Contigo ni de coña Capítulo 23 — Alba
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Capítulo 23 — Alba

No entiendo por qué no me ha gritado. La duda se me queda enganchada, dura y fría como una espina, mientras el agua de la lluvia me cala la tela dura de los vaqueros y se pega a los muslos con un peso helado.

El mar ruge a tres metros, un estruendo continuo de olas rompiendo contra la escollera, pero para mí el mundo entero ha quedado reducido a esta franja de arena mojada y gris donde estamos sentados.

La arena se me pega a las palmas de las manos, áspera, colándoseme bajo las uñas.

Llevamos minutos aquí, empapándonos de arriba abajo sin mover un solo músculo para remediarlo, sintiendo cómo el agua acumulada en el pelo me chorrea por la nuca y se me cuela por el cuello de la camiseta.

—Tenía una freiduría —digo de pronto. Mi voz suena extraña, grave y rasposa por el salitre y el frío, sin que él me haya preguntado nada.

La lluvia me cae a chorros por las mejillas, mezclándose con la sal pegajosa de las lágrimas que se me han secado sobre la piel de la cara—.

Mi madre, digo. Llevaba abierta desde antes de que yo naciera.

Un local chiquitito en Huelva, en una esquina de barrio, de esos que sobreviven mes a mes a base de fiar el pescado a las vecinas y de barrer la puerta cada noche al cerrar la persiana, más por la fidelidad de cuatro viejos que por ninguna estrategia de crecimiento.

Nunca había empezado esta historia así, a bocajarro, sin que nadie me la pidiera, sin la coraza invisible de un guion estudiado mil veces frente al espejo.

Las palabras me salen a tirones, torpes, marcadas por pausas físicas donde se me frena el aire en el pecho, pero por primera vez en tres años no me escuece el estómago ni siento la necesidad de morderme la lengua y editar las frases antes de soltarlas.

Marcos no dice nada. No se mueve, no interrumpe el ritmo de mi respiración, no suelta ninguna de esas preguntas rápidas que suelen hacer los hombres para acelerar o desviar lo que no quieren escuchar.

Solo se queda ahogado en su propia camiseta empapada, tiritando en silencio a mi lado, tan empapado como yo, fijando en mí una mirada atenta y densa que hace que me arda la piel de las mejillas, una atención tan pura que no me la dedicaban desde hacía años.

—Tenía un plato insignia. Una receta de cazón en adobo que llevaba generaciones en la familia.

Mi abuela se la enseñó a ella con paciencia, midiendo el aceite a ojímetro, y ella pensaba enseñármela a mí algún día.

Pero yo por entonces solo pensaba en sacudirme el olor a harina de las manos, en juntar valor y marcharme a Sevilla o a Madrid, demasiado ocupada en mirar lejos como para prestarle a la cocina la atención que se merecía.

Al llegar a este punto la voz se me quiebra, convertida en un hilo de aire, y me veo obligada a tragar saliva, a apretar las mandíbulas hasta que me duelen los molares para no ponerme a temblar.

Dejo que el chorro de agua fría me golpee de lleno en los ojos cerrados mientras intento recomponer los pedazos de mi entereza.

—Un día, un cocinero con más padrinos, con gente importante detrás y con un local recién pintado en pleno centro, abrió en Sevilla un restaurante grande y metió en la carta un plato calcado.

Sin darle las gracias, sin mirarle a la cara, sin saber siquiera que existía una mujer matándose a trabajar a ochenta kilómetros.

Mi madre no pudo aguantar el tirón. Los números no daban para pagar la luz ni el pescado.

Cerró dos años después, con cuarenta y dos mil euros de deuda.

El viento de la bahía nos azota con fuerza, empujando la lluvia de lado, pero la piel me quema.

Por primera vez desde que bajé a la playa me da exactamente igual el frío, la tiritona de los hombros o el dobladillo del pantalón cargado de arena.

Solo necesito escupir esto, vaciarme de esta masa negra que me pesa en las tripas, aunque solo sea la mitad, aunque todavía se me encoja el corazón de miedo al pensar en reunir el valor necesario para contar el resto.

—Nunca volvió a ser la misma. No hablo solo del local, que quedó vacío, sino de algo que se le rompió por dentro.

Perdió esa forma de caminar erguida, el orgullo de levantarse a las cinco de la mañana a limpiar la plancha y saber que ese sitio era suyo.

Verlo desaparecer así, borrado por alguien que ni se enteró de su existencia, la hundió.

Yo tenía veintiocho años cuando pasó, pero se me quedó grabada la tarde que bajó el cierre de chapa por última vez.

El ruido del candado contra el suelo. Su cara de derrota.

No he vuelto a verle esa mirada nunca más, ni siquiera cuando intentábamos sonreír en Nochebuena.

—¿Y por eso lo del vídeo? —pregunta Marcos.

Su voz me llega apagada por el rumor del oleaje, neutra, sin un solo matiz de reproche, cargada únicamente de una curiosidad limpia, sin apretar los dientes ni empujarme a hablar más de la cuenta.

—Sí. Y no. —Aprieto los puños dentro de los bolsillos empapados, buscando a tientas la forma de explicar un nudo que ni yo misma soy capaz de deshacer en mi cabeza—.

Hay zonas de esta historia que todavía me queman en las manos y no puedo tocar.

Esta noche no. Pero sí. El día que vi tu plato en las redes, sentí un chispazo en el estómago.

Algo me explotó por dentro y no supe frenarlo.

Me mira de frente, firme, sin exigirme un solo detalle más, libre de esa impaciencia nerviosa que conozco de sobra en la gente de la profesión cuando intuyen que vas a soltar algo gordo y quieren sacártelo a la fuerza.

Marcos simplemente aguanta el peso del aire.

Deja que el silencio entre los dos se extienda, largo y pesado, como si supiera por carne propia que las heridas que supuran solo se muestran cuando la piel deja de doler, jamás antes, por mucha prisa que tenga el de enfrente.

—Sé que es una respuesta a medias —añado, sintiendo que me arde el cuello de vergüenza, apretando los dientes—. Sé que te debo una explicación entera.

—No me debes nada esta noche —dice él, girando apenas el rostro hacia mí—. Ya me has dado más de lo que esperaba cuando bajé a buscarte con el agua por los tobillos.

Hace años que no suelto tantas palabras de golpe a ningún ser humano.

Decirlo aquí, con el agua calándome hasta la ropa interior, sintiéndolo tan cerca y viendo que me escucha sin juzgar ni pedir cuentas, me provoca un vacío repentino en el pecho, un desahogo tan brusco que casi me resulta físico, doliente.

—Gracias por contarme esto —dice él. Usa las mismas palabras exactas que le dije yo semanas atrás, en la penumbra de la cocina, cuando me habló de su plato.

—No te lo he contado por ti —contesto. Una sonrisa pequeña, torcida y helada se me dibuja en los labios a pesar del temblor de la mandíbula—. Te lo he contado porque por primera vez me ha salido del cuerpo. Aunque me quede la mitad guardada en el estómago.

Nos quedamos inmóviles durante un lapso largo, con la cortina de agua cayendo con fuerza entre nuestras figuras.

De pronto, con un chispazo de calor en la piel que me sobrecoge, me doy cuenta de la distancia real que nos separa: estamos pegados, el tejido empapado de su hombro roza el mío cada vez que su pecho se hincha al tomar aire.

Nos miramos a los ojos de una forma directa, pesada, que ya no tiene nada que ver con el contrato, ni con la prensa, ni con la cocina.

Es algo mucho más peligroso que cualquier tregua firmada en un despacho.

Es él quien rompe el nudo de la mirada. Gira la cabeza bruscamente hacia las olas oscuras que golpean la orilla, y veo cómo se le marca el músculo de la mandíbula, apretada al límite, como si estuviera conteniendo una fuerza ciega que decide no dejar salir.

—Deberíamos irnos —dice, poniéndose en pie de un tirón, casi torpe—. Esto ya no es solo agua, va a saltar un rayo en cualquier momento.

Estira el brazo y me tiende la mano abierta para sacarme de la arena.

Es un gesto rápido, automático, pero cuando su palma caliente y dura toca la mía —la segunda vez que nos rozamos desde el apretón de manos formal, sin fotógrafos alrededor— me recorre un calambre por la muñeca que me sube por todo el brazo con una violencia brutal, multiplicada por todos los días de tensión acumulada.

Hago fuerza con las rodillas para levantarme, con las piernas acartonadas por el frío y la humedad de la playa, y al incorporarme, el impulso me lleva hacia adelante hasta quedar a escasos centímetros de su pecho.

Nos quedamos de pie, sintiendo el aliento del otro mezclado con la lluvia. Pasa un segundo entero donde ninguno de los dos da un paso atrás, ninguno afloja la presión de los dedos, atrapados en un punto muerto donde ni él ni yo sabemos cuál es el movimiento siguiente.

—Marcos.

—No digas nada —dice él. Su voz suena grave, áspera, como si no fuera la suya. Me suelta la mano de golpe, dando un paso atrás con brusquedad, como el que retira los dedos de una plancha encendida—. Si hablas ahora, no respondo de lo que haga.

Y sin esperar a que la boca se me abra, sin darme tiempo a reaccionar, da media vuelta y echa a andar a pasos largos hacia el paseo marítimo.

Lo veo alejarse entre el agua, con la espalda rígida, dejándome allí, clavada en la arena, tiritando y con el corazón golpeándome contra las costillas a un ritmo salvaje que no tiene nada que ver con la tormenta.

Mantengo la mirada fija en su espalda hasta que su sombra se vuelve borrosa entre el agua y dobla la esquina del edificio hacia el barrio del Pópulo.

Solo cuando lo pierdo de vista me permito soltar el aire acumulado en los pulmones, que me quema al salir.

Me giro despacio hacia el mar embravecido, dejando que las gotas gruesas me sigan dando en la cara, sin ganas de correr a ningún sitio.

Esta noche —la freiduría de mi madre, su mano ardiendo sobre la mía, esta cercanía bruta— ha roto algo entre nosotros.

Lo siento con una certeza física en las entrañas.

Lo que no sé, y me da pánico averiguar, es qué demonios vamos a hacer mañana con los pedazos.