Capítulo 25 — Itziar
Le confirmo a Lola la hora y la terraza con la excusa de pasarle el cuadrante revisado de mañana.
Es un documento de una sola línea que cabe en un mensaje de texto de tres segundos, un trámite ridículo que no justifica el trayecto, y las dos lo sabemos perfectamente al colgar sin que ninguna lo admita.
Tengo la piel del cuello tiesa después de pasarme cuarenta minutos frente al espejo probándome tres camisetas distintas antes de salir; jamás pierdo diez minutos en decidir qué ponerme para una gestión de trabajo, y esa rigidez en la nuca debería haberme bastado para entender lo que estaba buscando antes de que la evidencia me diera en la cara.
Elijo una mesa al fondo de un bar estrecho en el Pópulo, a cuatro manzanas de la Casa del Pirata y fuera del radio de cualquiera del equipo de rodaje.
Me repito que es un cálculo de discreción para evitar preguntas molestas de la producción.
Mientras me acomodo en la silla de madera coja, sé que solo estoy intentando maquillar lo que me quema por dentro.
Lola llega diez minutos tarde. Se sienta sin esa tensión defensiva que le conozco cuando revisa los pedidos del restaurante.
Lleva el pelo suelto, aún húmedo en las puntas, y tararea por lo bajo una mezcla entre una copla vieja y un tema de Extremoduro.
Verla sin el mandil negro, oyendo cómo junta esas dos canciones como si salieran del mismo sitio, me deja sin palabras, un bloqueo físico que casi nunca me ocurre.
—Perdona, se me ha atravesado un albarán con el del pescado —dice, dejando el bolso en la mesa—. ¿Qué era eso tan urgente del horario?
—Aquí lo tengo.
Saco el teléfono con los dedos fríos y le enseño la pantalla con la única línea modificada.
Nos quedamos mirando el cristal encendido durante los dos segundos exactos que tardamos en constatar la estupidez de haber cruzado el barrio para esto.
Lola suelta una carcajada corta que me afloja los hombros de golpe.
Es una risa limpia, de quien no necesita disimular la estratagema que nos ha sentado en la misma mesa.
—Bueno —dice Lola—, ya que me has hecho caminar hasta aquí, la primera ronda corre de mi cuenta.
Se acerca a la barra y pide dos cañas de barril sin preguntarme. Muestra una desenvoltura que me descoloca en alguien que hace tres semanas me preguntaba qué significaba un «call time». Cuando intento sacar el monedero de la chaqueta, me para con un gesto de la mano.
—En Cádiz el que convoca no paga la primera, es de primero de protocolo —dice Lola—. Si quieres pagar algo, te vas a tener que ganar la siguiente.
—Ese protocolo no lo he visto yo en ningún documento.
—Es de tradición oral. Aquí lo que importa no se escribe: se grita desde la barra.
—¿Cómo terminaste montando la agencia tú sola? —pregunta, apoyando los antebrazos en la madera gastada, mirándome sin el parpadeo educado que suele poner la gente del sector.
Le explico el finiquito mísero de mi anterior empresa, el alta de autónoma y el ordenador de segunda mano, y la presión en el estómago cada día veinticinco al abrir la bandeja de entrada.
Me escucha en silencio, manteniendo la misma atención fija con la que gestiona un comedor lleno en hora punta sin despistar una comanda.
Me descubro hablando sin parar durante diez minutos seguidos, algo rarísimo en mí, soltando detalles que suelo guardarme con celo.
—¿Y tú? —pregunto, frotando la condensación del vaso de cerveza—. ¿Nunca se te ha pasado por la cabeza salir de Cádiz?
—Me lo dice todo el mundo día sí y día también —dice Lola, dejando ir una sonrisa tranquila—.
Pero no. Este suelo es el mío. Las cuatro paredes del local, la piedra ostionera, los vecinos que me han visto desde que me pelaba las rodillas corriendo por el callejón.
No cambio esta tranquilidad por un piso de alquiler en Madrid ni por todos los focos de una agencia.
Nos quedamos en la terraza hasta pasadas las tres de la mañana.
Me habla de su madre, de la mía en Bilbao, del regreso de Marcos de Madrid destruido por dentro y de cómo ella fue la única que no le puso paños calientes ni le compadeció.
En toda la noche no me acuerdo una sola vez del reloj.
En un momento dado, mis dedos terminan apoyados sobre los suyos en el centro de la mesa; siento el calor directo de su piel y la dureza de sus callos de la cocina, entrelazando las manos sin que ninguna de las dos fuerce el gesto.
Llevo doce meses repitiéndome el mismo principio profesional como un escudo: cero familiaridades con clientes o sus allegados.
Esta agencia me ha costado tres años de insomnio, migrañas y tragarme el orgullo ante clientes impagables.
No puedo poner en riesgo el negocio por un impulso.
Pero con la mano de Lola sujetando la mía y el aire húmedo del puerto colándose por la calle, esa regla me parece un concepto teórico escrito por otra persona en un despacho lejano.
Al salir, la calle está desierta y solo se oye el chasquido metálico de un cierre a lo lejos. Lola se frena a medio metro de mí, cortándome el paso con una proximidad que excede cualquier despedida formal.
—¿Puedo? —pregunta Lola, con la voz muy baja.
No respondo. Le doy un beso directo en los labios, rompiendo mi norma con una firmeza que no tiene nada de improvisada. Siento cómo todo el control que he mantenido durante meses se deshace al contacto con su boca.
El beso empieza despacio pero gana densidad a los pocos segundos.
Lola besa con un aplomo físico que me descoloca, sin prisa, y por un momento me olvido del suelo que piso.
De pronto la cabeza se me va hacia adelante: imagino sus manos, que ahora me sujetan las mandíbulas con una suavidad firme, bajándome por el cuello, desabrochando botones, quitando la tela que nos separa.
La imagen me recorre la espalda con un chispazo de calor crudo y me retiro unos centímetros para recuperarme antes de que el sofoco me delate la cara.
—Buenas noches, Lola —digo, tratando de disimular el temblor de la voz.
—Buenas noches, Itziar —contesta.
Mete las manos en los bolsillos de la chaqueta vaquera y camina hacia la esquina. Se gira un segundo para comprobar si me he quedado parada, sonríe al verme y desaparece tras el bloque de pisos. Me quedo inmóvil diez segundos en la acera fría para coger aire antes de dar el primer paso.
Vuelvo caminando sola hasta el hotel, con una tensión extraña en el pecho y la certeza de haber cruzado la línea que me juré no tocar jamás.
En mi habitación del hotel, entre las paredes grises y el olor a limpiador industrial, me meto en la ducha con la esperanza estúpida de que el agua a presión me despeje la cabeza.
No funciona. Al cerrar los ojos vuelve la misma presión en el vientre, el recuerdo del tacto de sus dedos y el calor de su boca.
Deslizo mi propia mano por el vientre mojado, despacio, dejando que los dedos bajen con la firmeza que desearía que fuera la suya.
Apoyo la cabeza contra el azulejo frío mientras el vapor llena el plato de ducha; me viene a la memoria su risa contra mi cuello, la textura áspera de su palma sobre la mía en la mesa y la urgencia que me sube por las piernas.
El muslo se me tensa, acelero el movimiento de los dedos hasta que el espasmo me sacude el cuerpo en un golpe rápido, dejándome doblada contra la pared con el corazón martilleándome las costillas y una risa tonta escapándoseme entre los dientes en mitad del baño vacío.
Me aclaro la cara con agua fría, sabiendo que el alivio es solo temporal. La tensión muscular ha cedido, pero la necesidad física sigue ahí, fija en un nombre concreto que no se apaga con una ducha en la soledad de este cuarto.