martes de un lado para otro sin mirarme. Rara. Distante. Y como últimamente os veo pegadas a todas horas, pensé que a ti te habrá soltado algo.

Lola sujeta una segunda lata con los nudillos blancos de apretar la hojalata.

Se muerde el labio inferior con los dientes de delante, un gesto torcido en ella que nunca le he visto cuando hay problemas de almacén o retrasos en la entrega del pescado.

Sabe algo. La duda le pesa en las manos y la pregunta la ha pillado a contrapié.

—No sé si me corresponde a mí contártelo —dice con la voz baja, perdiendo por completo la guasa gaditana con la que suele despachar a la gente.

—¿Eso significa que sí lo sabes?

—Eso significa lo que te estoy diciendo, chiquillo —contesta ella, clavando la mirada en la pared de enfrente con una dureza tajante—.

Que no me hurgues más porque no te voy a soltar ni pío.

Si la criatura quiere decirte lo que sea, que venga y te lo suelte ella a la cara. De mi boca no vas a sacar ná.

Me quedo quieto, apoyando el hombro en el marco de la puerta.

La rabia me aprieta las sienes, pero al mismo tiempo hay un respeto amargo por la pared que acaba de levantar.

Lola es de las que se ahogan antes de soltar un secreto si ha dado su palabra, aunque eso me deje a mí masticando la duda durante horas.

—De acuerdo —digo—. No insisto más.

—Mira, hijo —añade ella, volviendo a mover los botes en el estante, aunque esta vez desviando un ojo hacia mi hombro con gesto serio—, lo único que te voy a decir, por hablarte claro, es que sea lo que sea que le ronda por la cabeza a esa chavala, no tiene nada que ver con que le importes menos.

Más bien al revés, si quieres saber lo que pienso, aunque nadie me ha pedido cuentas.

Me trago el aire de la trastienda, pesado, con olor a cartón mojado y aceite de oliva.

No encuentro la respuesta adecuada para soltarle a Lola, así que me guardo la frase en el bolsillo del delantal, dándole vueltas como quien sobajea una moneda limada.

Continúo el pase de la tarde a trancas y barrancas, cruzando con Alba un par de monosílabos helados para sacar las comandas de las ocho, viéndola al final de la sesión recoger el trípode, guardarlo en la funda negra y cruzar el umbral del local sin darse la vuelta.

«Al revés». La voz de Lola se me queda hincada en las costillas todo el camino de vuelta a casa.

Me da una chispa de alivio que no sé si me conviene, y pegado a eso, un mareo helado en el estómago.

Porque si es verdad que a Alba le sigo importando, si todo este distanciamiento no es porque se le haya apagado lo que sea que sentía cuando estábamos juntos en la playa, entonces la china que tiene metida en el zapato es lo bastante gorda como para preferir romper lo nuestro antes que encarar el bache.

No tengo ni la menor idea de qué se trata. Pero llevo ya demasiadas noches dando vueltas en la cama de noventa centímetros para quedarme parado viendo cómo se me deshace esto entre las manos sin mover un solo dedo.