Capítulo 24 — Marcos
No duermo. La tela de los calzoncillos me escuece contra las ingles, llena de la sal del agua de la Victoria que me sequé al aire.
Paso la noche entera dando vueltas en el colchón de noventa centímetros.
En el suelo del dormitorio sigue la camiseta de algodón que me quité a las dos de la mañana; chorrea un cerco oscuro sobre las lamas de parqué sintético que puse yo mismo un domingo de agosto, un agua rancia que se habrá secado del todo para cuando amanezca a las siete y diez.
Me repito la misma pregunta en bucle: qué habría pasado si no me hubiera ido de la orilla.
Repaso la escena como quien busca unas llaves con la luz apagada, repasando cada bolsillo a ver dónde se quedaron: la mano de Alba en la mía, el cosquilleo del roce en la palma, la cercanía que ninguno buscó pero que dejamos durar tres o cuatro segundos de más, y ese «no digas nada» que me salió con la voz rota, más como una súplica de ahogado que como una orden.
Podría haberme quedado. Podría haber dejado que pasara lo que fuera a pasar sobre los guijarros de la playa, sin echar a andar a pasos largos hacia el paseo marítimo como quien huye de un fogonazo de la freidora cuando el aceite salta a ciento ochenta grados.
Sé exactamente qué habría pasado. Eso es lo que me mantiene los ojos abiertos fijando la mancha de humedad del techo.
No hay duda real en la pregunta, solo el tirón en el estómago de una decisión que tomé por puro instinto, el mismo calambre en los gemelos que me hizo encerrarme en el cuarto frío el primer día de rodaje.
Es el reflejo que llevo puliendo desde entonces para proteger lo poco que me queda de intimidad y evitar que nadie vuelva a meter mano en mi vida a través de cámaras o algoritmos.
Me levanto a las cinco y cuarenta, antes de que el sol empiece a clarear tras las persianas de plástico. No aguanto el calor del colchón. Bajo a la cocina en descalzo, pisando la solería fría para que el aire de la mañana me espabile las piernas mientras busco algo en qué emplear los nudillos.
Me acuerdo de la freiduría de su madre en Huelva, del olor a harina frita y a pescadilla barata de la historia que me contó a medias bajo la lluvia, del quiebro en la voz al detallar cómo la mujer apretó los labios el día que echó la persiana metálica tras cargar con una deuda de por vida.
Pienso en lo que se calló, en esa mitad de la historia que me dijo que no me pertenecía todavía.
Curiosamente, la espera no me quema las tripas.
Hay algo en la forma en que aprieta la boca y se guarda las cosas —con esa misma reserva con la que yo escondo la libreta en el último cajón— que me indica que el día que hable será porque le da la gana confiar en mí, no porque la empresa la haya acorralado contra la pared.
Llevo tres años callándome lo que me duele hasta que la presión me infla las sienes, y notar esa misma cautela en sus hombros me aprieta el pecho, un peso blando que no esperaba sentir por alguien a quien hace un mes consideraba un obstáculo para no arruinarme.
Me viene a la cabeza el vídeo, el de los sesenta y tres segundos que mandó todo al aljibe, y por primera vez en treinta y seis meses se me pasa por la mente sin que el estómago se me encoja en un nudo de bilis.
No es que le haya perdonado la putada. El asunto no es tan sencillo, ni creo que se me olvide el daño cuando vea su cara mañana por la mañana.
Pero hay una distancia enorme entre no olvidar un sablazo y seguir mirando a la chavala como si llevara un cuchillo escondido en la espalda.
Alba no me va a acuchillar. Llevo un mes viéndola trabajar diez horas diarias en el local, aguantando el peso de los rodajes sin poner una mala cara, y la vi derrumbarse anoche en la arena con una verdad que no sale de ninguna agencia de publicidad.
Es una tía que cometió un fallo gordo tres años atrás, arrastrada por un palo gordo del que apenas ahora entiendo las cifras, y carga con esa cagada con un doblarse de espaldas que no tiene nada que ver con la chulería fría que le atribuí sin haber cruzado cuatro palabras con ella.
Decido, ahí mismo, con la planta de los pies helada contra el terrazo de la cocina a las seis de la mañana, que se acabó guardarle rencor.
No tengo ni idea de qué voy a meter en el hueco que deja el cabreo —no me salen las cuentas ni quiero ponerme a calcularlo ahora a solas—, pero sé que la rabia que me ha tenido en tensión este mes ya no se sostiene.
El rencor exige gastar una energía que no me sobra, y yo no voy a tirar más gasolina en ese fuego después de lo de anoche, después de los dos mil quinientos platos que llevamos servidos a medias en esta campaña que empezó como un castigo de la marca y se ha convertido en una cosa muy distinta.
Lo que me queda apretado entre las costillas no es rabia.
Es un miedo de mil demonios. Miedo a la letra pequeña del contrato de exclusividad, a la reapertura de la Casa del Pirata, a lo que me pase en la cabeza por encariñarme de una chavala con la que comparto este lío que ninguno de los dos buscó.
Pero el miedo es un bicho que conozco bien.
Llevo desde los dieciséis años metido entre fogones con el gas encendido a todo lo que da, aprendiendo a trabajar con el calor en la cara sin dejar que me queme las manos.
Cuando Lola entra por la puerta trasera del restaurante a las nueve y media, la encuentro ya enfundada en el delantal de peto, con el bolígrafo en la oreja y revisando las tres cajas de chocos que acaba de dejar el repartidor en la mesa de trabajo.
—Necesito que le mandes un WhatsApp a la huelvana de mi parte —le digo, plantándome al lado del fregadero sin quitarme el trapo del hombro.
Lola levanta la ceja izquierda, despacio, mirándome el pelo revuelto.
—¿Y por qué no se lo mandas tú, pisha? —pregunta, dejando el tique de compra sobre la mesa.
—Porque si se lo mando yo me pongo a darle vueltas a la frase y no lo envío.
Lola suelta una risotada corta que le retumba en el pecho, pero la mirada se le queda blanda, sin mala leche.
—Vale, chocho, dime qué le escribo a la muchacha.
—Dile que tengo que hablar con ella. A solas. Sin los de la productora, sin teléfonos, sin nadie pululando por el local. Hoy, antes de la cena.
—Eso suena a citación judicial.
—Es una citación.
—Pues ponle una carita, que parezca que no la vas a despedir.
—Ni carita ni por favor. Lo que he dicho.
—Qué hombre más soso. La carita te la pongo yo.
Lola me sostiene la mirada tres segundos, arrugando la frente como si me estuviera midiendo la fiebre, pero no abre la boca para hurgar.
Saca el teléfono del bolsillo del pantalón y teclea despacio con el pulgar.
Yo me meto de lleno a limpiar los chocos, rajando la piel con el cuchillo puntilla para no mirar la pantalla, esperando un mensaje que no sé si me va a resolver el día o si solo va a confirmar lo que llevo masticando desde que salí de la playa.
El teléfono de Lola suena con dos vibraciones secas sobre el acero del mostrador a los cinco minutos. Ella lo coge, mira la pantalla y pone esa cara de guasa que me saca de quicio porque se huele la tostada mejor que nadie. Me gira el cristal hacia la cara sin decir ni pío.
«Sí. ¿Dónde y a qué hora?»
—Le he puesto una carita —confiesa Lola.
—Te dije que no.
—Y ella ni la ha mencionado, así que le ha gustado.
Seis palabras exactas. Ni un emoticono, ni una duda, solo una respuesta a piñón fijo que me deja, por primera vez en un mes largo, con la sensación de que las piernas me aguantan el peso sin flojear.