Capítulo 21 — Alba
Me despierta la vibración del teléfono a las siete de la mañana.
Retumba contra la madera barnizada de la mesilla de noche, un zumbido continuo que me atraviesa el tímpano tras cuatro intentos fallidos de llamada.
En cuanto el reflejo de la pantalla iluminada me da en los ojos y leo el nombre de Itziar, noto un latigazo ácido de bilis.
Sé, antes de deslizar el dedo para responder, que algo se ha roto de forma definitiva.
—Se ha vuelto a viralizar —dice Itziar. Omite el «buenos días», la voz tensa y plana, sin margen de cortesía—.
El vídeo viejo. Empezó a moverse a las cuatro de la madrugada y lleva más de quinientas mil reproducciones.
Alguien le ha metido un tijeretazo, le ha puesto música encima y lo ha subido a la vez a diez cuentas distintas. Parece un ataque coordinado.
Doy un tironazo hacia arriba y me quedo sentada en el colchón.
Las sábanas pegadas a las piernas por el sudor.
Las pulsaciones se me disparan en el cuello, noventa o cien por minuto, igual que aquella mañana de hace tres semanas en la Casa del Pirata, cuando el cliente estiró el brazo, agarró el micrófono y el sonido amplificado de mi pasado volvió a reventarme en la cara frente a la lente.
—¿Coordinado por quién?
—Ni idea. Pero el timing es demasiado fino para ser casualidad. Justo a tres horas de arrancar la grabación del episodio clave, cuando el contrato de la campaña estaba ya blindado.
Desbloqueo la pantalla con el pulgar temblándome sobre el cristal húmedo de sudor.
Ahí está. Las mismas imágenes de hace tres años.
Le han aplicado un filtro saturado de tonos cálidos y una melodía de violines graves que amplifica la sensación de desastre.
Acumula miles de likes por minuto. Paso el dedo por los comentarios: la mitad exige mi despido inmediato; la otra mitad me defiende, pero entre los mensajes empiezan a repetirse menciones a la campaña actual, preguntas sobre el presupuesto público de la Diputación y gente que empieza a cruzar los datos que habíamos logrado mantener al margen.
Reviso los perfiles de los usuarios que han lanzado los primeros enlaces.
Cuentas de menos de mil seguidores, creadas hace meses, pero la sincronización de las publicaciones —todas lanzadas entre las 4:12 y las 4:18 de la mañana—, la edición idéntica del corte y el mismo marcado de agua delatan que hay dinero detrás.
Itziar no se equivoca. Esto no es la inercia de un algoritmo.
Alguien ha pagado una red de difusión para golpear en el minuto exacto en que las pérdidas sean irreparables.
—La Diputación tiene captura de todo desde las siete menos diez —continúa Itziar, utilizando ese tono neutro y profesional con el que solía comunicarme la cancelación de una cuenta—.
El jefe de prensa me ha enviado un correo hace diez minutos.
Están estudiando congelar el rodaje de hoy hasta que el gabinete evalúe el impacto en medios.
—No pueden suspender la grabación de hoy. Es todo el equipo técnico trabajando jornada completa y es la pieza central de toda la promoción.
—Lo sé. Por eso no he esperado a las ocho para llamarte.
Cuelgo. Apoyo los pies en el suelo frío de la habitación y me quedo fija en el borde del colchón, sintiendo el plástico caliente del teléfono contra la palma de la mano.
Intento redactar mentalmente una nota de prensa, un comunicado de tres párrafos que neutralice el fuego antes de que llegue a los periódicos locales, la misma estrategia de contención que he aplicado docenas de veces para otros clientes en menos de veinte minutos.
Es mi oficio. Llevo seis años transformando crisis reputacionales en planes de contingencia medidos al milímetro, pero ahora las palabras técnicas se me deshacen en la mente.
No consigo hilar dos frases con sentido.
El estómago se me contrae en un espasmo duro.
No es solo el miedo a perder la cuenta o a que la prensa pida explicaciones por el dinero público; es la fragilidad de lo que he estado levantando con Marcos durante las últimas tres semanas.
Un equilibrio de concesiones mínimas, hablado a medias, que este vídeo puede reventar en cuestión de segundos.
Le escribo un mensaje corto: ¿Has visto lo que circula? Llámame en cuanto leas esto.
No hay respuesta.
Cuento trescientos segundos en el reloj digital de la pared.
Miro la pantalla cada diez o quince segundos, sintiendo el impulso absurdo de borrar el texto y escribir algo menos urgente, algo que no delate que me tiemblan las manos.
Calculo la probabilidad de que esté conduciendo o de que simplemente haya dejado el teléfono en silencio, pero la incertidumbre me pesa en los hombros como un bloque de plomo.
Al cabo de cinco minutos le marco directamente. La señal da un tono largo, dos, tres, cuatro, hasta que salta la grabación automática de la compañía telefónica, con esa voz femenina e impersonal.
—Marcos, soy Alba. Llámame cuando veas la pantalla. Es urgente.
Corto la llamada y, sin pararme a medir las consecuencias, busco el contacto de Lola. No es por coordinar la logística del equipo ni por la escala de producción de la mañana. Necesito oír la voz de alguien para quien Marcos no sea solo un nombre en una hoja de costes.
—¿Sabes si ha visto el vídeo? —suelto nada más oír el descuelgue, sin saludar.
—Ni idea, salió de la cocina antes de las seis —responde Lola. Hay un ruido de platos al fondo y una pausa breve antes de que su voz baje de tono—: Oye, chiquilla. Pase lo que pase cuando se entere de este jaleo, no te lo guardes como si fuera contra ti. ¿Te queda claro?
—Sí —miento, mientras me trago lo que me quema.
—Pues eso. Si asoma por aquí, te doy el toque.
Cuelgo. Apoyo el teléfono sobre las rodillas.
La conversación con Lola no quita el número de reproducciones que sigue subiendo en la pantalla, pero deja una marca distinta, el peso sordo de no estar sola en medio del desastre.
El silencio de la habitación se me clava en las sienes.
Pienso en Marcos. En si habrá visto los comentarios en la barra de algún bar antes de entrar a trabajar, si estará encerrado en el almacén de la cocina sin querer responder a nadie, o si llegará a la Casa del Pirata a las ocho de la mañana a ciegas, directo a la mesa de producción.
Me viene a la cabeza la imagen de la semana pasada: los dos sentados en la terraza trasera del local, a última hora de la tarde, con dos tercios de cerveza perdiendo el frío sobre la mesa de chapa, hablando de la libreta de su padre, de las anotaciones al margen y de la dificultad para clavar el punto de sal de una receta que nadie más sabía preparar.
Estábamos a metros de todo esto. Pienso también en la llamada de aviso que me hizo Itziar el martes pasado, el comentario sobre los perfiles falsos al que no quise prestar atención porque la jornada de grabación había salido limpia.
Debería haber rastreado el origen de las cuentas en ese momento.
Debería haber preparado un cortafuegos cuando el problema solo era un rumor en dos foros.
El fallo es mío y ahora tiene números concretos: quinientas doce mil visualizaciones en tres horas, un gabinete de prensa que amenaza con congelar una partida presupuestaria y un hombre que no responde a las llamadas a menos de un kilómetro de aquí.
Me pongo el pantalón y la camiseta sin mirarme al espejo, me calzo las zapatillas y salgo a la calle con el teléfono pegado a los dedos.
La luz de la mañana empieza a dar en las fachadas, el aire huele a sal y a humedad de mar, y un camión del servicio de limpieza avanza despacio por la acera de enfrente, ajeno por completo al tiempo que se me agota en las manos.