Capítulo 29 — Alba
El jefe de prensa me cita en su despacho improvisado dentro de las oficinas de la Diputación.
Es una sala estrecha, saturada por doce archivadores metálicos que despiden un olor rancio a papel viejo y con una ventana atascada cuya hoja solo abre cuatro dedos, lo justo para que entre un soplo de aire caliente a treinta grados.
En cuanto cruzo el umbral, la rigidez con la que sostiene la mandíbula y el modo en que tiene las manos cruzadas sobre la mesa de aglomerado me avisan de que esto no es un repaso de agenda.
Me escuecen los ojos por la falta de sueño; llevo dos días seguidos caminando sobre una nube densa desde la conversación en la playa de La Caleta, desde que Marcos me soltó aquel «no te odio» con sabor a salitre en los labios y me pidió algo de tiempo.
Me había permitido, por primera vez en treinta y seis meses, la fantasía contenida de que tal vez esta historia pudiera terminar en un refugio tranquilo para los dos.
Esa ilusión se me disuelve, amarga como la hiel, en cuanto mido la tensión del jefe de prensa.
—Alba, siéntate. Necesito hablar contigo de algo.
Apoyo los muslos en la silla de plástico duro y siento un pinchazo en el epigastrio, ese mismo frío que llevo tres años adiestrando para olfatear la ruina antes de que me la desglosen con eufemismos.
—Ha habido comentarios —dice, sin rodeos—. Sobre ti y el chef. Nada confirmado, nada que haya saltado a la luz pública todavía, pero hay suficiente ruido en los pasillos como para que me hayan pedido que te recuerde un detalle.
Desliza hacia mi lado de la mesa una carpeta de cartulinas amarillentas. Dentro descansa una copia de la hoja que firmamos el catorce de mayo, el contrato original. Una raya fluorescente marca un párrafo que en su momento despaché con la vista en dos segundos, sin otorgarle el menor valor:
Conducta profesional: cualquier relación personal entre los protagonistas de la campaña que comprometa la imagen institucional del programa será motivo de revisión inmediata del contrato, con las penalizaciones económicas correspondientes descritas en el anexo III.
Releo las cuatro líneas dos veces, muy despacio, notando cómo la saliva se me vuelve espesa y la nuca se me pone rígida.
La primera vez que estampé mi firma en ese folio estaba sentada a menos de medio metro de Marcos, sintiendo cómo nos ardía la piel de pura rabia contenida, sin prestarle la menor atención al texto porque entonces entre los dos solo había un desprecio afilado que ninguna cláusula administrativa necesitaba fiscalizar.
—Entiendo que esto pueda sonar excesivo —continúa el jefe de prensa, afinando la voz en un intento inútil por sonar cercano—, pero en la Diputación no vamos a asumir otro patinazo.
Ya limpiamos bastante basura con el vídeo antiguo.
Si ahora salta que hay un lío personal entre vosotros, la historia se nos complica de una forma que ni tú ni yo podemos frenar.
Y no hablamos solo de tu minuta o de vuestra reputación.
Hablamos del contrato de alquiler del chef, de la renovación de la concesión de su local por cinco años, de todo un programa de inversión pública que exige que la campaña se venda como un trabajo profesional y no como un culebrón de tarde.
Trago saliva. Escucho cada cifra y cada matiz con la frialdad de quien ha pasado años sofocando incendios de comunicación a las tres de la mañana, calculando daños, buscando fisuras en el edificio del cliente para evitar el derrumbe.
No hallo ni un solo resquicio. Todo lo que expone desde su sillón de polipiel es, renglón por renglón, la misma advertencia que yo le habría soltado a cualquier cliente en apuros.
—No hay nada personal entre nosotros —digo. La voz me sale con la tirantez de una cuerda a punto de romperse.
—Me alegra oírlo. —Me sostiene la mirada durante cinco segundos infinitos, con los ojos entrecerrados de quien suma demasiados trienios apagando fuegos como para tragarse una negativa bien modulada—.
Porque si lo hubiera, tendrías que ser tú la que dé el paso atrás.
No él. Su contrato de alquiler y el futuro de su cocina dependen de esta cláusula.
Tu contrato solo compromete una reputación que ya has demostrado que sabes levantar desde cero. Él no tiene ese colchón.
Abandono la sala con el dibujo de las letras subrayadas clavado tras los párpados.
Las palabras «revisión inmediata» y «anexo III» se repiten al ritmo de mis pisadas sobre el suelo de losas mientras recorro los ochocientos metros de vuelta hacia el hotel.
Un escalofrío me baja por la espina dorsal.
Por primera vez desde que desembarqué en esta ciudad, comprendo con una lucidez implacable que el verdadero muro ya no es el rencor que conseguimos desmontar hace cuarenta y ocho horas en la arena.
Es esto. Una hoja de papel sellada hace semanas, cuando ninguno sospechaba la dentellada que nos iba a dar el deseo, interponiéndose ahora con más peso que cualquier vídeo viral o cualquier cuenta pendiente del pasado.
Me detengo un instante a la sombra de un naranjo, con el pulso desbocado a más de cien pulsaciones por minuto.
Pienso en la Casa del Pirata, en los planos del comedor que Marcos lleva tres años dibujando con bolígrafo azul en el reverso de las servilletas de papel, en los años de silencio y en todo lo que se le vendría abajo si mi cercanía se convierte en el detonante de su ruina.
No puedo volver a ser la piedra con la que tropiece.
Ya lo fui una vez, sin buscarlo, arrastrada por la marejada de una culpa que ni siquiera era suya.
No me voy a permitir ser el motivo de su caída por segunda vez, y menos ahora, a sabiendas, solo por no haber frenado a tiempo.
Es una ironía amarga: tras tres años de silencio, por fin le había soltado toda la verdad, desnudando la culpa, empezando a armar un espacio limpio de mentiras.
Y justo cuando la piedra empezaba a asentarse, aparece un obstáculo que no entiende de perdones ni de intenciones, sino de números, firmas y vencimientos de alquiler.
Entro en la habitación del hotel, paso el cerrojo de la puerta y me quedo inmóvil frente al espejo del recibidor.
Tengo los hombros tensos y las manos me tiemblan ligeramente mientras suelto el bolso sobre la mesa de noche.
Noto la opresión en el pecho, pero me obligo a tomar aire despacio, contando cuatro tiempos para inhalar y cuatro para soltar, ejecutando la maniobra helada que sé que me va a desgarrar por dentro.
Voy a poner distancia. Una separación limpia, calculada con la precisión de un informe de daños; la única salida que me queda para blindar lo que a él le ha costado la sangre levantar, aunque eso suponga segar de golpe lo poco que habíamos comenzado a desenterrar.
Vuelvo a activar la coraza profesional, catalogando el escenario como si hablara de la crisis de una marca ajena, y me da náuseas comprobar lo rápido que recupero ese automatismo, aun con el estómago en llamas.
Poso los dedos sobre la pantalla del teléfono y redacto un texto corto, seco, del mismo tono helado que llevo tres años enviando a clientes y periodistas: Creo que deberíamos mantener la relación estrictamente profesional de aquí en adelante.
Por el bien de la campaña y de tu contrato. Espero que lo entiendas.
Mantengo el pulgar suspendido sobre el icono de enviar durante casi un minuto.
Releo el mensaje tres veces, sintiendo el impulso físico de borrarlo todo para escribirle la verdad, para contarle que me están apretando desde la oficina y que me aterra dejarlo sin local.
Pero me contengo. Sé de sobra que, en cuanto intente dar explicaciones, terminaré suplicándole que nos arriesguemos.
Aprieto el botón antes de que la duda me venza, dejo el teléfono boca abajo sobre la madera de la mesa y me recuesto contra la pared fría, sintiendo cómo el corazón me golpea las costillas con rabia mientras espero una respuesta que me va a doler de todas formas.