Contigo ni de coña Capítulo 20 — Marcos
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Capítulo 20 — Marcos

El hombre lleva un traje de lino claro en el que no se intuye una sola gota de sudor, a pesar de los treinta y dos grados que ya pesan sobre las calles del Pópulo a las diez de la mañana de este martes.

En su muñeca izquierda brilla un reloj de caja ancha que parece pesar el doble que la muñeca que lo lleva.

Tiene una sonrisa de dientes demasiado blancos, mecánicos, entrenada para parecer cercana mientras sus ojos recorren la madera desgastada del mostrador calculando metros cuadrados.

Se presenta como representante de un grupo inversor con fondos en la zona.

No necesita dar el nombre social para que la acidez me suba directamente del estómago: son los mismos que han comprado, uno a uno, los cuatro locales centenarios de esta calle para vaciarles el alma y poner freidoras industriales con cartas traducidas en seis idiomas para los excursionistas que bajan cuatro horas de los cruceros.

Lo he visto pasar al otro lado del cristal traslúcido en tres ocasiones este mes.

Siempre con el paso lento de quien mide un solar, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, ignorando la pizarra con el menú del día.

Hoy ha empujado la puerta de entrada, haciendo sonar el cascabel de cobre que colocó mi padre hace treinta años.

—Chef Lería —dice, tendiendo una mano seca, limpia de callos, que le aprieto con la palma todavía tibia por el calor del lavavajillas—. Traigo una propuesta financiera que se ajusta bastante bien a sus necesidades actuales.

Paso al interior de la cocina vacía y dejo que hable porque no me queda aliento para interrumpirle.

Extiende sobre la mesa de acero inoxidable un folio de gramaje grueso donde destaca una cifra con cinco ceros al final, un montante que triplica cualquier valoración catastral o comercial que me darían hoy por el traspaso.

Mantiene esa boca curva, estática, como un rasgo de plástico.

—Es un importe que supera holgadamente el valor de mercado —comenta, ajustándose el botón de la chaqueta al terminar de desglosar los plazos de pago—.

Le permitiría liquidar las pólizas pendientes y volver a empezar en otra zona sin esta carga.

Sin el desgaste de un alquiler con contrato vencido ni la dependencia de una acción promocional que, digámoslo de forma respetuosa, en los periódicos locales de estas semanas ha generado más ruido que reservas firmes.

El golpe a la intoxicación mediática de hace quince días va directo al centro de la yugular, seco, medido.

El tío no ha venido solo a soltar billetes sobre el acero; ha venido a rozarme la herida abierta con la punta del zapato de piel, mostrándome mis fracasos empaquetados en un corte de sastrería.

Siento el tirón muscular en los hombros, el cansancio acumulado de trabajar catorce horas diarias sumado al bochorno de los fogones apagados.

—Esto no se vende —digo, ajustando la voz al tono neutro y corto que marco en la partida de frío cuando el pase se acumula.

—Valórelo con calma. Una liquidez de este volumen no suele permanecer disponible mucho tiempo.

—¿Y qué piensa hacer con el local? —pregunto, que ya que me insulta quiero el programa completo.

—Un concepto de gastronomía andaluza reinterpretada. Carta en seis idiomas. Experiencia de barra.

—Experiencia de barra —repito—. Aquí a eso lo llamamos barra.

—Con alma, naturalmente.

—El alma la trae el cliente, caballero. Y la propina, si el servicio ha sido bueno.

Sonríe con todos los dientes. No ha entendido nada o ha entendido demasiado.

—No tengo nada que valorar. Es un no.

Gira sobre sus talones sin elevar el tono, manteniendo esa educación esterilizada de quien confía en que el cansancio termine haciendo el trabajo sucio por él.

Cuando el chasquido del cerrojo confirma que la puerta de la calle se ha cerrado, me quedo de pie frente a la mesa de trabajo, sintiendo cómo una presión sorda, densa como grasa fría, me aprieta las costillas y me acorta la respiración.

La cifra del papel resolvería en cuarenta y ocho horas los atrasos del proveedor de marisco, las goteras de la cocina y las noches de cada invierno gaditano contando tejas.

Negarme significa seguir encadenado a un espacio con humedades en el techo que depende del impacto digital de un vídeo cuya repercusión escapa a mis manos.

Y significa también mantener firme esta tregua extraña con Alba, esta convivencia diaria entre platos y encuadres que ha empezado a sentirse en la piel con la textura de algo que no me atrevo a verbalizar.

Si la campaña cae, todo ese engranaje se viene abajo antes de que podamos descifrar qué clase de cortocircuito nos está cruzando por dentro.

Apoyo el cuerpo en el único taburete de madera de la cocina, notando la rigidez del asiento en los muslos curtidos de estar de pie.

Miro fijamente el pomo metálico de la puerta por donde se ha ido el tipo, sumando mentalmente las noches sin dormir de la semana, números que cruzados con cero siguen pesando en la nuca más que cualquier transferencia bancaria.

Porque si dejo que la promoción se hunda, no solo pierdo la concesión de estas cuatro paredes de piedra conchífera; pierdo esta chispa incipiente, esta vibración constante en el aire cada vez que la veta limpia de la voz de Alba cruza la puerta de la cocina.

Vuelven a la cabeza los bocetos de las mesas que llevo tres años trazando con bolígrafo azul sobre servilletas de papel ordinario durante los turnos muertos.

Pienso en la reforma de los fuegos que necesito ejecutar, en los azulejos biselados que llevan años esperando, en el futuro real que esa firma estamparía hoy mismo sobre mi barra.

Y me viene a la memoria, sin que pueda frenar el chispazo, la mirada fija de la chavala de Huelva el último día que estuvimos editando los cortes del vídeo en la barra, esa complicidad sin asperezas que hemos armado a base de horas de trabajo, y la certeza de que perdería ese hilo delgado si tiro la toalla antes de ver cómo acaba esta historia.

Decido tragarme la escena sin soltar ni una palabra.

No le digo nada a Lola, porque su instinto de protección la llevaría a soltarme en mitad del salón, con esa soltura gaditana suya que no perdona una, que estoy anteponiendo el orgullo ciego a la lógica del bolsillo.

Tampoco a Alba, que bastante tiene con su propio trabajo sin necesidad de añadirle la presión de saber que este local es una pieza codiciada en una partida de ajedrez financiero que nos supera a los dos.

Guardo la cifra, los cinco ceros y el gesto calculado del tipo en el mismo compartimento interno donde acumulo los partes de inspección y los avisos de embargo: al fondo de la memoria, bien cerrado, esperando a que la soga aprete del todo para volver a mirarlo.

Lola cruza el marco de la puerta de servicio con una balleta en la mano y el teléfono guardado en el delantal. Trae un mensaje que Alba le ha pedido que me transmita, una frase suelta que nada tiene que ver con los datos de audiencia ni con las estadísticas de la red:

—Dice la chiquilla que se acaba de enterar de que los pulpos cambian de color cuando se ponen nerviosos. Que seguro que a ti te hacía gracia el dato.

Las palabras de Lola quedan flotando entre las campanas extractoras apagadas, e indudablemente siento cómo los músculos del cuello, tensos como cables de acero desde la visita del inversor, ceden un par de milímetros. La miro a los ojos y me limpio las manos en el trapo de cocina.

—Dile que estoy yo exactamente igual que los bichos esos cuando entran tíos con traje de lino por la puerta.

Lola suelta una risotada corta y regresa a la sala. Por primera vez en toda la mañana, me noto la boca relajada, aflojando la tirantez de los labios sin necesidad de forzar el gesto.

Cojo el cuchillo de cebolla, noto el peso frío del mango de madera en la palma de la mano y me coloco frente a la tabla de cortar. Durante el resto del servicio de la mañana, la sombra del tipo del traje de lino ni siquiera roza el borde de la mesa.