Contigo ni de coña Capítulo 28 — Marcos
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Capítulo 28 — Marcos

No es rabia. Me paso la mano por el cuello humedecido por el sudor de la tarde y noto cómo la piel se me retuerce sobre la tráquea; la rabia rasca, esta sensación no.

Es un vacío helado en el estómago, igualito a cuando te quedas sin cambio en la caja a media marcha y la cola de clientes te mira fijamente las manos vacías.

Alba espera a mi lado en la arena, junto al espigón, con el esternón tan tenso que casi puedo oír el crujido de sus costillas bajo la camiseta de algodón.

Teme una explosión, la bronca que cualquiera le soltaría.

Pero el aire salado de la playa me entra frío por la boca abierta y no me sale nada.

Tres años. Treinta y seis meses enteros que se me reordenan de golpe en la nuca con el peso de un mazo de cocina.

Tres años creyendo que yo era el blanco de una venganza calculada, comiéndome los puños en el piso alquilado de San José, contando cada noche las veces que me había equivocado desde el cierre del primer local.

Todo este tiempo pensando que alguien me la tenía guardada a mí, cuando solo fui el idiota que estaba parado en la esquina equivocada.

Un rostro accidental. La rabia de otra persona, una rabia más vieja que el suelo que piso, me cayó encima sin pedir permiso.

Pienso en las mil noches sin dormir en las que revisé los extractos del banco, los comentarios en redes y cada uno de los platos que salieron de mis fogones buscando el fallo.

Me arden las sienes al recordarlo. Aquel desastre sigue ahí, intacto; los treinta y seis meses que pasé tragándome la vergüenza no van a volver a mis manos.

Pero la estructura que sostenía la culpa en mi cabeza acaba de venirse abajo como un andamio podrido.

Miro a Alba de lado. Mantiene los codos pegados al cuerpo y las manos apretadas contra las rodillas, con los nudillos blancos.

Conozco bien esa postura: es la misma que pongo yo cuando viene el inspector de sanidad y sé que me falta un sello en los albaranes del pescado.

Cuenta el tiempo por los latidos que se le marcan en la yugular, calculando cuántos segundos me separan de mandarla a la mierda.

¿Cuántas noches habrá pasado en su cuarto con la luz apagada, ensayando estas mismas palabras frente al espejo antes de atreverse a soltármelas aquí?

No me sale odiarla. Tengo los labios secos por el salitre y la boca me sabe a hiel, pero la náusea no va contra ella.

Apunto más lejos. Va hacia esa freiduría cerrada de la que no queda ni la fachada, hacia esa mujer que casi se dejó los dedos manchados de aceite sin que nadie le pidiera perdón, hacia el tipejo ese que sigue llenando salas usando una idea robada.

Me escuece el pecho de una forma física, un mordisco seco en el epigastrio.

Es el mismo pánico que me despierta a las cinco de la mañana en mi cocina: el miedo a que me dejen la cuenta a cero, a que el esfuerzo de mis manos pase a ser de otro y nadie recuerde mi nombre en Cádiz.

Me froto los muslos por encima del vaquero gastado.

La tela áspera me devuelve a la realidad.

Empieza a bullirme dentro una idea, dura y pesada como una cazuela de hierro fundido.

No sé cómo carajo voy a encajar las piezas, ni si me van a dar los números, pero se me clava en las tripas con la misma terquedad de un plato nuevo que no sale hasta que lo intentas veinte veces.

—Marcos —dice ella.

La voz le sale rota, apenas un hilo entre el murmullo de las olas rompiendo contra las piedras del espigón.

Me busca los ojos con la mirada desvalida.

Alba ya no es la muchacha resolutiva del vídeo ni la profesional impecable de la agencia; es una chiquilla descalza cargando con un tonel de piedras que le viene grande.

Dejar pasar otro minuto de silencio es como apretarle un torniquete sin necesidad.

—No te odio —digo.

Me aclaro la voz con un carraspeo.

—Necesito tiempo para pensar en todo esto. Pero no es porque te odie. Es porque hay algo que quiero hacer con esta información, y todavía no sé cómo.

—¿Qué quieres decir? —pregunta.

—Todavía no puedo explicártelo.

Me pongo en pie. Las rodillas me chasquean tras la caminata por las rocas. Me sacudo la arena pegada a las perneras del pantalón con dos golpes de la mano.

—Dame tiempo. Confía en mí, aunque no te dé más detalles todavía.

Alba levanta la cabeza desde abajo, entrecerrando los ojos por el sol de la tarde, intentando adivinar en la sombra de mi cara si esto es un carpetazo elegante o si hay algo más. No suelto una palabra más. Yo tampoco tengo el mapa completo en la cabeza, solo el pálpito pesado quemándome por dentro.

—Vale —contesta ella.

Apenas mueve los labios. La frase flota un segundo en el aire cargado de humedad de la caleta. Mete las manos en los bolsillos del pantalón y se queda quieta.

Me doy la vuelta y echo a andar por el empedrado de la Viña en dirección al Pópulo.

Los talones me duelen contra la suela gastada de las zapatillas tras diez horas de pie en la cocina, pero las piernas me llevan solas.

Tengo la cabeza a cien por hora, haciendo números, buscando nombres de proveedores antiguos, pensando en quién coño puede acordarse de aquella freiduría de Huelva de hace seis años.

Puede que no saque nada en claro después de tanto tiempo.

Puede que haya gastado las pocas fuerzas que me quedan buscando el rastro de una receta vieja que a nadie le importa ya.

Pero al cruzar bajo el arco del Pópulo, sintiendo la humedad fría de la piedra en las mejillas, noto por primera vez en tres años que mis pasos tienen un peso de verdad.

No camino huyendo de una deuda; camino para saldarla.