Contigo ni de coña Capítulo 22 — Marcos
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Capítulo 22 — Marcos

Me entero por Lola, no por Alba. La piel de los brazos se me eriza de pura rabieta contenida; ese matiz me quema mucho más de lo que tendría derecho a admitir.

He echado la mañana entera en el suelo frío de la lonja, pisando escamas y restos de hielo, y el mediodía sudando entre cajas de cartón en el almacén.

Llevo el móvil en silencio dentro de la mochila, aplastado bajo el trapo del sudor, porque el pulso se me acelera y pierdo el ritmo si lo oigo sonar mientras trabajo.

Cuando por fin lo saco, pasadas las cuatro y media de la tarde, la pantalla me devuelve diez llamadas perdidas —tres de Alba, cuatro de Lola, tres del jefe de prensa— y un texto corto que ni me hace falta abrir para notar cómo se me encoge el cuello.

El primer latigazo en las sienes es absurdo: pienso en la cuenta corriente, en el alquiler del local, en los ochocientos euros que tengo que pagar el día cinco o en cualquiera de las mil formas en que mi vida se deshace por un sello en una hoja.

Tardo tres segundos largos en recordar que ahora hay otros incendios posibles, incendios que no me van a quemar a mí solo, sino que vienen directamente de ella.

Salgo a la sala secándome la nuca con la manga de la camiseta.

Lola está sentada en la mesa del rincón, la que tiene el sobremesa cojo.

Tiene la cara blanca como la cal, el teléfono apretado contra los nudillos y una postura rígida en la espalda que no le veía desde la semana en que bajé la persiana en Madrid y tuve que vender la maquinaria a precio de chatarra.

—¿Qué ha pasado?

—El vídeo. Otra vez arriba desde primera hora —dice Lola. No me mira a los ojos; mantiene la vista fija en la madera de la mesa, midiendo las palabras como si tuviera miedo de que le salte a la yugular—. Alba lleva desde las diez buscando dónde estás.

Se me asienta en el pecho un peso denso, el mismo regusto amargo a aceite quemado que se me quedó pegado a la lengua el día que firmé la cesión.

Es una estupidez, me lo digo mientras siento cómo los puños se me cierran solos dentro de los bolsillos: Alba no ha grabado nada hoy, no ha apretado ningún botón ni tiene la culpa de que cuatro idiotas muevan en redes un archivo de hace tres años.

Pero la carne no entiende de lógica cuando apretan el mismo sitio donde hay cicatriz.

El cuerpo solo recuerda que la última vez que su nombre salió en las noticias, me quedé sin negocio, con una deuda a cuestas y el nombre por los suelos.

Una parte dura y torpe que me pesa en las entrañas la señala a ella antes de que a la cabeza le dé tiempo a parar el golpe.

—¿Dónde está?

—Ni idea. Lleva dos horas con el móvil apagado. Itziar está desquiciada preguntando.

Me doy la vuelta y cruzo el umbral sin decir ni una palabra más.

La furia me sube desde el estómago, dura y seca.

Voy a buscarla aunque me tome la tarde entera; voy a mirarla de frente y voy a soltarle, punto por punto y sin un solo paño caliente, todo lo que pienso de que sus fantasmas me sigan pisando los talones cada vez que consigo juntar dos meses de tranquilidad.

Tiro millas por las estrechuras del Pópulo con los talones clavándose en el adoquinado.

Entro en el primer bar, en la frutería de la esquina, le pregunto al churrero y al chaval del estanco, tragándome la saliva espesa que se me queda pegada al paladar.

No sé si lo que me mueve el paso es las ganas de pelea o ese nudo helado que se me agarró a las tripas al ver la pantalla.

Llevo casi cuarenta minutos dando vueltas, con la camisa pegada a la espalda por la humedad y el cielo volviéndose plomo sobre las azoteas, cuando el viejo del mostrador de la esquina, sin que se lo pregunte, me suelta:

—¿La de las gafas oscuras? Por la playa. Iba con prisa y llorando bajito, que se nota cuando alguien llora con educación.

—¿Y usted cómo sabe que...?

—En el Pópulo no hay secretos, quillo. Hay gente que aún no se ha enterado.

Iba sola, a marchas forzadas, tapándose media cara con unas gafas oscuras que no tenían ningún sentido a las cinco de la tarde sin sol.

Para cuando piso la arena, el cielo es un trapo sucio.

Entra un mar de nubes bajas desde el suroeste, impulsado por esa prisa bruta con la que entra el levante cuando se mete con ganas; el aire pega un tirón y me mete un puñado de arena fina en la boca y en los ojos.

No hay un alma en toda la playa a esta hora.

Solo veo, allá al fondo, pegada a la orilla, una mancha oscura: una figura sentada en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho y el pelo volándole en marañas sobre la cara.

Es Alba.

Aprieto el paso hacia ella con el rencor amontonado en la boca, repasando mentalmente la frase exacta con la que voy a abrir la boca, la acusación que he estado masticando durante los dos kilómetros de caminata.

Pero conforme acorto la distancia y el contorno de su cuerpo se vuelve claro sobre la arena gris, todo el andamiaje que traía montado se me viene abajo.

Está rota. No hay otra forma de decirlo sin mentir: los hombros metidos hacia dentro, la nariz encendida de llorar y la mirada clavadita en las olas que empiezan a romper con fuerza.

No queda nada de la tía remilgada que me revisó los papeles con lupa en la Diputación, ni de la profesional que no se despeina delante de los micrófonos.

Es solo una muchacha deshecha, sola, en una playa desierta de la que todo el mundo ha salido corriendo antes de que descargue el agua.

Me freno a tres pasos de ella. La rabia se me queda atascada en el gaznate, dura como un hueso, sin saber qué recorrido hacer.

Todo el discurso afilado que venía rumiando se me desbarata.

Hay un abismo insalvable entre masticarle tirria a alguien desde el almacén y encontrártelo en persona, hecho un trapo, debajo de un cielo que va a reventar en cualquier momento.

—Alba.

Pega un brinco en la arena y se gira hacia mí. Tiene los ojos rojos, hinchados de rabia o de llanto, y por una milésima de segundo le cruza la cara el pánico bruto de quien lleva horas esperando que vengan a darle el golpe.

—Llevo desde mediodía intentando dar contigo —dice. Le tiembla la voz, sin rastro del tono pulido que usa cuando tiene gente delante—. Lo siento. Sé que esto es justo lo que te dije que...

—Cállate un momento.

Se corta en seco. Se me queda mirando fijamente, tiritando, con una indefensión tan desnuda que me descuadra mucho más de lo que lo habría hecho cualquier excusa redactada por su equipo.

Las primeras gotas caen con fuerza, gordas, pesadas, marcando lunares oscuros en la tela de mi camiseta; el mar avisa de que lo gordo viene detrás.

Cualquier persona con dos dedos de frente pegaría un zapatazo hacia los soportalillos del paseo.

Yo no. Sin pensarlo, sin hacer ningún cálculo de lo que me va a costar la humedad en los huesos, me dejo caer a su lado en la arena mojada.

No abro la boca. No suelto ni una voz, no le echo en cara las cuatro horas que he pasado mascando un veneno que ahora, viéndola de cerca, me parece una ridiculez.

Me quedo sentado a su lado, aguantando el embestir del viento y los primeros lenguetazos de la lluvia sobre los hombros, dejando que el frío y el ruido del agua ocupen el sitio de las palabras.

—¿Por qué no me dices de todo? —suelta al cabo de dos minutos largos, con un hilo de voz que apenas le sale del pecho—. Tienes motivo de sobra. Te prometí por mi madre que no habría más líos, ha vuelto a pasar y no he sido capaz de frenarlo.

—Porque no es culpa tuya.

—Podría serlo perfectamente. Itziar dice que alguien ha pagado por mover el enlace otra vez. No sabemos quién es ni qué busca, y hasta que no lo aclare, cualquier cosa que te cuente te va a sonar a cuento chino.

—Alba. —Me quedo parado hasta que me clava los ojos.

Es un gesto automático, el mismo que hago cuando necesito comprobar el centro de un pescado antes de sacarlo del fuego—.

He venido hasta la playa hecho un demonio.

Con ganas de decirte cuatro cosas que probablemente nos habrían reventado a los dos.

Y me encuentro esto: tú sola, tiritando, hecha polvo debajo de un chubasco que te va a ahogar a ti y a tus penas.

Se me han quitado las ganas de pelear. No sé explicártelo de otra manera.

No responde, pero la espalda se le destensa un millímetro.

La respiración se le frena, deja de ser ese jadeo corto que le inflaba la camisa.

Se pasa el dorso de la mano por los pómulos para limpiarse la cara, con un ademán torpe y brusco que no tiene nada que ver con los gestos estudiados que hace cuando habla en público.

Caigo en la cuenta de que llevo semanas tratando con una pantalla, con la fachada que ella necesita vender, y que esta es la primera vez que tengo delante a la persona de verdad, a la que llora a solas en la playa cuando nadie la graba.

La tormenta se mete de lleno. El agua empieza a romper con ganas, el aire levanta granos de arena que pican en las mejillas como alfileres y el mar pega bramidos fuertes, con esa marejada dura que mete el levante cuando se apalanca para pasar la noche entera.

Deberíamos salir de aquí a toda prisa. Ninguno hace ademán de levantarse.

Hay algo casi de locos en quedarse clavado en el barro mientras el cielo se cae a pedazos, una imprudencia que ayer mismo me habría parecido una estupidez de crío y que hoy, pegado a su hombro, me parece lo único sensato que puedo hacer.

—Deberíamos recoger y tirar para arriba —digo, aunque no muevo ni un músculo de las piernas.

—Deberíamos.

Seguimos en el suelo. El agua nos va calando la ropa, empapando el vaquero hasta pegármelo a las espinillas, con el temporal envolviéndolo todo.

Por primera vez en muchos meses comprendo, con un convencimiento físico que me llena la boca, que he decidido quedarme a su lado en vez de ponerme en frente.

No es por el contrato de la campaña. No es por salvar el contrato del local ni por los números del mes.

Es por ella, sin más vueltas ni excusas que darme a mí mismo.

Alba no despega los ojos de los míos. Le chorrea el agua por la barbilla, mezclada con el rastro sucio del rímel y las lágrimas de antes. Mantiene una cara rara, a medio camino entre el desconcierto y algo mucho más denso que ninguno de los dos se atreve a mentar.

—No lo entiendo —murmura al final, tanto que el viento casi le quita las palabras de la boca—. No entiendo por qué no me has mandado a tomar por saco.

Tengo la respuesta guardada. Pero no estoy dispuesto a soltarla todavía, ni para ella ni para mí. De modo que me quedo quieto, sentado sobre la arena chorreando, dejando que la tormenta descargue sobre nosotros.