Contigo ni de coña Capítulo 27 — Alba
56%

Capítulo 27 — Alba

Marcos me cita en la playa donde estuvimos la otra noche, ahora tranquila y despejada bajo un sol de junio que me quema los hombros y me hace sudar la espalda contra la camiseta de tirantes.

El mar se mueve con una calma plana, casi tibia, como si no hubiera sido capaz de la violencia que desató hace apenas dos días.

Es extraño volver a este sitio concreto; las ingles me escuecen de la sal que se ha quedado seca en el bañador y la luz de mediodía hace que todo parezca un escenario distinto, un trozo de costa que solo comparte las coordenadas geográficas con el que recuerdo de aquella madrugada.

—Quería que fuera aquí —dice él cuando llego.

Me siento a su lado. La arena caliente me quema la parte posterior de los muslos a través de la tela fina del pantalón.

El pulso me golpea en el cuello con una prisa torpe que no tiene nada que ver con los treinta y dos grados que marcaba el termómetro del coche al aparcar.

Llevo tres años posponiendo esto. Tres años con el estómago encogido cada vez que miro el móvil o cuando escucho el tono de llamada de mi madre.

Él me tendió la mano bajo la lluvia la otra noche y luego la soltó de golpe, dejándome los dedos fríos, como quien se aparta de un fuego que empieza a quemar la piel.

He ensayado esta conversación mentalmente diez veces desde anoche, mientras daba vueltas en el colchón hundido del hotel, buscando una versión que no me dejara la boca amarga. No la he encontrado.

—Te voy a contar el resto —digo, con la voz seca por la falta de agua—. Todo. Sin editar nada.

Él asiente, mirando hacia el agua, y espera.

—La freiduría de mi madre no cerró por tu culpa.

Veo cómo se le tensa el músculo de la mandíbula, justo debajo de la oreja.

—Cerró años antes de que tú abrieras tu local en la calle Ponzano.

Otro cocinero, en Sevilla, le copió el cazón en adobo sin darle las gracias ni nombrarla.

Se hizo famoso con eso. Mi madre no tenía abogado ni fuerzas para meterse en pleitos con una cadena de restaurantes, y terminó bajando la persiana dos años después porque no podía sostener el local ni competir con su propio plato.

Me paso la lengua por los labios agrietados. El sabor a sal sigue ahí.

—Nunca supimos seguro cómo se llamaba. Había rumores en el mercado, un par de coincidencias en la carta de aquel sitio, pero nada sólido. Mi madre guardó esa rabia en el pecho hasta que le dio el primer ardor de estómago crónico.

—Entonces yo no... —dice él.

—Tú no tuviste nada que ver —lo corto antes de que termine la frase—.

Llegaste a la mezcla de limón y pimienta por tu cuenta.

Cuando vi tu carta en la web y probé el plato en tu mesa, sonriendo con la sonrisa más falsa que tengo, no investigué nada.

Vi la oportunidad de cobrarme la deuda de mi madre con el primer cocinero que cruzó por delante. Y te la cargué a ti.

—Te dije en el cuarto frío que, si algún día te pedía perdón, quería que valiera algo —añado, sin mirarlo—. Esta es la vez. Perdóname, Marcos.

Él no se mueve. Un barco carguero cruza el horizonte a una velocidad tan lenta que parece parado sobre la línea del agua.

El silencio entre los dos se estira hasta que siento el sudor bajándome por la espina dorsal, una gota fría corriendo por la piel caliente.

Si paro de hablar ahora, la opresión que siento en las costillas me va a impedir tragar saliva.

—Sabía que las fechas no encajaban del todo —continúo, fijando la vista en las uñas sucias de arena—.

Sabía que tu edad no cuadraba con la del tío de Sevilla.

Pero llevaba tres años trabajando a turnos de doce horas por un sueldo de risa, acumulando rabia, y de repente apareciste tú en Instagram.

No quise pensar. Pensar significaba admitir que le iba a joder la vida a un chaval que no me había hecho nada solo por tener sesenta y tres segundos de atención en la pantalla y sentir que arreglaba algo.

Tengo clavada la imagen de mis propios dedos temblando sobre la pantalla del teléfono mientras me escondía detrás de la planta del pasadizo de tu local.

En ese momento tú no eras un tío que llevaba diez horas de pie entre fogones sudando la filipina; eras solo la cara que le iba a poner forma a mi rencor.

—¿Y tu madre? —pregunta él, con la voz plana, sin el tono tenso de antes—. ¿Qué dijo?

—Nunca le conté la verdad. —Tengo que tragar saliva dos veces—.

Sabe lo del vídeo y las visitas, pero cree que el del restaurante era el que le robó a ella en 2018.

Llevo tres años callada. Si se lo digo, le tengo que explicar que no recuperamos nada, que solo le jodí el negocio a un desconocido mientras el de Sevilla sigue vendiendo su cazón en adobo a precio de plato de autor.

Cada domingo, cuando la llamo a Huelva a las cinco de la tarde y me pregunta si como bien y si descanso, la mentira me pesa en la lengua como un trago de aceite espeso.

Ella piensa que su hija le hizo justicia.

No sabe que la herida sigue abierta en el mismo sitio, con el mismo dolor y sin ningún nombre al que pedirle cuentas.

Marcos hunde las manos en la arena fina, dejando solo los nudillos fuera.

Pasan diez segundos. El mar rompe a pocos metros con un siseo constante de espuma que sube y baja por la orilla.

Me cuento las pulsaciones en la muñeca, apretando la arteria con el pulgar para sentir el tirón de la sangre: una, dos, tres, hasta llegar a treinta.

Medio minuto recto sin que mueva un músculo.

El calor pegajoso de la tarde se me agarra a la frente y empiezo a pensar que este silencio es la forma limpia que tiene de decirme que me vaya.

—Marcos.

Nada. Mantiene la vista en la franja azul del agua, apretando los dientes hasta que las comisuras de la boca se le ponen blancas.

—Di algo. Di que soy una desgraciada o vete, pero no te quedes así.

Sigue sin hablar, inmóvil en la arena, y yo me quedo aquí sentada, notando el calor del suelo traspasándome la ropa y contando los latidos del pecho mientras espero a que el tiempo termine de romperse entre los dos.