Capítulo 26 — Lola
Llego a mi piso con el regusto amargo y rubio de la cerveza de Itziar pegado a las encías, mezclado con un sabor metálico que no me sale de la lengua.
Giro la llave en la cerradura, empujo la puerta pesada de madera y, en cuanto la encajo tras de mí, noto que los treinta y dos grados que bajaban pegajosos por las esquinas del barrio se me han quedado atrapados dentro del pecho, bajo la tela del top.
Sé que no voy a pegar ojo. La espalda me arde contra el aglomerado de la puerta y el aire de este recibidor sin ventilación huele a la humedad vieja del patio de luces.
Ha sido un beso de dos segundos, tres a lo sumo, contado con la aguja fina del reloj de pulsera.
Un roce ridículo que en cualquier noche normal, después de una jornada de ocho horas de pie sirviendo mesas o limpiando mostradores, habría olvidado antes de llegar a la esquina del callejón.
Y sin embargo sigo pegada a la madera, con las suelas del calzado cansado clavadas en el suelo, incapaz de sacarme del pensamiento qué habría pasado si la cosa no se detiene ahí.
Pienso en sus dedos, que solo tocaron la piel seca de mis pómulos, bajando por las clavículas hasta la cintura.
Pienso en esa rigidez suya, la voz neutra que usa para cantarme los horarios de los turnos y las métricas de alcance, desarmándose del todo contra el hueco caliente de mi cuello.
Me tiro a la cama sin quitarme las sandalias ni los pantalones.
El colchón inclinado huele a suavizante barato y al polvillo del ambiente.
Miro las grietas del techo, las líneas encaladas que conozco de memoria desde que alquilé este cuarto, e intento convencerme de que esta presión en las sienes se apaga sola.
Me digo que es la pura novedad, el chispazo estúpido de volver a sentir un apretón en las entrañas después de llevar más de un año con el cuerpo anestesiado, sin que nadie me toque con ganas.
Pero la sensación no afloja. Al contrario: cuanto más repaso la escena, más se me concentra el calor en el bajo vientre, un latido duro y terco que pasa de largo cuando le pido a bocajarro que se calme y espere a un momento más conveniente.
Deslizo los dedos por la madera astillada del cajón de la mesilla sin encender la lámpara de noche para no gastar luz.
A tientas, entre un par de tiritas sueltas, un recibo del agua y monedas de dos céntimos, doy con la silicona fría de lo único que llevo guardado allí desde hace meses sin rozar.
Me desabrocho los botones despacio, sintiendo la fricción de la tela vaquera contra la piel sudada de los muslos.
No tengo prisa real; dejo que los músculos de la pelvis vayan cediendo a su propio ritmo, sabiendo exactamente a qué punto van a llegar.
Cierro los ojos y me viene la cara de Itziar.
Oigo su risa raspando contra mi boca, tan distinta del tono plano con el que habla cuando llama por trabajo, una risa más suelta, áspera, entera suya.
Recuerdo el peso exacto de sus dedos cruzados con los míos sobre la fórmica pegajosa del bar, una presión tan simple que no debería dejar marca y que, sin embargo, se me queda marcada en la carne como un moratón reciente.
Pongo el succionador a funcionar en la potencia más baja.
El zumbido constante llena la habitación a oscuras mientras la figura de Itziar se me dibuja más clara detrás de los párpados: sustituyo mis propias manos por las suyas, imagino los labios de ella apretando justo en los rincones donde hace una hora solo estuvo la punta de sus dedos.
El tirón sube a tirones breves por las piernas.
Cada oleada viene un poco más dura que la anterior, apretándome los gemelos, hasta que la descarga me rompe en mitad del lomo y me arquea la espina contra el muelle del colchón.
Suelto un gemido corto y hundo la cara en la funda de la almohada, más por la costumbre de no levantar a los vecinos del piso contiguo —que se quejan por cualquier ruido en el patio— que por vergüenza propia.
Me quedo tendida de lado, recuperando el aire a bocanadas, con la vista fija en las sombras que giran despacio en la escayola del techo y una sonrisa torpe pegada a los labios que no soy capaz de borrar aunque apriete la mandíbula.
Pero el cuerpo no se queda conforme. Lo noto en cuanto las pulsaciones empiezan a caer y la piel recupera su temperatura habitual: el tirón ha sido real, la tensión ha cedido un poco, pero lo que queda abajo es una dentellada distinta, una especie de hambre limpia.
Me doy cuenta de que no me sirve esto, no me basta con apañarme yo sola en esta habitación que huele a cerrado.
La quiero a ella enfrente, entera, sin tener que poner yo la mitad del trabajo mental que deberían estar haciendo sus manos sobre mis caderas.
Cierro los ojos del todo y me dejo ir en el colchón, calculando cuántos días faltan para volver a cruzarme con ella en persona.
Sé que no voy a aguantar mucho tiempo disimulando ni tragándome lo que hay.
La próxima vez que nos veamos me lo va a leer en la cara antes de que me dé tiempo a abrir la boca.